The long and winding road
(Casa Paralelepípedo)
“Infieles, pensaron que era broma...”
Andrés Calamaro, entrevista en Hola Susana año 2000
Esto no es un buen comienzo
La siguiente narración va a ser contada por distintas voces y distintos personajes. Los saltos de narrador no son equivocaciones deliberadas. Los personajes de esta historia tampoco son basados en personas reales, y el autor de la obra no se responsabiliza por nada.
El título se remite para muchos a una canción escrita por Paul McCartney, cantada junto a la legendaria banda The Beatles. Sin embargo (es algo que quiero aclarar desde ahora) la verdadera canción a la que se refiere el autor es una versión que se encuentra en el segundo disco del álbum El salmón de Andrés Calamaro. Los motivos y calamidades a este respecto se explicarán más adelante.
La estructura del libro ha pretendido ser caleidoscópica y polifónica. Personalmente, dudo de su alcance real. Esta obra no se dedica a extrapolar, ni es sugerentemente trascendental. Por lo pronto, el lector puede leerla bajo un mismo plano narrativo. Este plano narrativo (la primera persona, el carácter de monólogo confesional y el uso de un único lenguaje ante todo) sí son equivocaciones deliberadas. La lectura de este texto puede llegar a ser tediosa. A este respecto, el autor ha preferido reemplazar el uso de este plano narrativo de distintas maneras, en distintos puntos aislados durante toda la narración.
Con el tema de las drogas, el aburrimiento existencial de los personajes de esta novela, y la aparente incomunicación entre los mismos, el autor aquí quiere aclarar su categórico rechazo ante tal comportamiento. El motivo que su desenfreno creativo no es de ninguna manera producto de este estilo de vida retratado.
Sino todo lo contrario.
PRIMERA PARTE
el enganche del caracol
I. Aceite de hashís
Es otoño en Lima. La gente ha dejado de pensar un poco en el verano. Junto a mí, Porongo sorbe otro poco de su cigarrillo, se relaja y deja correr el humo. Deja pasar tras de sí las horas muertas y negras que vivió cuando el atardecer que se veía desde las ventanas de su casa en la Molina parecieron Palms Spings con nubes rojizas y palmeras. Con piscina.
Pero ahora él piensa en otra cosa y sostiene su cámara portátil (supongo que será lo último que se compró, tras la buena venta del peso de su aceite de hashís) y filma, hace travelings. Excelentes tomas de traseros y sudorosos senos que se baten y tantean entre los cuerpos todavía bronceados de las chicas, en permanentes blue jeans ajustados.
- ¿Qué te parece, Caneto?
- Excelente. Excelente...
Porongo sorbe otra vez su cigarrillo y luego lo bota.
- ¿Secaste tu hierba?
- Aún no.
- Pues deberías.
Una chica casi imperceptible desde donde estamos Porongo y yo es filmada con un zoom de verdad potente, mientras conversa con alguien que parece ser un profesor o algo por el estilo. Porongo suelta una pequeña risa. De pronto el atardecer nos sorprende con nubes moradas, y a cada minuto estamos más lejos de la realidad y se hace de noche.
Porongo usa en su cámara portátil un modo nocturno mediante el cual todo lo que filma se tiñe de verde, e intenta hacer un juego de imágenes entre los ojos del profesor y las estupendas tetas de una chica (que creo que se llama Dianita Calibre 38 o algo por el estilo) y en los ojos de Porongo veo una expresión que por algún motivo hace que me vea a mí mismo en su mirada y en su peinado, que es una mezcla entre corte militar y un punk extraño, pero eso no es nada del otro mundo y Porongo prende otro cigarrillo.
Es otoño en Lima.
- Mierda, esta porquería no funciona.
Porongo pide mi encendedor y yo se lo alcanzo. Deja a un lado la cámara y se dedica a fumar.
Sentado en la banca de un parque que no conozco bien cerca a donde solía pasear con Melisa este verano, pienso como un loco y fumo mucha marihuana verde que no puedo sorber bien porque está húmeda y no me sirve para nada. Anoche me la pasé bebiendo y fumando como un degenerado, no me acuerdo bien si llegué a mi casa con el pan en la mano o si alguien llegó antes que yo con el pan o como fue, y el recuerdo más cercano que tengo es el de mi propia imagen circunspecta sentado en la mesa por la mañana, tomando café puro hasta que la bolsa de pan desapareció, y mi perro Pincky se asustó tanto que me preguntó que por qué dormía en el piso, o quizá solo me miró extrañado cerca de las dos horas que pasaron, antes de que me despertara y pudiera arrastrarme hasta mi habitación en el tercer piso donde pernocté cerca de diez horas. Luego pude volver en mí y, sin ducharme ni nada, salí a caminar por las callejuelas locas de Surco un poco alejado de mi hogar (si uno toma en cuenta que lo único que hice fue caminar y caminar) y por alguna extraña razón me pongo triste al pensar en la noche que pasé. Y pienso en Melisa como aquellos patos chinos del Brasil (tan enamoradizos todos) que no pueden ni volar, ni escribir, ni nada. Y luego recuerdo la reunión de anoche, las caras tapiadas de aquellas chicas de minifaldas cortas y piernas apetecibles. En el olor fétido del baño y la cerveza, en el dolor de mi abdomen mientras sorbía (y cada sorbo era un vaso más) y bebía, y también fumaba, y conversaba un poco con la gente de cosas incoherentes, y vestía una camisa negra y un pantalón negro y mis zapatillas eran por igual negras. Mientras el gordo Manuel sonríe (es una sonrisa espantosa) diciéndome que lo acompañe al baño, que en el bolsillo de su casaca de cuero marrón tiene un poco de mármol blanco, que en realidad es una buena y enorme papelina llena de cocaína brillante. Luego Porongo, sentado en un sillón de su sala, le cuenta a un amigo suyo la fructífera venta de todo su aceite de hashís durante el verano pasado, mientras beben y miran por la ventana algo fuera de mi alcance visual. Entonces yo digo -okey- un poco tentado, pero no menos deprimido (por lo general, cuando inhalo, me vienen esas terribles bajonas en las que no puedes hacer otra cosa que no sea mirar con tristeza la nada...) y finalmente termino encerrado en el baño con el gordo Manuel:
- ¡Ñac! ¡Ñac! Está muy buena, huevón.
- ...Sí, de veras.
Manuel lame el papel manteca, absolutamente loco, y sus ojos que van en espiral.
- Vamos, párchame un poco más gordo.
El gordo Manuel sostiene sus lentes y mira a ambos lados (y es como si alguien pudiera infiltrarse entre las paredes o entre las rejillas de las lunas tapadas) y me hace una mueca espantosa y saca del bolsillo más pequeño y más escondido de su casaca de cuero marrón otra papelina exactamente igual a la anterior.
- Vamos, gordo, que sea una montañita para detener el tiempo...
Y el gordo lanza una carcajada. Echa en la parte posterior de mi mano una montañita blanca de cocaína.
- ¡Uhg!
- Muy bueno, de verdad tío.
Creo que fue entonces cuando empecé a dejar de sentir los dientes y la cara. Estallé de risa. Empezó a sonar algo que era una especie de cumbia que ya nadie bailaba. El gordo Manuel y yo nos miramos y entramos a la sala (afuera, en el jardín, algunos cuantos estúpidos sujetos bailaban con algunas cuantas chicas de minifaldas raídas, y nadie allí se había metido cocaína en el baño, sólo el gordo Manuel y yo) donde Porongo y su amigo, de cabeza rapada y extraños ademanes al hablar, cuentan historias de drogas y miran por la cámara portátil una colección fundamental de culos y sudorosas tetas...
- ...Entonces ¡fuuuaaaaaa! la habitación se iluminó. -Porongo rió. El tipo pelado, que contaba la historia, esbozó una agradable sonrisa.- Uno miraba ese pedazo de paco y pensaba: “Oh Dios mío... no...”.
El tipo pelado y de ademanes extraños sonrió.
- Era una mimosa...
Porongo hizo un ruido extraño:
- ¡Pfffvhgfarsjnh!
Me sorbí la nariz. Sentí el sabor de aquella potente cocaína en mis fosas nasales y en mi esófago.
- ...sangraba -dijo el pelado, riéndose.
Intenté imaginar aquello.
- ¿A qué te refieres? -preguntó alguien.
Porongo rió.
Un tío muy llamativo y de asqueroso acento español, viene y me dice:
- Es una mierda.
Y yo le digo:
- ¿Pero por qué, hermano?...
Y él me dice:
- Coño, necesito un porro.
Y cuando estamos en la puerta, cuando estamos prendiendo ese canuto enorme que traigo entre las manos, el tipo que en realidad es un español horrible y tiene Cabeza de Pescado, me dice:
- ¡Joder! Debí meterle la mano más fuerte, huevón.
- ¡A quién!
- A ella pues, tío.
Pero ella no está por ningún lado, y yo no sé a quién carajo se refiere, hasta que alguien me explica que es una tía que estudia en la facultad pero que no está en nuestro salón (y me pregunto por qué Cabeza de Pescado dice que está en mi salón) y luego dice que la chica a la que él le ha metido la mano estaba ebria, pero no lo suficientemente ebria. Y ella vino y le metió un lapo y todo el mundo lo vio. Y luego me dice que esta misma chica ahora se encerró en una habitación con este tío tan gordo y tan pesado que estaba conversando conmigo. Finalmente, Cabeza de Pescado dice que todo el tiempo ha sido así y que debió meterle más fuerte la mano, que su minifalda veraniega estaba bonita y suave.
Le da una enorme calada a mi canuto tosiendo y despidiendo un montón de humo por la boca.
- No sé qué hacer, coño.
- Relájate, tío -le aconsejo.
Cuando regresamos a la sala, Cabeza de Pescado y yo estamos muy volados y continuamos bebiendo. Luego Porongo y su amigo nos enseñan algunas tomas que han logrado captar con su fabulosa cámara portátil Sony, y todos se ríen. El audio está encendido y por momentos escucho mi propia voz gravada, y es todo tan espantoso. Siento una profunda acidez en mi estómago y luego veo el trasero de Melisa gravado y le empiezo a prestar atención a todo. Porongo ríe como nunca lo he visto reírse antes y cuando se saca los anteojos de sol sus ojos están rojos, inyectados de sangre, y pienso en que ha estado fumando hashís con su pipa todo este tiempo...
En las imágenes de la cámara veo un sinnúmero de tetas y de acercamientos estremecedores. Veo con cuidado las piernas de Melisa y reconozco el vestido que lleva puesto. Es uno de aquellos vestidos que a mí me gustaban tanto, que llevó un par de veces a la playa cuando nos fuimos al sur el verano pasado.
Es otoño en Lima.
Ahora vuelvo a intentar prender este canuto pero no puedo, y es un domingo terrible que no quisiera haber vivido jamás. Y espero a que se haga de noche mientras leo las notas periodísticas que tengo que leer para la Universidad. Y aunque no lo quiera, pienso un poco en Melisa: en nuestra separación y en lo demás.
Es otoño del 2003.
Y cuando se ha hecho de noche, se han prendido todos los faroles amarillos del parque, y tengo que ponerme de pié y caminar. Hay un grupo de chicos cerca. Uno de ellos tiene como mi edad y luce pinta de escuchar música reggae y fumar mucha marihuana todo el día. Junto a él hay como unas cuatro o cinco personas más, y entre todos prenden un wiro. Y una chica (que por alguna razón, hace que me acuerde de Melisa durante el verano pasado) se esconde por entre las bancas del parque y algunos arbustos, le da una pitada a aquel pedazo de wiro y tose...
II. Pacto entre caballeros
Entonces viene Marc, hecho un bólido, pensando en que todos se han confabulado en contra de él, y es cuando pienso en que este tipo está realmente loco, y tiene esa vena en la frente que late, y late, y sigue latiendo mientras dice:
- ¡Gustavo!
- ¿Qué te sucede?
Estamos sentados en una banquita en el parque frente a su casa, yo armo un wiro. Tengo el cabello despeinado y la cabeza hecha un lío.
Marc está hablando como un desquiciado.
- Tranquilízate, por Dios, Marc. Fuma un poco.
Prendo el wiro. Marc voltea su angustiado cuello y mira por un segundo más el parque y la nada. Es primavera del año 2000, y el frío es estremecedor.
- Tranquilízate Marc -le digo-, nada sacas apurando conclusiones.
Era odioso tener que aguantar a Marc, pendiente de Lucciana y Marcel, y tener que aguantar sus celos, mientras yo estaba tan arruinado, tan celoso y tan angustiado como él. Doy otra buena calada a aquel enorme wiro.
- Gustavo, ¿tienes necesariamente que fumar esa mierda?
Es sábado al mediodía. Yo he llamado a Lucciana. Celular apagado. Fui a buscar a Marc.
- ¿Llamaste a Lucciana?
- No.
- Es una perra total, ¿verdad?
Asentí.
- Tienes toda la razón, hermano.
En seguida me asaltaron otra vez aquellas dudas y el fuerte malentendido de estas últimas semanas del mes de noviembre. La transformación final de Lucciana (de un suave materialismo light a un fuerte mierdismo constante, propiciado fundamentalmente por mis amigos y yo) el suave tintineo de las gotas de lluvia y el tropezarnos siempre con la misma realidad. O sea: éramos tan unidos y estábamos tan sumergidos en la misma mierda, que nos enamorábamos de la misma chica y los sentimientos (abundantes) se mezclaban, se transformaban en una misma cosa, extraña.
- Dime, tienes que fumar esa mierda... -repitió Marc.
- Tranquilízate. Por Dios...
Miro a través de los árboles y la distancia. Es como si alguien estuviera pendiente de nuestros actos...
Me dijo que estaba arreglando su computadora (era algo que siempre hacía Marc, intentando desfogar su ansiedad) y que lo buscara más tarde, porque estaba ocupado arreglando su computadora y Lucciana era muy puta.
Lo dijo en inglés:
- Bitch, bitch, bitch...
- Vamos Marc...
Se sentó en su sillón, frente a lo que era su computadora abierta, destrozada. Desde allí el pálido cielo de noviembre se volvió negro. Marc tomó algo como una pinza y empezó a manipular una cosa verde llena de cables. Empezó a balbucear.
- ¿Por qué no vas a buscar a Marcel y lo traes?
El cuarto estaba oscuro. Sonaba algo como una estufa en alguna parte. Arrojé los anteojos de sol de Marc al suelo y me puse de pié.
Me llevó hasta la calle. Nos sentamos en aquella banca, en el parque, y me puse a armar aquel wiro, sin ningún motivo aparente. Marc seguía hablando de Lucciana, como si ya no existiera nada más en el mundo, y alrededor nuestro la gente estaba sumamente cansada, los ancianos avanzaban lentamente por la vereda y la gente llevaba muecas horribles en la cara. Otra vez con los anteojos de sol puestos todo se ve oscuro y el cielo está lleno de señales.
Parece invierno.
Marc (que siempre ansió una vida perfecta) se pone finalmente de pié y dice cosas como: tenemos que conseguir chicas bellas, tenemos que conseguir dinero, tenemos que salir los sábados por la noche a bailar.
- Avísale a Marcel -me dice.
Yo le contesto frunciendo el ceño, despidiendo una nube de humo en su cara. Marc dice que ninguna chica se va a acercar a mí mientras siga con esta absurda actitud. No mientras sea un fumón y no me bañe.
- Vete a la mierda -le digo.
Escuchamos en un casete un disco con lo que según dice Marcel es lo último, pero lo último, de Andrés Calamaro. Dice que es un disco quíntuple, un álbum sin precedentes en la historia. La cosa es que anoche Marcel estaba en un micro sin interesarse por nada en el mundo, mientras (no sé si regresaba de la Universidad o de la casa de quién) por la radio un tipo comentó que a las once de la noche iban a pasar el último disco de Andrés Calamaro, después de Honestidad Brutal (1999). Así que el disco se llama El Salmón y Marcel lo grabó apenas llegó a su casa. Es noviembre del año 2000.
Nada sigue ningún tipo de ilación y todo parece producto de altas dosis de anfetaminas. Y yo, para variar, sigo fumando mientras me dirijo pasaje por pasaje hasta la casa de Marcel. Los árboles son verdes y están llenos de hojas, y los caracoles esta primavera se reproducen con especial rapidez (no quisiera imaginarme cómo se tira un caracol a otro, pero es inevitable) y antes de seguir con este pensamiento, la señora Beltrán, que es una señora algo mayor, que pinta cuadros paisajistas y vive en el primer piso de la casa de Marcel, me aborda en una conversación innecesaria cuando todavía no he terminado de apagar el cigarro de marihuana que estoy fumando.
- Hijo, tienes que pasar un día a mi casa a tomar un café.
Asiento amablemente con la cabeza y subo por la escalera caracol que me conduce a la puerta donde se supone encontraré a Marcel. La señora Beltrán sigue mirándome mientras revisa algunas de sus flores. Yo sólo espero encontrar a Marcel en condiciones como para discutir algunas cuantas cosas.
- Eres tú -me dice. Se hace a un lado y me deja pasar.
Su habitación está hecha un desastre. No es nuevo, pero por alguna razón cae a pelo aquel contexto. Suena el casete pirata donde anoche Marcel grabó el primer disco del nuevo álbum de Andrés Calamaro y yo le digo que me parece bien. Marcel insiste en que debe ser el único en esta ciudad que tiene las canciones del primer disco de El Salmón. Y yo le digo que, definitivamente, eso no debe ser cierto del todo.
- ¿Adónde te estás yendo? -le pregunto mientras me recuesto en el sillón rojo en medio de su sala y lo contemplo caminar de un lado a otro dejando ropa limpia y ropa sucia por doquier.
Marcel me mira algo confundido y en seguida dice que va a encontrarse con esa tía afrancesada con la que se acostó hace tiempo. Mira con melancolía la sala. Tiene puesto un par de calzoncillos bóxer que le llegan a las rodillas y una camisa a cuadros algo (completamente) pasados de moda. Y por alguna razón, esa imagen me conmueve y pienso en que a él no le creo nada, porque ese sujeto sabe que yo sé que él está igual de enganchado con Lucciana (a quién yo le presenté, no sólo a él, sino a todos) igual de enganchados que yo, o que Marc, o que cualquiera de nosotros. Con la diferencia de que él tiene que ir a verla porque a Lucciana se le antoja hacerlo, a Lucciana se le antoja y yo no sé que hacer. Y es por eso que Marcel tiene que partir de inmediato a su encuentro.
Salimos de su casa. La señora Beltrán se despide de nosotros con una sonrisa y el señor Beltrán (no me había percatado de él hasta ahora) lanza una carcajada, y yo me pregunto por qué diablos el señor Beltrán tiene que parece tanto a Roberto Bolaño. Y me da miedo. Una nube de humo llega a mis narices a la altura del parque. Son la una de la tarde y la gente alrededor nuestro almuerza con especial rapidez. Marcel se da un tiempo para darme un poco más de fumar y comenta algo de una canción de Calamaro que termina con el sonido de una bomba nuclear. Marcel fuma y se ríe. Comentamos algo sin importancia y en seguida él toma un micro y se va.
III. En el retrete, en el baño
Es decir, cuando una está ahí, absolutamente sola, se concentra tanto (o será que no tengo por lo demás un momento de suma concentración) y miras la pared, que en mi caso es una pared blanca, hermosa, sin nada de gloria. Y pienso que detrás de esa pared, hay otra pared (o de todos modos estoy sentada en el retrete, en el baño) y no es una imagen bonita, pero es una imagen, y eso ya es bastante...
Llega Michael, o alguien ha tocado el timbre.
Envuelvo un poco de papel higiénico entre mis dedos y continúo. El papel higiénico es suave, casi algodonezco, y puedo sentirlo bien apenas rozándolo con mi piel. Cuando salgo del baño, me miro en el espejo y enjuago mis manos con un poco de agua que sale del fregadero. Tengo puesta todavía la pijama a pesar de que es viernes, y he llegado del Colegio cansada, sin ganas de nada (aprovechando que todavía no comenzaron mis clases de Inglés). Así que mamá dice que ya llegó Michael, y yo intento bajar las escaleras pero ella me detiene:
- Hija mía, cómo se te ocurre bajar así...
Al final es lo mismo, pienso, si acabo de cagar. Y mientras lo hacía no pensaba en Michael (que ahora me espera allí abajo, dando pasos cuidadosos sobre el parqué) y cuando he terminado de ponerme el calzón (tengo todavía las tetas al aire) papá entra a mi cuarto sin avisar ni nada, y se desarrolla una escena típica: yo doy de gritos por todos lados y él se cubre un tanto los ojos al hablar.
- ¡Vete! ¡Vete!
Cierra la puerta con un sonido tosco (hueco, acaramelado) y yo pienso un segundo en que de todas formas, de aquí a un rato, nadie se acordará de nada. Me termino de poner el sostén, negro, y en seguida me pongo, lo más rápido que puedo, un pantalón buzo, algo cómodo, de rayas rojas a ambos lados, y me meto debajo de un polo apretado ensayando palabras y sonrisas.
- Michael...
Caneto baja las escaleras. Es viernes y el invierno nos ha tratado mal. Se dirige directamente donde Cynthia y le da un beso. No es un beso cariñoso, es más bien un beso educado en una mejilla. No es nada fuera del otro mundo. No me sugestiona lo suficiente, ni nada.
Por lo pronto es aburrido estar en Quinto año de secundaria y converso con Yesenia.
- Chica, por favor.
- ¿Qué?
Yesenia me mira con una media sonrisa burlona. Le guiña un ojo a su primo (que por esas cosa de la vida, es Caneto) y continúa hablando conmigo.
- Ahora que estás con Michael nada puede ser tan malo.
Me pregunto por qué Yesenia tiene que hablar así de Michael.
- No entiendo, ¿qué tiene que ver Michael?
Mira un minuto a toda la gente que se desplaza allí abajo en distintas direcciones, le da mayor énfasis a todos esos chicos que patean la pelota de fútbol en la canchita de cemento.
- Mira, ya se acabó el colegio... -Yesenia le enseña el dedo de el medio a alguien. Creo que es a su primo- Me haré un piercing -comenta después de un rato.
- ¿Ya te dije que estás loca?
Balbucea un par de cosas que no logro escuchar. De repente Manuel y Caneto están aquí con nosotras en el segundo piso, y Yesenia les sonríe en plan de “Yesenia” y a mí me dan ganas de vomitar. Caneto empieza con lo mismo.
- ¿Cómo te va, Melisa?
- Bieeeen...
Sonríe.
Algo en Caneto y Yesenia me tiene preocupada.
- Ese “bien” sonó muy largo, ¿no crees?...
Y en seguida:
- ¿Qué tal te va con tu novio?
- ...enamorado.
- Es igual.
- ¿Tiene nombre, sabías?
- Apenas lo conozco.
Pausa.
Yesenia y Manuel conversan. Creo que Yesenia está en plan de “sabotear a Michael”. Me pregunto si todos aquí saben que Caneto puede arruinar mi mundo en un segundo.
Arrastro a Yesenia a unos metros de allí.
- ¿Qué te pasa? -pregunta.
Trato de inventar alguna excusa.
- Mmm...
Yesenia acaricia mis mejillas y yo miro de reojo a Caneto que comenta algo con Manuel. Ambos tienen un montón de granos en la cara y están sucios.
- Huevona... -empiezo- creo que me ha venido la regla...
- ¿Qué?
- ¿Tienes una toalla?...
Yesenia hace una mueca con una cara que no entiendo.
- En mi mochila hay.
Desaparezco de la escena entonces.
IV. Caneto no debió hacerlo
- ¡Ja, ja, ja! -se ríen los chicos estúpidos, un par de años menores que yo, mientras dibujan en el cielo imágenes que ellos ni siquiera entienden, con el humo de la marihuana que fuman y cogen irresponsablemente entre sus dedos.
Estoy ofuscado y tieso. La hierba que fuman es más o menos buena y yo ya no me quiero mover de la banquita del parque César Vallejo (algo alejado de mi casa) donde no digo nada y me dedico a fumar.
Y los chicos, un par de años menores que yo, siguen riéndose de aquella loca que a traído al parque a un loro. Está arrodillada, frente a él, y lo besa. Lo tiene metido en una jaula, dentro de un cochecito de bebé. Es desquiciado. Los chicos se ríen y son como cuatro.
- ¿Muerde?
Camilo está metido en una capucha y es por el momento el único al que conozco. Junto está otro parecido a él, sólo que éste es flaco, melenudo, y habla arrastrando mucho las vocales. Sigue riéndose, y ahora él se detiene, y empieza a mover los brazos eléctricamente, gritando incoherencias.
- Noooo -grita- no es posible.
La loca ha empezado a cantar canciones a voz en cuello. Son canciones de cuna. Y ella las canta chocando ambas manos. Canta, y le sigue dando besos a la jaula.
La oscuridad de la noche ha llegado. Seguimos fumando. El troncho es enorme. Otro chico, que también está metido en una capucha, y se parece a ALF, vuelve a preguntar:
- Broder ¿muerde tu perro?
Creo que ALF lanza una risa. Pincky, mi perro, descansa en el pasto. Corre una brisa fresca. Le pregunto a Camilo si es la primera vez que la ve por aquí...
- No -me dice, y lanza una carcajada. Sigue fumando aquel troncho. Sólo que ahora lo único que queda del troncho es muy pequeño y tiene que maniobrar con ambas manos y la cabeza para poder fumar.
- No te rías -le digo-, no seas malo.
Camilo vuelve a reírse. Bota un montón de humo por la boca. Es otoño del 2003.
- La primera vez que la vi, huevón -Camilo tiene ambos ojos inyectados de sangre- me oriné de la risa, ¿manyas? Pero ahora... tienes razón...
Uno de ellos vuelve a reírse. Estamos sentados en una banca y el escenario (el parque César Vallejo) es bañado por la luz amarilla de los postes de luz por la noche. Hay una enorme estructura de concreto por donde sale agua. A unos diez metros de distancia la loca que lleva aquella jaula con aquel loro en un cochecito deja de cantar. Lanza un grito. Luego continúa cantando.
Y las canciones que ella canta hablan de la familia y de las buenas costumbres.
- Oye huevón, ¿te imaginas como se sentirá cuando se muera...?
- ¿Cuando se muera quién?
- Ese loro...
Ambos se ríen.
ALF se mueve excitado de un lado a otro y después dice:
- ¿Muerde?
- ¿Tú qué crees? -le pregunto.
Y en seguida.
- No... no muerde
Levanta la mano, intenta acariciar a Pincky.
- Ten cuidado.
ALF me mira atontado. Tiene cara de haber quemado neuronas y sus ojos tienen el brillo de los ojos de un caracol. Está abstraído, quieto.
- ¿Por qué?
- Se corre con facilidad, ya sabes...
La loca lanza otro grito. Yo me estremezco.
Le pregunto a Camilo:
- ¿Tienes hijos?
- Aún no.
Camilo se ríe.
- ¿Ya terminaste el colegio?
- El 2001.
- Yo terminé el 2000 -le digo.
Camilo le pide a ALF lo que queda de aquel troncho. ALF le dice que ya no queda nada y Dedo me mira con una sonrisa retorcida.
- ¿Y a qué te dedicas?
- ¿Cómo?
- Ya sabes. ¿Estudias?
- Ah.
Hay una pausa.
- ¿Sabes hacer algo?
- ¿Qué?
ALF se ríe.
- Ya sabes, algo... cualquier cosa.
Camilo dice:
- Claro.
Pierdo las esperanzas entonces.
- ¿Qué te sucede? -preguntó Melisa.
- Nada, puta madre.
Estaba sentado en el borde de la pista. El azul del cielo aquella noche había iluminado mis párpados hasta hacerlos brotar chispitas de colores.
Intenté recordar exactamente qué había sucedido.
Estaba con Cynthia ese día en su casa, es febrero del año 2001. Yo hago el papel de chico bueno, de peinado ordenado y sobrio. Un poco alcohólico, pero incapaz de emborracharse y perder el control, incapaz de hacerle daño a la dueña del santo, incapaz de romper la piñata antes que los demás lo intenten. Pero ese día, tembloroso, en el que Cynthia, de cabello largo y boca carnosa, de mirada turbia y senos, cumplía diecisiete años, mandé todo a la mierda.
- Debo mantenerme tranquilo y sobrio -pensé.
Pero era inútil.
¿Quién era Cynthia en realidad? ¿Qué esperaba de mí? Yo no era más que Caneto a los dieciséis años, un chico amarrado a una situación incómoda, un hijo de puta. Un huevón.
Melisa llegó esa noche con una pinta algo pasada de moda.
- ¿Cómo estás? -me preguntó, y se sentó junto mío.
Asentí mi aletargada cabeza. Había bebido y Cynthia caminaba estúpidamente de aquí para allá. Estábamos en el jardín, y la mamá de Cynthia, una mujer de la que ya no recuerdo absolutamente nada, iba también de aquí para allá. Mientras yo permanecía sin interesarme por nada en el mundo.
Melisa saludó a Cynthia de manera extraña. Le deseó un feliz cumpleaños. Cynthia hizo un gesto y desapareció.
Melisa me preguntó:
- ¿Qué es de Yesenia?
- No lo sé -le respondí.
Y continué bebiendo.
- ¿Y sigues bajando a la playa?
- ¿Cómo?
- Ya sabes...
Me acordé de una vez, hacía poco, en la que me había encontrado a Melisa y Yesenia en la Costa Verde. Coincidencia, supongo. El hecho es que yo estaba solo, caminando por ahí, encima la arena caliente, una mañana de verano del 2001.
- No bajo mucho a la playa.
- ¿Y Yesenia?
- No ando mucho con Yesenia.
Melisa y Cynthia volvieron a cruzar miradas. Aparecen en mi memoria vagas imágenes de ellas dos hace un par de años, todo el tiempo juntas. Recuerdo haber visto a Melisa completamente sola largos periodos en el patio durante el recreo, sin hacer nada.
- ¿Y tu novio? -le pregunto.
- ¿Michael?
- Creo que así se llama.
- Sí.
La miro fijamente. A Melisa se le ve hermosa. Siento unas incontrolables ganas de regresar al pasado.
- ...pero no vino. -Melisa ha terminado de decir algo.
Me parece inútil y extraño.
- Sí, como sea -le respondo.
Cynthia interrumpe la escena. Me da un beso en la boca que rechazo instintivamente. Me pongo de pié. Tambaleo ante la multitud de estúpidos amigos de Cynthia que han invadido mi vida. Siento que los odio, los mato. Aborrezco a todos.
Yesenia me mira con una gran sonrisa.
- ¿Qué te pasa?
Me ha abordado camino al baño y sus dientes son una especie de teclado brillante.
- No me molestes -le digo- no estoy de humor para bromas.
El pelo rizado de Yesenia hace fricción en mi rostro. Pienso en decirle que hay que escapar de aquí como sea.
- ¿Y Cynthia?
- No lo sé.
Yesenia se ríe. Me pregunta:
- ¿Por qué dices eso?
El gordo Manuel, que creo que ha venido con Yesenia, me saluda frenéticamente. Creo que hace un par de meses que no lo veo.
- ¡Cómo te va, pastrulo!
- Bien, fumón. ¿Tienes algo de marihuana?
- Claro que sí, hombre.
Yesenia nos sonríe a los dos y decidimos fumar.
- Vale.
Nos escondemos en un rincón oscuro en el jardín. Fumamos.
- Te veo bien acompañado, Caneto -dice el gordo Manuel.
- ¿Cuánto tiempo llevas ya con Cynthia?
- Siete meses -le digo a Yesenia, formando el número con los dedos- son siete.
- Como los pecados capitales -dice, y el gordo Manuel lanza una carcajada que produce eco.
- Shhh...
El gordo fuma con maestría la hierba. Moja con un poco de saliva el borde que corre mal y continúa fumando. Luego Yesenia, Melisa, luego yo.
Me pregunto qué carajo hace Melisa aquí.
- ¿Es la primera vez que fumas? ¿En serio?
Melisa mueve la cabeza de arriba a abajo y sonríe. Al parecer Yesenia está orgullosa de eso o algo por el estilo. En este momento ya todo me parece blanco o azul.
Yesenia abraza a Melisa de manera extraña. Melisa sonríe. Me pregunto cómo será ése Michael.
Cynthia está aquí y pregunta:
- ¿Qué es lo que están fumando?
Y en seguida:
- Caneto, ¿qué carajo tienes?
Tambaleo.
- Nada, no me pasa nada -le digo.
Cynthia no deja de hacer muecas y de agredirme verbalmente.
- Mi vieja se ha dado cuenta que están fumando, por Dios.
Una vez en la sala:
- ¿Qué mierda tienes en la cabeza, Caneto?
Yesenia y el gordo Manuel han desaparecido.
Melisa parece arrepentida por algo. Mira con tristeza el piso encerado de la sala. Se despide de Cynthia y se va.
No recuerdo exactamente qué pasó entonces. Simplemente salí a la calle. Llamé a Melisa, la abordé.
- Caneto.
- Oye...
- ¿Qué te sucede?
Había corrido un par de cuadras. Palpé en uno de mis bolsillos el pedazo de troncho que no habíamos terminado de fumar.
- ¿Quieres un poco más de fumar?
Melisa negó con la cabeza.
- Tengo que tomar un taxi. Ya es tarde.
- No es tan tarde.
Me enseñó su reloj.
- Son casi las doce.
Miré a ambos lados. Levanté los hombros. Me sentí un personaje extraño en un película mala.
- Como que no te dan mucho permiso en tu casa ¿no?...
Melisa rió.
- La verdad no.
- Te acompaño a tomar tu taxi.
Nunca le hablé a Melisa en serio. Recuerdo algunas escenas olvidadas en mi cerebro. Escenas sobre todo tristes que afloran en mi sistema nervioso de manera equivocada.
- Está bien -dice.
- Sí, como sea.
Y yo fumo. Sostengo aquel pedazo de wiro mientras caminamos y nos adentramos cada vez un poco más en la oscuridad y me voy narcotizando. Nos mantenemos sobretodo callados y estáticos.
- ¿Tienes que fumar?
Asiento con la cabeza.
- Digamos que sí.
Estoy sedado y loco. Tengo pensamientos absurdos. Reacciono y le digo:
- Voy a terminar con Cynthia...
Y ella me dice:
- ¿Por qué?
- Ya no la quiero.
- Suele pasar.
Hay un silencio que se expande.
- Es muy normal, en serio, no deberías sentirte apenado.
- Ella no lo va a entender.
- La mayoría lo hacemos.
- Cynthia no es como la mayoría.
- ¿Es especial?
- Es odiosa.
- Entiendo...
Y en seguida:
- Pero no me deberías hablar de esto a mí.
- ¿Por qué no?
- Porque soy su amiga.
- Ya. No te hagas.
- Es cierto.
La miro a los ojos:
- ¿Sabes qué pienso?
- ¿Qué cosa?
- Que tú la odias.
Melisa se ríe.
- ¿Por qué habría yo de odiarla?
Soy un tonto. Cabeceo a través de la noche en parajes extraños.
- Supongo que quise ser un enamoradito más y no pude. Es muy horrible fingir afecto y no sentirlo a flor de piel.
- Pobre de mí -le digo- cuando salgo a la calle puedo enamorarme de cualquiera. Soy como uno de aquellos efectistas del siglo XIX...
- ¿A qué quieres llegar? -me pregunta Melisa después de un rato. Su delgado cuerpo es alumbrado por un automóvil deportivo blanco que nos apunta con sus potentes luces transparentes.
Estamos parados en una esquina, en medio de la calle.
- Melisa, quisiera saber si lo dejarías todo...
Sus ojos brillaron. Se detuvo sobre sus propias palabras y no lo pensó más.
- Estás drogado. ¿Sabías?
- Sí.
- Tengo que tomar un taxi.
- Melisa, no disimules más. Yo sé que nos amamos.
Se ríe.
Caigo sentado en la acera y miro con una tristeza infinita la calle.
- Caneto... ¿qué te has creído?
Y en seguida:
- ¿Qué te sucede?
No debí haberlo hecho.
V. Melisa está en algo
Me miro en el espejo. Es verdad. Es verano del año 2001 y estoy en algo. Primero me vi en el espejo arrodillada, sin nada encima. Fue un primer encuentro (o reencuentro) conmigo. No lo sé. En fin. La cosa es que estaba encerrada en mi cuarto, después de aquella ducha, cuando me di cuenta de que no había nadie. Entonces caminé desnuda por aquí y por allá, y luego pensé en cerrar las ventanas y bajar a la cocina y prepararme algo de comer. Estaba loca. Por primera vez en mi vida me di cuenta de que yo no era muy alta. Pero era delgada. Y mi pelo era castaño. Y mi cuerpo era saludable y tenía la forma...
Me metí en mi habitación y dejé caer la bata (una vez que cerré las cortinas y me estabilicé un poco). Casi me vuelvo loca con esto. Reuní un montón de espejos. No muchos. Tampoco muy grandes. Eran espejos normales, ya saben, como lo que hay en cualquier casa, y los coloqué en lugares estratégicos. Uno aquí, otro allá. Uno para mirarme el trasero (no es una imagen muy bella, lo sé) y otro para poder verme en un ángulo en el que nunca imaginé verme. Entonces, cuando me vi de aquella manera, me di cuenta: estaba en algo. Y podía, bajo este concepto, sentirme aliviada, no desesperarme tanto por nada. Ser sociable, llamar a muchas amigas. No deprimirme tanto. Siendo así nada podía ser tan malo.
Pero creo que ese sentimiento no duró demasiado, porque a la media hora ya me sentía otra vez normal. Y la magia del espejo ha perdido todo su encanto. Nunca fui vanidosa (ni siquiera eso) yo no soy el cuero del año, nada más estoy en algo. Podré ponerme un bikini y alucinarme cualquier cosa menos una modelo de pasarela. No soy lo suficientemente alta.
Llega el mes de febrero. Cumplo seis meses con Michael. Cenamos fuera, caminamos por el parque Kennedy tomados de la mano y todo eso. Luego siento que Michael y yo tambaleamos ante lo corriente de nuestra situación, y me pregunto por qué a veces la cotidianidad de los días convierte nuestra vida en algo raro.
Una vez que llegamos al mar, Michael y yo discutimos acaloradamente de algo que no entiendo. Es domingo y estoy cansada así que mientras Michael (en un punto muerto durante nuestra discusión) mira con tristeza la nada, yo contemplo con cierto misticismo su cabello, rubio, que se desordena con el viento que llega a nosotros desde el océano Pacífico. Y bostezo.
Veo que Michael parece muy triste y lo intento mirar a los ojos llamando su atención. Siento que inclino un poco la cabeza a un lado y me toco el cuello. Llevo puesto uno de aquellos vestidos veraniegos que he comprado. Intento transmitirle sentimentalmente algo pero creo que no puedo, es por igual muy inútil.
Le pregunto:
- Amor, ¿te sientes bien?
Michael no contesta, nada más se limita a mirar el horizonte y el mar, oscuro, que está en frente nuestro. Le pregunto por sus amigos. Qué estarán haciendo, le pregunto, pero no obtengo respuesta. Finalmente, le digo:
- Michael, ¿por qué no hemos hecho aún el amor?
Y Michael no responde.
Voy a la playa. Los chicos me miran. Tengo puesto un bikini negro y Michael no me acompaña. Estoy con Yesenia, que se ríe de todo y habla de comprar un par de cervezas. Es verano del 2001, y parece que todo va a salir bien. Le pregunto a Yesenia por la Universidad.
- ¿Qué tiene?
- Debiste ingresar por Primera Opción.
Yesenia se ríe
- ¿Como tú?
Me limito a no responder. En la playa donde estamos hay sombrillas y heladeros, pobres individuos que van de aquí a allá vendiendo panes de pollo con papitas al hilo.
- Ni loca -dice- ¿Y perderme el verano?
Recuerdo que Yesenia dio el examen de Primera Opción, le hizo gastar dinero a sus padres y simplemente no ingresó. No ingresó porque no quiso.
Al final yo no soy nadie para decirle a Yesenia qué hacer y qué no hacer. Luego me doy cuenta de que llama a alguien con señas indescifrables y veo a Caneto caminando descalzo sobre la arena.
Por alguna razón sonrío y siento que me alegro de verlo.
- ¡Primito! -grita Yesenia. Es un saludo extraño.
Ambas nos hemos puesto bloqueador solar. Caneto lleva el pelo húmedo y unos anteojos de sol Okley. Su ropa de baño negra, Curl Silver, se ve desgastada y vieja. Nos saluda cariñosamente y se sienta junto a nosotras a conversar.
- ¿Y qué han estado haciendo? -pregunta.
- Aquí... -Me siento rara hablando con él en la playa. Me preocupa lo que pueda pasar.
Caneto mira el horizonte y el mar. Son como las doce del mediodía. El sol le cae a todo el mundo en la cabeza, en la cara, en los cuerpos. Pronto, por todos lados están de ésos que bajan a la playa y comen cosas como arroz con pollo y papa a la huancaína.
- Melisa, ¿qué sabes de la gente del Colegio?
Miro sonriente a Yesenia. No quiero sonreír pero no logro evitarlo. A cada cosa que dicen respondo con una risa sonsa, conciliadora.
Me gustaría tener unos anteojos de sol como los de Caneto.
- No, no... -le digo-. No sé nada de nadie...
No quiero hablar de la gente del Colegio. Por alguna razón, ahora me repugnan todos.
Me río otra vez. Un chico parece que se va a meter al mar a correr olas, lleva una tabla profesional consigo. Me doy cuenta de que Yesenia y Caneto se ríen. No sé si se ríen de lo que yo he dicho, o si se ríen sólo porque yo empecé a reírme primero. La cosa es que Yesenia me mira con extrañeza y frunce el ceño (quizá porque el sol le cae en la cara) y me pregunto si Caneto ha traído consigo toallas y un polo como la mayoría de gente normal.
- ¿Ingresaste por Primera Opción? -me pregunta Caneto, después de que Yesenia le ha contado algo.
Le respondo que sí.
Caneto dice:
- Yo también.
Parezco sorprendida. En seguida tengo la vaga impresión de sentirme desnuda frente a Caneto. Así que tengo que envolverme con mi pareo. Me pregunto qué estará haciendo Michael. Me dedico a intentar olvidarlo. No le diré nada. Le diré que bajé a la playa con Yesenia, pero que no me encontré con Caneto aquí abajo. Veo que Yesenia se pone de pié (nos enseña a Caneto y a mí su hermosos cuerpo, su pelo negro hasta los hombros, amarrado en una media cola, y sus piernas largas y firmes) y Caneto mira con desagrado a su prima. Le dice algo en todo burlón y ella lo manda a callar. Sin decir una palabra más, Yesenia se aleja y se pierde entre la multitud.
Muy pronto es otra cabeza oscura flotando en el mar.
VI. Yesenia + Caneto
Caneto miró el mar. Suspiró. Se sintió ofuscado por algo, y en seguida intentó reponerse sobre sus mismas palabras. No era que no sintiera una profunda atracción hacia todo: quiero decir, el mar, el sol, el cielo de aquella mañana de verano, tan tibia. Y sobre todo: no era que no sintiera una profunda atracción por Yesenia, que se masajeaba la planta de los pies contra el pasto.
Un pasto, por lo demás, amarillo. Seco.
- No entiendo nada -había dicho Caneto. Pero Yesenia no le hizo caso y siguió aplastando aquel pasto seco, casi puntiagudo.
Y este era un pasto que la hacía pensar en los años sesenta y la spicodélia, no sabía por qué.
- Bueno... -musitó alguien, y en seguida se miraron las caras sin saber qué decir.
Era uno de los primeros días de verano, era diciembre. La navidad había pasado y el año nuevo estaba cerca. Caneto pensó en decir algo, pero mantuvo la boca cerrada.
Y como estaban en Barranco, miraron el mar.
- Lo único que digo es que sería bueno. Siempre es saludable experimentar de todo...
Pero Caneto dijo que no estaba de acuerdo con eso.
En realidad, siempre le había dicho a la gente lo mismo que le acaba de decir su prima, sólo que ahora no estaba seguro de nada. Y dudaba que fuese miedo. Al menos, miedo a besar a Yesenia, o miedo a involucrarse sentimentalmente con ella. El sol tibio de aquella mañana de diciembre lo hizo sudar.
Llevaba una ropa de baño negra y unos anteojos de sol Okley.
Quiso decirle entonces que era absurdo. Porque besarla sería tedioso. Y aunque era diciembre del año 2000, Caneto no se atrevió a hacerlo. Y no fue por Cynthia, su enamorada, ni porque Yesenia fuese su prima. Nada más era porque el sol de aquella mañana de diciembre (una mañana que amaneció fría, nublada, casi glaciar) le daba en la cara. Justo en medio de la cara. Mientras hablaba y decía cosas como: besar a una chica no es tan fácil. (Pero en realidad pensaba: no quiero involucrarme contigo porque sería demasiado, y sería demasiado).
Pero Yesenia decía cosas como:
- Mira. Yo no sé nada, pero el chico que lo haga tiene que estar realmente seguro de ello.
Y decía:
- El chico que lo haga tiene que estar realmente seguro de lo que hace.
Y Caneto pensaba en un montón de cosas que se le amontonaban en la cabeza.
Y en lo único que ella pensaba era:
- Sea como sea, voy a hacer que lo hagas...
Pronto la tarde cayó.
Y los primos, en lugar de tomarse de la mano o llorar. Partieron por caminos distintos hasta que se hizo de noche.
Estaba en la casa de Cynthia cuando Yesenia llamó. El celular de Caneto timbró un par de veces y Cynthia se molestó. Se levantó de la cama y se fue.
- ¿Por qué carajo te llama tanto?
Caneto se preguntó por su prima. Miró una vez más su teléfono celular. Vio a la sombra de la mamá de Cynthia avanzar por el corredor. La casa estaba casi en penumbras esa noche de sábado. Las hojas de los árboles aún no se adaptaban al verano.
Caneto contestó:
- ¿Qué hay?
- Primito... -la voz de Yesenia era la misma de siempre. No hablaron de la última vez en Barranco. Yesenia le dijo para ir a bailar. Caneto negó con la cabeza y dijo:
- Ahorita estoy con Cynthia.
- ¿Estás en su casa?
- Sí.
- ¿Qué? ¿Y van a hacer algo?
- Ver películas, supongo.
Entonces se hace un silencio tan grande que se apodera de la habitación donde se encuentra Caneto. Escucha a Cynthia teclear con furia el teclado de su computadora brillante y siente unas ganas horribles de estrellar su celular contra la pared. Pero no lo hace.
- Bueno... ¿y tú qué vas a hacer? -le pregunta Caneto.
Su prima dice:
- Nada pues. Pensé que podíamos hacer algo.
Caneto tambalea un poco. En seguida:
- Es que estoy con Cynthia.
- Ah.
- Si me hubieras avisado antes...
- Sí. Ya sé.
Se vuelven a quedar callados.
En seguida, Yesenia:
- Oye... vamos, hay que hacer algo. Aunque sea por los viejos tiempos...
Cynthia va al encuentro de Caneto y le dice:
- ¿Ya?
Caneto asiente con la cabeza. Dice:
- Tengo que colgar.
Y cuelga.
Entonces Caneto no piensa en Yesenia y ella camina por las calles de Miraflores esa noche de sábado absolutamente sola. Se pierde un tanto en bares escondidos, en callejuelas oscuras. Pronto ha tomado bastante cerveza y piensa en llamar a alguien. Pero entonces Yesenia vuelve a recordar la atmósfera del malecón de Barranco aquella mañana de diciembre, con sol. Piensa en tantas cosas que no debieron haber quedado allí. Y no es que sienta una terrible y descontrolada atracción hacia su primo, simplemente no acepta que se lo hayan quitado. Para Yesenia, él era uno de sus últimos refugios antes del fin del mundo. Es cuando Yesenia es testigo de una especie de visión antropomorfa: sentada en una mesa (cerca de donde Yesenia se encuentra agazapada) está ella. Tiene los pómulos hinchados, la cabellera revuelta, lleva un par de lentes y su cabello parece una especie de peluca amarillenta a punto de reventar. No solo habla, sino que lanza prolongadas carcajadas a la nada. Junto a ella está un chico algo menor (aunque en realidad, a Charlotte Nolteus no se le ve tan vieja esa fría noche de enero del 2001, nada más está un poco acabada) y es un chico algo menor, digamos, de unos veinte o diecinueve años, quizá un poco más. Y la cuestión es que ambos se están riendo, y beben, y junto a Charlotte hay una chica a la que Charlotte toca desesperadamente cada pierna y cada brazo, y cuando bailan, Charlotte Nolteus luce desesperada, mueve su cuerpo (y por momentos parece alguna especie de gringa tiesa, de ésas que no saben bailar nada) y entonces Yesenia se siente más afligida y más dolida que nunca. No veía a Charlotte desde hace unos diez años. Ella la recordaba joven, casi adolescente, hablando francés todo el tiempo. Charlotte vivía en la casa de Yesenia, donde la abuela. Charlotte no sólo era su tía, era su modelo a seguir. Yesenia la admiraba. Los días que vinieron luego de la muerte del abuelo (el abuelo Nolteus, que había pasado la mayor parte del tiempo entre Lima y París,y que había ocupado un alto cargo en la embajada peruana en Francia) luego de la muerte del abuelo, Charlotte se había venido a menos. Un día, hubo tantos gritos en la casa que Charlotte se tuvo que marchar y nadie volvió a saber más de ella. Al menos, Yesenia no. Pero Charlotte estaba allí. Era de carne y hueso. Y Yesenia la miraba estupefacta. Fue cuando entendió por primera vez el significado del disco “Be here now” y pensó que, a pesar de todo, no podía reprocharle nada a nadie. Y recordó escenas en su cerebro olvidadas, conversaciones sobre la vida secreta de Charlotte. Yesenia prefirió no seguir. Pero siguió.
Un día en la mesa hablaron de Charlotte. Ella había vivido en París, había sido la menor, la más apegada al abuelo. De ahí su francés, su vida en París. En la familia siempre la llamaban: afrancesada. Era la afrancesada Charlotte.
Y luego, decían:
- La bohemia la llevó al desamparado. A la desolación. La hizo caer en el vicio. La hizo hacer todas ésas cosas...
Y Yesenia, se supone, no le prestó mucha atención a lo siguiente:
- Todo habría salido bien si no la hubieras dejado estudiar literatura... -dice alguien.
La abuela:
- Yo no la dejé estudiar nada. Simplemente lo hizo. -Y en seguida.- Fue su padre...
Se mantuvieron callados ante la luminosidad de la mesa. Aquella tarde toda la familia estaba reunida. La abuela seguía vestida de negro. Sólo se podía escuchar el sonido de los tenedores y de los platos chocando entre sí. Los sirvientes iban de aquí para allá. Nadie se ponía de acuerdo ni con los garbanzos ni con el bacalao. Era semana santa.
Caneto estaba sentado, igual que Yesenia.
El diálogo continuó:
- Nadie lo había sospechado... Quiero decir... -Malena se detuvo. Su hija, Miriam, miraba a sus padres sin ninguna expresión en el rostro, y su hermana mayor, Verónica, estaba en el mismo plan. Todos muy callados.
- ¿Alguien la vio?
- Nadie necesitó verla.
- ¿Estaba desnuda?
- Eso está claro.
- ¿Y estaba con ella?
- ¿Quién? ¿Charlotte?
- Sí. Estaba con ella. Sí. En la cama. Sí.
- Entonces, se fue.
- Dicen que se fue. Sí.
- A dónde se fue ¿a París?
- Charlotte siempre quiso volver a París.
Entonces Yesenia (que no le prestó demasiada atención a aquellos diálogos) sacó, con el pasar de los años, distintas versiones de lo sucedido. En una de ésas versiones inventadas, Charlotte la despierta a medianoche y se despide ella con un enorme beso en la boca, deseándole una vida llena de emociones y de absoluta libertad. El hecho material es que, en los diez años que pasaron después de que el abuelo Nolteus muriera, Charlotte no volvió a aparecer más en su vida. Se había ido. Un último recuerdo asalta a Yesenia antes de abandonar el local. Su abuela está limpiando y ordenando su habitación un martes sin sol en el que Yesenia faltó a clases. Suena el teléfono. La abuela contesta y alza el tono de su voz al momento de colgar el auricular.
- ¿Quién era, abuela?
- Nadie.
Más tarde, durante el almuerzo, la abuela está llorando. Las lágrimas brotan de sus envejecidos ojos y se los seca con la puntita de su servilleta de papel. Hablan de Charlotte, y hablan de su partida.
- Ella ya no es hija mía...
La mamá de Yesenia intenta disuadirla.
- Así me muera -exclama, y Yesenia siente una determinación escalofriante en sus palabras.
Pero ahora Charlotte baila con una chica delgada y rubia en aquel local de Miraflores antes del fin del mundo. Charlotte parece sonreír y pasarla muy bien. El chico de la mesa sale del local y mira a Yesenia un segundo antes de atravesar el umbral de la puerta. Afuera, en la vereda, se pone a fumar marihuana. Charlotte y la chica siguen bailando y de pronto, en el local donde se encuentra Yesenia, agazapada, empiezan a formarse extraños símbolos rústicos por todas las paredes y el techo del local. Charlotte Nolteus abraza a la chica que baila frente a ella y ambas se besan. Es un beso con doble connotación para Yesenia que se encuentra sumergida en una posición extraña, en una piscina llena de señales. Pronto, recuerda todas las expresiones que adoró con locura, y todas las veces en que pensó en ella, durante su ausencia. Ahora Charlotte Nolteus es mucho más vieja, y todo es mucho más complicado que antes.
Al celular de Caneto llega un mensaje conmovedor. Yesenia le cuenta con menos de 120 palabras que está perdida en algún lugar de Miraflores esta madrugada. Dice que no lo extraña y que tampoco hablará de esto mañana, ni después, ni nunca. Dice que el dolor de la soledad de una noche no recupera aspectos salvables (a veces, incluso, mínimos) frente a la cotidianidad de los días. Dice que algún día lo abandonará, incluso a él. Porque el abandono es algo que se lleva en la sangre, y que sólo puede trasmitirse a otra persona por vía venérea, como el VIH y todas las demás ETS. Cuando el celular de Caneto timbra, Cynthia y él están metidos en la cama, tocándose, y el simple sonido de la vibración del celular hace que ambos se desconcentren y tengan que empezar todo de nuevo.
VII. Marcel
- Escucha -le dije a Lucía aquella tarde de invierno de 1997, un poco confundido pero con la seguridad de que lo que estaba haciendo era lo mejor.
- Para empezar, tienes que darte cuenta y entender de que soy una mierda. No veo por qué dices que nos entendemos y que podemos llegar algo si seguimos con esto. Es simplemente absurdo, incoherente, es una mierda...
Regresaba de la Academia horrible donde estudiaba para ingresar a la Universidad. Ella y yo nos habíamos encontrado en un parque de Miraflores cerca al colegio religioso donde ella cursaba el tercer o cuarto año de secundaria. El parque donde estábamos sentados (en una banquita de concreto un poco maltratada por los años) había un pobre chico que corría y daba vueltas y vueltas alrededor nuestro en la vereda. Llevaba un polo de una academia militar y tenía corte de cachaco.
Desde donde yo me encontraba lo veía muy triste y aburrido de todo.
- Ahora te pones a llorar -le dije a Lucía- pero mañana me lo vas a agradecer, ¿entiendes por qué?
- ¿Por qué?
- Porque sé que el mundo da muchas vueltas y sé que tarde o temprano nos vamos a reencontrar, y no será para retomar esta relación ¿me entiendes? Siento que, en determinado momento, tengo fe en ello, te darás cuenta de que lo mejor fue separarnos y ser sólo amigos...
- Vamos, Marcel -dijo más tarde, entre sollozos- ¿por qué no me dices de frente que estás aburrido de mí, que ya no te gusto y que has conseguido otra mejor que yo...?
Había conocido a una chica muy hermosa que coqueteaba conmigo, fumaba cigarrillos caros y veía películas francesas todo el tiempo.
- Sabes que no es así.
Lucía era bonita. Debajo de su uniforme verde y cuadriculado había un cuerpo ya formado. Había tenido la esperanza de que con el pasar de los años Lucía sería un bombón. Pero ahora tenía granos y lo que yo buscaba era algo más... ¿cómo decirlo? Algo más maduro, intransigente e irresponsable.
Por un minuto volví a pensar en cuando Lucía y yo nos conocimos, y casi pude ver a aquella chica que se mordía los labios y jugaba con su lapicero al momento de verme hablar y decir cosas importantes.
Pero a aquello le faltaba emoción. Estaba bueno salir con Lucía a caminar y pasear por el Centro Comercial y comprar helados. Saludar a sus padres y comer algo cada vez que la iba a dejar a su casa, en Los Álamos. Decir que era mi novia mientras ella sonreía y ocultaba algunos de los barritos que le salían constantemente en la frente, en la nariz o en la boca, cada vez que le venía la regla. Pero eso no era suficiente, lamentablemente, para mí al menos no lo era...
- Pero Marcel -Lucía elevó el tono de su voz- nunca estuve con alguien tanto tiempo... nunca quise tanto a otra persona...
- De verdad lo lamento.
Hubo una pausa larga en la que me dediqué a mirarme los zapatos.
- No. Marcel. No es cuestión de lamentarlo. -Lucía acabó con un paquetito de Kleenex y sacó de su mochila otro nuevo- No quiero tu pena. No me interesa. -Y después- He perdido nueve meses de mi vida con alguien que simplemente no me quería. Con alguien que un día vino y me dijo: se acabó.
El cielo había empalidecido.
- Mira, Lucía, yo nunca he querido hacerte daño. Tú lo sabes. Me conoces. Soy una persona demasiado inestable como para seguir con esto.
Lucía volvió a lagrimar. Ahora estaba quieta, y no seguía ningún patrón. Por un minuto pensé que estaba meditando. Finalmente dijo:
- Te odio.
El chico que corría desapareció. Las aves volvieron a sus nidos. Algunos aviones atravesaron de par en par el cielo de Lima.
- Yo quiero ser escritor. -Y en seguida- Creo que no puedo seguir más contigo. Ya no puedo soportar más esto.
Lucía levantó su pequeña mochila verde y se fue.
Charlotte entró al salón de clases ese frío día de invierno de 1997 como atraída por un instinto asesino. Llevaba el pelo amarillo y lleno de rulos en la espalda, su caminar era inseguro y tambaleante.
Mala actitud la mía esa de pensar en la profesora de literatura en la Academia horrible donde me encontraba e imaginar que coqueteaba conmigo. En realidad, lo único que hacía era guiñarme un ojo de vez en cuando e interesarse un tanto por mi aspecto. Finalmente (creo que fue un lunes) después de salir de clases esperé a que Milagros terminara de discutir con ella algo del Siglo de oro español (creo que Milagros no entendía bien que el Siglo de oro español era precisamente español) y la profesora, Charlotte Nolteus, le gritaba:
- Escucha, ¿ves esta lista? ¿la vez? Aquí están los del RENACIMIENTO, ¿puedes leer RENACIMIENTO? Aquí ¿ves?. No tiene nada que ver con el Siglo de oro español...
Finalmente Charlotte terminó de hablar con ella, cogió su maleta y se dirigió a la puerta. Me preguntó, consternada:
- Marcel, hijo, ¿podrías explicarle el curso a tu amiga?
Lancé una carcajada. Me sentí estúpido. Luego le pregunté:
- ¿Y cómo piensa usted que yo voy a lograr eso?
Charlotte Nolteus firmó algo en el registro académico.
- Mira. Marcel, yo sé que tu eres un chico inteligente. Si te interesa un poco tu amiga puedes hacer que ella lea algo de Petrarca o Sor Juana Inés de la Cruz...
Yo estaba vestido con una camisa de franela azul a cuadros y un polo medio psicodélico. Cualquiera es cualquiera, y Charlotte Nolteus pudo muy bien tomarme como un chico más entre todos los del salón (tenía el pelo largo y saludable, lleno de rulos, y también llevaba un jeans azul medio decolorado y una sonrisa estúpida en la cara) pero Charlotte Nolteus siguió voraz sus instintos.
- Profesora, dudo que yo pueda obligar a que alguien más lea... -finalicé.
Milagros metió todas sus cosas en su mochila y salió del salón de clases haciendo una mueca indescifrable.
- Tu amiga no respeta mucho a los profesores qué digamos, ¿no?
Volví a reírme.
- Es un tanto rebelde.
- ¿Sí?, y dime ¿tú también eres un rebelde?
- No.
Salimos. Afuera era una tarde helada de junio.
- Seguro te gusta leer, eres el que más interviene en clase.
Me mantuve callado.
- Lo que pasa es que yo quiero ser escritor.
- ¿Hablas en serio?
- Claro que sí.
Charlotte miró la avenida que se extendía entre árboles y postes de luz grises.
- Yo también soy escritora.
- En serio, ¿y como qué cosas escribes? -le pregunté.
- De todo un poco, ya sabes... cuentos, ensayos, poesía, novelas...
Charlotte Nolteus prendió un cigarrillo. Miré a mi alrededor. La luz del día nos daba cierto aspecto.
- Ah, entonces escribes en general.
- Eso depende mucho de mi estado de ánimo y lo demás.
Charlotte Nolteus, todavía mi profesora, paró un taxi.
- Apuesto a que has leído a Kerouac... -alcanzó a decir.
- Claro...
- Muy bien, ya me enseñarás algo que hayas escrito la próxima clase.
- Por supuesto.
Charlotte, todavía mi profesora, me dio un beso en la cara.
- Sabes, luces bastante mayor para tener...
- Diecisiete.
- Eso...
Charlotte subió a su taxi y se alejó.
- Marcel.
- Profesora.
- Leí su texto.
- En serio.
- Creo que tienes mucho talento.
- ¿Usted piensa?
- Eres demasiado idealista.
- ¿Es eso es un problema?
- Puede ser un gran problema.
Asentí.
- Pero en su caso, yo lo veo...
- Usted lo ve...
- Por favor, Marcel, ya deja de tratarme de usted.
Miré la pista y el asfalto.
- ¿Cómo decirlo? -Charlotte hablaba demasiado. Estaba muy mal vestida (llevaba un saco marrón y unas sandalias) y la gente a mi alrededor siempre la miraban con ojos desorbitados, como diciendo...
- ¿Por qué?
- Por qué qué, profesora.
Meneo la cabeza, su pelo rizado y abultado en su espalda se movió con ella. En realidad, parecía una chica loca de los años setentas, algo así como una Virginia Woolf liberada de todo prejuicio o una protestante de la universidad de Berkeley...
- Tu tema, Marcel.
- Así que es mi tema.
Charlotte Nolteus sonrió.
- Me refiero a que tu tema es muy extraño. Es muy raro en sí que alguien escriba...
- ¿Extraño por qué?
- Quizás por la época...
- Entiendo.
- Tiene muy poco que ver con tu entorno.
Y en seguida Charlotte divagó.
- Pero eso no quiere decir otra cosa que no sea que tienes una gran capacidad de imaginación...
Sonreí.
Charlotte Nolteus preguntó:
- Dime, te apetece comer algo.
Me alarmé. Milagros y algunas amigas suyas miraron la escena excitadas.
Volví a sonreír.
- ¿Qué dices?
De repente me encontré muy confundido. Miré el KFC detrás mío. Charlotte Nolteus observó a Milagros y a sus amigas con una expresión desconcertante. Era como si nada en el mundo le interese lo suficiente. Excepto yo.
- ¿Un café?
Meneé la cabeza.
- Sale.
Charlotte Nolteus paró un taxi y nos alejamos.
VIII. Historias estúpidas de colegio
Yo quería montar bicicleta a los diez años. Cuando cumplí los once había una esquina cerca a mi casa donde los chicos (algunos un tanto mayores que yo, otros no) se reunían los viernes por la noche a patinar y a montar bicicleta.
La cuestión es que llegó el día cuando mi vieja me preguntó si quería una bicicleta y pretendió comprarme una demasiado grande (con la sorprendente excusa de que me serviría para la posteridad) pero yo entonces me negué. Ya no quería una bici, ni tampoco una patineta. Era 1996 y se pusieron de moda los patines.
Entonces en la ciudad de Lima se inauguraron un par de pistas de patinaje en realidad grandes. Pistas circulares, enormes, donde la gente se reunía a patinar, y donde algunas veces me encontré con amigos del colegio en la misma situación que yo.
Recuerdo que una vez me encontré con Careloco.
- ¡Hey! ¡Caneto! -me gritó.
- ¿Qué haces, Alonso?
A Careloco le caía bien su apodo.
- Aquí...
Dimos algunas cuantas vueltas hasta llegar a un enorme agujero cuneiforme junto a unas extrañas plataformas de madera, Careloco dijo:
- Caneto, esto apesta...
Y entonces me prometió llevarme un día a un lugar donde de verdad se montaban patines. No dejé de preguntarme cómo era eso y el me dijo:
- Los patines son un deporte para chicos rudos.
- ¿Rudos como quienes?
- Rudos como nosotros -dijo.
Entonces yo me reí.
El día en que fuimos después de clases a montar patines fue un día terrible de sol, en un parque cerca a los Álamos donde la tarde nos cogió friéndonos en plena calle, y el cielo empezó a quemar, y de las casas salía un aire tupido y concentrado que más bien parecía humo.
Era un maldito infierno.
- ¿Aquí es donde se practica el verdadero deporte de los patines?
- Aquí es donde te vamos a hacer hombre.
Yo llevaba mis patines en una caja. Era la caja negra donde me los habían venido. Estaban casi nuevos.
- Bueno. Será, pues. Será.
Me puse mis patines y mi casco y mis rodilleras. Cuando me puse de pié parecía más una tortuga ninja y no un chico dispuesto a dar su vida por aprender a hacer piruetas en el aire como cualquier persona normal.
- Chico, más te vale que te quites todo eso -dijo alguien.
- ¿Por qué?
- No va a dejar que te muevas bien.
- ¿Qué quieres decir? ¿Cuánto tengo que moverme? Sólo quiero patinar...
Y entonces todos se rieron.
- Caneto, más vale que te quites toda esa porquería.
Los chicos que montaban patines en el parque cerca a Los Álamos sabían usar ropa, y la ropa que vestían no parecía nueva sino que la usaban siempre, todos los días, a cada rato, y la ropa que yo llevaba puesta acababa de ponérmela en la casa de Alonso y parecía ropa nueva porque nunca la usaba. Me sentí como Ricky Ricón en un mundo terrible.
- Vamos Caneto, haz algo bueno por tu vida de una puta vez.
Yo no sabía nada, y con las justas podía patinar. Me saqué todo lo que llevaba encima y lo dejé a un lado. Luego tomé vuelo y corrí hacia una rampa de madera improvisada en el parque. Salté. Me mantuve en el aire un microsegundo y caí. Me golpeé fuertemente la mandíbula y todos estallaron de risa. Luego, cuando por fin pude ponerme de pié, me di cuenta de que estaba sangrando y que llevaba aún el casco puesto. Me felicitaron. Es decir, me dieron la mano los chicos. Me dijeron, bien, muy bien, o buen intento.
Entonces me sentí completamente adaptado y seguro de mí mismo.
Pero, como era de esperarse, yo no era bueno para montar patines y los dejé a un lado una vez que no tuve que llevarlos para hablar con aquellos chicos de aquel parque cerca a Los Álamos. Mi afición a los patines terminó un día en que descubrí que era más entretenido fumar cigarrillos que patinar. Me hacía sentir más adulto que los demás. Así que cuando fui a patinar un día les dije:
- Muchachos, vamos a descansar un rato. ¿Qué les parece?
Y desde entonces la gente que se reunía a charlar en el parque cerca a Los Álamos lo hicieron con intención de fumar cigarrillos y no de montar patines (porque así se malogró una generación a mediados de los años noventas) fumando cigarrillos en el parque, que después sería bautizado por alguien como “el fumadero”, y no por mí, ni por los chicos que antes montaban patines, sino por gente que de una mañana a otra bajó de no sé donde a fumar pastel, y la cosa quedó ahí. Ninguno de nosotros quiso asomar la cabeza de nuevo por esos lares.
Entonces yo no fui el mejor patinador de Roller Blade de mi época, pero sí fui el primero en fumar cigarrillos de mi generación, y también fui el primero que le dijo al gordo Manuel que a él le gustaba una hermosa chica de ojos saltones que todos llamaban la Gomi, porque todavía el gordo (tan enamoradizo, tan lerdo) no se daba cuenta de nada. Y yo le dije:
- ¿Sabes qué gordo? Lo mejor de ser tú es que no necesitas excusa.
Porque el gordo Manuel era el gordo más hablador de la clase, y el más amiguero, y en los ratos libres cuando estábamos en primero o en segundo año se secundaria, al terminar las clases, nos íbamos a un pasaje con Careloco o con el Muerto a fumar cigarrillos y ver el atardecer, o sino veíamos a los pájaros en algunos de los parques de los alrededores, o sino solíamos arrojar enormes semillas de árboles a los riachuelos que atravesaban dichos parques, en cualquiera de los tres casos fumábamos, nos deshacíamos de las mochilas y planeábamos molestar a alguien durante la clase. Y siempre era cuestión de creatividad. Y nunca era suficiente. Nos sentíamos tan grandes fumando cigarrillos y molestando a los demás...
Luego fue el plan maestro de hacer que el gordo le envíe cartas de amor (cartas que en realidad él ni siquiera escribiría) a la Gomi. Se las pediríamos escritas a un Pelmazo Enorme de otra sección que se llamaba Gustavo Petrovich o algo por el estilo. Y la cuestión es que no sé quién no tuvo la reserva necesaria y todo se fue al carajo. La Gomi (en realidad, ya no recuerdo ni cómo se llama) le dijo que no, que ella tenía novio y que no quería nada con él. Y le dijo que estar de novia con alguien en el colegio sería lo más desagradable del mundo. Y ese mismo día el gordo Manuel no vino a fumar con nosotros al parque, y yo juré vengarme para siempre de aquel Pelmazo Enorme, y al parecer la gente de la clase me respetaba, y me sentía con tanto poder como para hacer y deshacer.
Así que concerté una pelea entre el gordo Manuel (quien durante unos días no dejó de estar triste y llorar) y el novio de la Gomi, que en realidad era un rapero de lo peor. Y entonces, el gordo me dijo: pero Caneto, qué has hecho, yo no me quiero pelear con nadie. Y yo le dije: vamos, gordo, ésta es tu oportunidad. ¿Qué mejor manera de demostrarle a la Gomi que la quieres?
El gordo Manuel me miró:
- ¿Peleándome con su novio?
Y yo le dije:
- Claro hermano, mira, cuando veas a ese hijoputa tendido sobre la grama, adolorido... cuando ella lo vea, te va a querer tanto que no vas a terminar el día pito, créeme.
Fue así como una tarde de invierno de 1996 ó 1997, el gordo Manuel y un tal Andy se batieron a muerte en un parque escondido de Miraflores. Nunca olvidaré el recorrido, los taxis que tomamos para llegar hasta el lugar y los cigarrillos que fumamos en público. La pelea fue injusta. Andy no peleó. Fue un sujeto, un fulano de tal, un tío llamado Pinche Buey. Y este Pinche Buey ni siquiera se sacó sus anillos con púas durante la pelea, y éstos le ocasionaron al gordo un dolor profundo en sus cejas rotas y en sus mejillas. Una hemorragia interna que lo tuvo en cama durante varios días. Pero Pinche Buey, si bien tenía anillos, no sabía moverse bien, no tanto como el gordo Manuel, y al final las patadas más certeras se las dio él (el gordo) y tuvo éxito en su propósito. En vista de lo sucedido, del circo romano que yo había montado, me acerqué donde la Gomi (que estaba presente, muy tranquila, mirándolo todo) y le dije:
- ¿En qué piensas?
Y ella me miró.
- ¿Qué pienso de qué?
Y a pesar de que el gordo Manuel pasó dos semanas en cama por ella, la Gomi ni se inmutó ni dijo -¡ay!- ni nada. Simplemente le pareció una pelea entre el extraño amigo de su novio contra su simpático y estúpido amigo del salón, nada más que eso.
Pero para el pobre gordo Manuel había algo más, y cuando fui a su casa, una tarde, él me dijo:
- Con las justas puedo moverme, quisiera tanto fumar un cigarrillo.
Y yo le dije:
- Vamos, gordo, sabes que no estás en condiciones.
Y el bueno del gordo Manuel me miró a ambos lados, en su habitación, y dijo:
- Qué sucede últimamente en el salón.
Y yo le dije:
- Lo de siempre.
- ¿Ya le pegaste al Pelmazo Enorme ese?
- Lo estoy guardando para fin de año, gordo.
El gordo sonrió. Finalmente dijo:
- Me gustaría tanto fumar un cigarrillo.
Entonces, en vista de la pena y de que no había nadie más alrededor mío, le pasé uno.
- Vaya, es un Lucky.
- Sí.
Le extendí mi mano con un encendedor prendido y el gordo fumó.
- ¿Sabes? Hay algo que quisiera hacer antes de que termine el año.
- ¿Qué cosa?
La Hilacha conseguiría la marihuana.
Entonces se hablaba un poco con el gordo. Un día la Hilacha lo había abordado y le había dicho, en medio del patio durante el último recreo, antes de la salida:
- Así que tú eres el gordo Manuel, que fuma cigarrillos en la salida, en los parques escurridizos de Chacarilla, misma Palms Springs...
Y el gordo, que era más que nada callado y observador, le había dicho, sujetando sus enormes anteojos con resinas photogray:
- Así parece.
Ya habían hablado un par de veces con él antes de la pelea, se habían saludado. Cuando la Hilacha escuchaba por su walkman negro grupos como Leuzemia y rock del Agustino, grupos que en nuestro colegio nadie escuchaba (solo él, únicamente la Hilacha) y luego, cuando hablé con él aquella tarde, me dijo lo mismo que le había dicho al gordo Manuel la última vez:
- Con diez soles puedo conseguirles esto.
- ¿Qué cosa?
La Hilacha se encrespó como un gato, miró a ambos lados y susurró:
- Dame el encuentro en el pasaje cerca a la puerta, detrás del muro del edifico más grande.
- Okey.
Esperé un par de minutos y caminé, nos encontramos en el pasaje cerca a la puerta.
- ¿Qué es?
- ¿No hueles?
Me acercó esa especie de moño rojo a la nariz.
- ¿De verdad es marihuana?
- Por supuesto.
La Hilacha me guiñó un ojo. El último recreo antes de la salida estaba a punto de acabar. Noté que a la Hilacha le empezaban a salir pelos en el extremo derecho de su barbilla.
- Y cuánto es, más o menos, lo que me vas a vender por diez soles.
Sacó de uno de sus bolsillos traseros un paco, envuelto en papel periódico, con toda aquella marihuana roja. Lo abrió y me lo enseñó.
- ¿Ves? Es como mierda...
Luego lo cerró.
- Y cuántos cigarros van a salir con eso.
- ¿Cuántos wiros?
- Sí, ¿cuántos?
La Hilacha miró al cielo.
- ¿Alguno de ustedes sabe armar wiros?
- Yo sé. Solía armar cigarros de tabaco cuando era niño...
- Mmm, entonces piensa que tendrás como para cinco o seis, o hasta siete canutos gruesos, depende de qué tan bien me vendan. Tú entiendes.
- ¿Y ese paco que traes contigo?
- Es consumo personal.
Sonó el timbre con el que comenzaban las horas de clase.
- Entonces ¿cómo hacemos?
- Dame el dinero ahora, mañana por la mañana iré a comprar.
Nos dirigimos al edificio donde dictaban las clases de Tercero de secundaria.
- ¿Cómo es eso?
- Mañana en la salida, te espero apoyado en el centro del parque donde algunas veces se reúnen esas tías horribles que le dan de comer a las palomas después de ir a misa...
- ¿Y qué más?
- Nada. Tendré tu enorme paco sujeto en mi mano...
La Hilacha llegó temprano ese viernes a la salida. Miró a ambos lados antes de acercarse a nosotros y esquivó un par de compañeros de otra sección que lo conocían en la puerta del colegio.
- ¿Cómo fue todo?
- Excelente, excelente...
- ¿No nos ibas a esperar en el parque?
- Puta, huevón. He llegado allí como a las once de la mañana, me cago de hambre.
Miró a su alrededor otra vez. Tenía los ojos rojos y olía a hierva seca. Por sus audífonos negros se escuchaba una canción que era un solo de gritos: ¡Solo quiero un poco de pastel! ¡Al colegio no voy más! y cosas por el estilo. Luego la Hilacha empezó a caminar dando tumbos. Saludó a un par de chicas bonitas que pasaban por ahí. Se rieron de él, lo saludaron. La Hilacha era sumamente flaco, casi anémico, y llevaba el pelo largo. Finalmente dijo:
- Préstenme cincuenta céntimos, por favor... -con lo que se compró un paquete de galletas de chocolate y dejó de llorar.
Caminamos a un parque que nunca he vuelto a ver en mi vida, donde nos sentamos formando un círculo. La Hilacha sacó el paco y nos lo enseñó. El gordo, que ese día había vuelto al colegió después de dos semanas, exclamó:
- ¡Asu! Es como mierda.
- Sí. Es verdad, es como mierda -indicó la Hilacha.
- ¿Y qué vamos a hacer con todo esto?
- Nada, lo dividen entre ustedes dos y se lo fuman.
El gordo Manuel y yo nos miramos.
- Los diez soles eran del gordo -dije.- Yo sólo quiero probar una vez.
Mirando en dirección al cielo estaban los árboles que nos escondían, y después todo era azul. Había en el pasto aquellas pequeñas flores amarillas que nos indicaban la llegada del verano. De repente salió el sol y la Hilacha preparaba un enorme canuto.
- Saben qué. Ahora que en lugar de venir a clases me fui a comprar su paco por mi casa. Estaba caminando por ahí, ya saben, y me encontré con mi prima, Paty, ella vive por ahí y siempre, cada vez que voy a comprar, saca su cabeza por la ventana de su baño y me dice: “¡José! ¡José! ¿Adivina qué?” y yo le digo “¿Qué quieres, Paty?” y ella me dice... ¿saben lo que me dice?
- No, ¿qué cosa?
- Me dice: “Oh, José, estoy tan mojada... me estaba duchando y ahora se ha ido el agua, necesito que me ayudes. No puedo pasarme el jabón por la espalda, estoy tan jodida”...
Hubo una pausa enorme.
- ¿En serio, hermano? Eso te dijo tu prima.
- Eso me dijo la bitch de mi prima.
- Asu, ¿y qué hiciste? -le pregunté.
La Hilacha deshacía la hierba roja, la hacía polvo encima de su cuaderno de geografía bajo el sol de diciembre.
- Nada -dijo, sin dejar de limpiar la hierba, sin dejar de sacarle las pepitas y los diminutos troncos- me metí a la casa y luego subí por las escaleras. Efectivamente, la Paty estaba desnuda y estaba mojada. Se había ido el agua caliente y su piel estaba fría. Le pasé el jabón por la espalda, después nos besamos y yo también me quité la ropa.
- No jodas, huevón.
La Hilacha miró de reojo al gordo Manuel, volvió a ponerse los anteojos que había dejado encima del pasto.
- En serio, mano.
- ¿Entonces, te has tirado a tu prima?
- ¡A la Paty!
- Ajá.
- No ¿cómo me la voy a tirar? No soy tan degenerado...
- ¿Entonces?
La Hilacha sacó el papel de fumar. Empezó a armar el wiro.
- Nada pes. Le pasé el jabón, nomás. ¿Me entiendes? No me la he tirado...
El gordo Manuel y yo estallamos de risa.
- Bueno, chicos, quiero que sepan que en realidad yo los quiero un montón. Es un honor haber armado este wiro y es un enorme placer fumarlo ahora, con ustedes, por supuesto... -La Hilacha hizo una pausa, el gordo Manuel y yo nos miramos sonriendo. La Hilacha revisó su enorme bolsa incaica, y prosiguió- Sólo quiero saber si es que alguno de ustedes tiene un encendedor, o algo por el estilo...
El uniforme de los tres estaba sudado. El gordo Manuel y yo sacamos nuestros anteojos de sol y empezamos a fumar. Al principio nada, la hierba era una cosa de mal sabor, muy propensa a hacerme vomitar. Sin embargo, la Hilacha fumaba mucho. Fumaba. Y el gordo Manuel terminó por confesarme en determinado momento, con la mirada desviada y los anteojos de sol a la altura de la nariz, que, efectivamente, él había fumado varias veces, con un amigo, en algunas fiestas que entonces se organizaban en el club regatas. Una mierda de fiesta hawaiana en la playa, o algo por el estilo. E incluso había fumado con el Muerto, y también con el tarado ése de Gustavo Petrovich. Y entonces yo pensé que ya estaba puesto, y pretendí estar drogado también. Incluso empecé a reírme de la nada. Pero la Hilacha me dijo que tenía que fumarme otro, que sino no pasaba nada (y todo eso de darme de fumar parecía causarle placer) entonces le dije al gordo que armara otro porque quería estar igual que la Hilacha, hecho un adicto de mierda.
La Hilacha reía. Se fumó el primer varulo hasta que sus dedos se mancharon de THC amarillento y su boca también. Según él, no había evidencia más grande. Además, estaba con los ojos rojos y chinos como aquellos patos del Brasil, y cada cosa que decía era precedida por una risa narcótica. Naufragamos en un parque donde la Hilacha arma otro wiro y se prolonga una conversación larguísima. Fumamos más marihuana y me siento por primera vez drogado.
IX. La afrancesada Charlotte
Me comentan de una clínica odontológica universitaria. No sé si será buena, tampoco me lo cuestiono. Simplemente voy porque me han dicho que es barata, que los estudiantes de odontología de esta Universidad son por lo general buenos muchachos. Y no me cuestiono nada, simplemente dejo pasar los días, y una buena tarde de invierno me aparezco por ahí, saco cita, y me dedico a esperar.
La chica que me va a atender (creo que me va a atender) me hace pasar a un consultorio pequeño, donde hay una silla. Luego hace que me siente y pide que abra la boca.
- ¿Ha sufrido algunas molestias?
- ¿Molestias? -balbuceo.
- Sí molestias...
La practicante me incomoda. Me toca la cara de manera escandalosa.
- ...ya sabes, molestias.
- Bueno -empiezo- me hicieron una endodoncia hace un tiempo, pero no me pusieron...
- ¿Un torniquete?
- Sí.
- ...y una corona.
- Eso.
La practicante ha dejado mi boca en paz y se dedica a escribir.
- Su nombre...
- Charlotte.
- ¿Charlotte?
- Aja.
- Charlotte qué...
- Nolteus...
- ¿Nolteus?
- Con una ene, ya sabes. Se escribe como suena.
- Okey.
En seguida me pregunta:
- ¿Hace cuanto tiempo te hicieron esta endodoncia?
- Hace un año. Fue como a mediados del año 2000.
- Okey.
- No lo seguí porque tuve que viajar. Yo vivo en el Cuzco, ¿sabes?...
- Ah -exclama.
La joven practicante tiene el cabello negro. En seguida dice:
- Cuzco es lindo.
- Sí, muy lindo.
Me siento ofuscada. Todavía no puedo aceptar que no vivo más en el Cuzco.
- Charlotte... -dice- ¿haz sentido alguna caries, te ha dolido algo?
- Sí. Todos. Soy muy maricona. Nunca voy al dentista... -miro con tristeza el techo y digo- espero que no me tengan que sacar algún diente o algo por el estilo.
- Mmm, no lo sé.
Me estremezco.
- Escucha -la joven practicante vuelve a clavar sus ojos negros en mí- tengo que hacerte una Historia Clínica...
- ¿Qué?
- Espérame aquí.
La chica se para y se va.
Las sombras de los días hacen que me acuerde de Milagros, hace algunos años, en una Academia horrible donde enseñaba literatura a chicos gordos y fofos a quienes no les interesaba nada. Recuerdo alguna noche saliendo de clases (una noche fría, antes del examen de admisión) cuando Milagros me abordó sonriendo y dijo un par de cosas sobre alguna tontería que no entendía y se hizo la estúpida.
Yo le dije:
- Vamos hija, mejor duerme. Mañana va a ser un día muy largo.
Pero Milagros me miró con una mueca extraña. A Milagros nunca la había tratado bien y no había motivos para que ella me hablase de esa manera aquella noche. Me miró (no sé si era una mirada fingida, ya no lo recuerdo) y yo le dije que tomaría un taxi. En seguida agregué:
- ¿Estás esperando a alguien?
Negó con la cabeza. Tenía una mueca en la cara (era una expresión agridulce). Le pregunté si quería que la acerque a su casa o algo y ella dijo:
- Está bien...
Paramos un taxi. Ambas fuimos atrás.
La joven practicante dice:
- No... no... no... esto está muy mal.
Debo confesar que yo ya estoy acostumbrada a que la gente me deje. No puedo soportar nada. La joven practicante me pide que me quede quieta.
- Tienes la boca de una niña -me dice.
Toma con una mano una regla, pide que abra lo más que pueda la boca y toma la longitud vertical de la abertura que formo. Me siento algo tensa. Tengo miedo de que mientras me toque la boca y me hable yo toque sin querer su delgado cuerpo y la decepcione.
Intenta no hacerme daño pero sigue cavando y hurgando el interior de mi diente cariado, todavía sin aquellos guantes de plástico mientras no deja de repetir:
- No... no... no... esto está muy mal.
Lleva una cosa que le cubre la parte inferior de la cara y apunta cada diente cariado en una hoja de papel. Marca con un lapicero rojo cada caries. Me siento algo estúpida.
Ella me pregunta:
- Cómo clasificarías tus dientes en general...
- ¿Qué opciones hay?
- Hay muy buenos... buenos.... regulares... malos... muy malos...
Lo pienso poco.
- Muy malos -le digo.
La joven practicante sonríe:
- No están TAN mal.
- Claro que sí, están llenos de huecos...
Lanza una carcajada.
Estoy echada en una silla reclinable con aquella luz tan molesta a la altura de la boca. Estoy al final de una hilera de diez sillas en una especie de salón de clases con piso de mayólica y aire acondicionado al máximo. Atrás mío hay como otras cinco silla más. Algunas están ocupadas, otras no. Eso hace un total de cincuenta sillas en toda la Sala 4, donde la joven practicante hurga sin compasión un diente muerto y dice:
- Creo que tendré que extraerlo.
Me encojo en la silla.
El frío de la Sala 4 hace que mis pezones duelan y no llevo sostén (yo nunca llevo sostén) miro con tristeza la sala. La ventana. La tarde. Junto a mí, un joven de barba crecida está anestesiado, y tiene las pupilas dilatadas.
La joven practicante se detiene. Lleva puestos los guantes de plástico y dice:
- Extracción. Es más entretenido y más barato.
Me pongo de pié. Tengo puesto un estúpido babero verde de papel. El chico de las pupilas dilatadas me mira. No puede sonreír porque tiene la muela aislada (o sea que le han puesto una especie de plástico alrededor y no puedo ver otra cosa que no sea su diente cariado).
La joven practicante me lleva al patio para que pague la extracción. Son quince soles. Salvar el diente con una endodoncia costaría cincuenta soles más.
- Es más entretenido y más barato -repite.
- Sí, claro...
Planeo huir. Casi tengo un plan. Sin embargo, correr significaría despertarme del todo y no quiero que la joven practicante (aquella mujer de cabello negro, tan metida en lo suyo) se distraiga mirándome correr como una desquiciada por el pequeño patio de la clínica Universitaria donde trabaja. Además, no llevo sostén. Y debo parecer una horrible escritora en busca de algo con qué llenar su terrible existencia y su falta de imaginación ante todo.
Me toca pagar.
- Son quince soles -me dice alguien al otro lado del espejo.
- Aquí tiene.
Saca una especie de factura y lo sella.
- Ya podemos ir.
Miro con tristeza a la joven practicante. Lleva un lapicero amarillo colgado del cuello. Le digo que no quiero que me saque la muela. Ella dice que entiende mi pena.
Volvemos a la Sala 4 y me hecho como todos los demás a esperar a que los practicantes de odontología hagan su trabajo. El profesor encargado de la Sala 4 es un señor guapo de cabello blanco. Le da unas cuantas indicaciones a la joven practicante y ambos me miran.
Milagros dice que tiene unas ganas horribles de besarme. Lo dice así:
- Tengo una ganas horribles de besarte...
Vamos rumbo a Miraflores por la avenida Benavides. Creo que su casa queda en una esquina. El taxista tiene la radio prendida y suena algo que no escucho bien porque Milagros se me ha acercado tanto que casi puedo sentir el calor de su cuerpo junto al mío. Me pide que lea un poema que ella escrito (y es extraño que Milagros me pida algo así) y yo leo palabras como: vagina, ganglio, cuello uterino, clítoris. Etcétera.
Entonces decido seguirle el juego.
Le digo que el poema está excelente y Milagros dice en seguida que habla de su propia masturbación. Quiere que no piense mal, que ella nunca se ha interesado por alguna chica (una mano ha rozado mi pierna derecha) y la escena se vuelve extraña. El taxista mira la calle sin interesarse por nada, y Milagros se acerca un poco más.
Dice que no ha estudiado nada. Que el examen de admisión le importa poco. Que le gusta mi perfume. También habla de un chico, Marcel, que según ella es un completo idiota. Y yo me río.
Finalmente, Milagros dice:
- Tengo unas ganas horribles de besarte...
Y yo la beso.
X. Gustavo + Hilacha
- ¡Gustavo Petrovich!
Intentaba engullir esa empanada.
Me incomodé. Moví mi cabeza aproximadamente 90 grados.
- ¡Qué pasa!
- ¡Vamos! -masculló la Hilacha, apurando el paso, con una sonrisa en la cara que era una esvástica.
Mis padres no cocinaban entonces. Tampoco lo harían hasta años después. En esa época todavía debía estar aquella cocinera que preparaba empanadas y ensaladas dulces, y ambas cosas las guardaba en sendos recipientes que luego mi mamá calentaba en el horno microondas y envolvía en una especie de papel marrón cada mañana antes de salir a clases.
Mi lonchera roja tenía en la parte superior figuritas de colores fosforescentes, de personajes de la época, y de seguro en aquellas figuritas también habían imágenes obscenas, de ésas que circularon por los colegios particulares de la capital (Garbage Pails Kids) y yo transpiraba, agitaba mi lonchera al sol, cosa que me hacía achinar un tanto los ojos al hablar:
- Qué es lo que quieres.
La Hilacha sonrió. Luego hizo un gesto, un ademán extraño con la punta de su zapato negro. Y dijo:
- Nada. Sólo acompáñame a comer.
La Hilacha consumía un paquete de galletas diariamente. Era flaco y se juntaba conmigo los últimos años que transcurrieron en aquella época que algunos reconocen como primaria. Yo solo recuerdo que después de eso empezó a escuchar grupos como Luezemia y rock del Agustino y el resto es historia.
- Oye, Gustavo. Véndeme tu empanada, pes...
- No. Hilacha, no corre...
Por lo general me salía una voz demasiado aguda, medio gangosa, que no me gustaba, era como de mujer.
- Ya pues, no seas gay.
- Tengo hambre.
Abrí mi lonchera roja y continué comiendo.
Los demás seguían en el salón de clases, o almorzaban en el comedor del colegio. Las chicas que aguardaban afuera, en el jardín, comían aún sentadas en pequeños grupos dispersos en varias de las banquitas junto a la enorme canchita de césped. Otros muchachos (no como la Hilacha o yo) tanteaban los primeros pases de fútbol en la cancha de cemento fría: corrían, le daban grandes mordiscos a sus hamburguesas y panes de jamón y queso...
Pero mi empanada tenía algo especial (además de limón y pasas dulces) y la Hilacha, que en realidad se llamaba José, lo sabía, y mostraba un tanto los dientes delanteros al hablar.
Miré mi uniforme raído, y mi camisa marrón que ya lamentaba las horas transcurridas durante el día.
Entonces él (la Hilacha) me miró.
- ¡Ya pues! -se abalanzó sobre mí de pronto- ¡qué es lo que quieres que te de por lo que te queda!
- Dame dinero -le dije.
La Hilacha enmudeció.
- Pero si sabes que no tengo...
Y luego, después de unos minutos:
- Toma. -Alcanzándome una pequeña cajita rectangular de metal.- Allí hay diez cigarrillos mentolados.
Era una cajita de lata pintada con una especie de tinta negra, donde estaban pegados todo tipo de figuritas extrañas (figuritas sobretodo asquerosas, oscuras, que ya nadie tenía).
- Bueno, supongo que podría ser.
De regreso, aún no había tocado el timbre, caminamos a tientas por un estrecho canal junto al jardín y un muro. La Hilacha, después de comer, dijo satisfecho:
- Bueno... Hay que fumar un poco... ¿no crees?
A lo que yo dije:
- Sí. Podría ser... podría ser -Y luego (sin dejar de mirar la latita) agregué- Fumar quita el hambre ¿verdad?
A lo que la Hilacha respondió:
- Sí, claro que sí. A mí me encantan los cigarrillos mentolados... -Y luego, añadió- Aunque creo que si fumamos muchos cigarrillos mentolados, podríamos quedar estériles...
Prendimos un par. Luego vi cómo la coordinadora de primaria se acercaba ante nosotros furiosa. Estaríamos, calculo, en quinto año de primaria.
Una tarde se noviembre, particularmente fría, llegaron a mis oídos los rumores de que gente como el Muerto, Careloco y el gordo Manuel pasarían la tarde del viernes bebiendo y fumando como unos degenerados, cerca a un parque en la zona colindante con Monterrico.
A mí particularmente no me interesó el dato, continué mi camino a casa atravesando cuadras desoladas sin la total inspiración necesaria. Con el tiempo, dichas reuniones al atardecer se fueron expandiendo (o eso creo) sin que nadie se diera cuenta de nada. Por lo que pasamos a ser de un día a otro una promoción floja, todos pasados de vueltas y de muy escasa memoria, producto de millones de neuronas quemadas.
La cosa es que dicha tarde (yo estaría en 4to año de secundaria, más o menos) caminé hasta mi casa atravesando la avenida Primavera con mi mochila verde en una mano y mirando con dureza el cielo amarillo y cansado de las dos de la tarde, casi con el sudor de mi piel en los labios. A mi izquierda pude ver una pequeña mancha amorfa de gente desvinculada con todo lo demás: uniformados. Escolares. Inconscientemente me quedé quieto, creo que esperando luz roja o algo por el estilo. Escuché a Cynthia y a Melisa reír.
- ¡Hey!
Aminoré la marcha de mis ideas.
- Chicas ¿cómo están?
- Bien, ¿y tú?
- Excelente.
Volví a contemplarlos. La masa amorfa era extraña: millones de parásitos intestinales, todos amistosos, bulliciosos, casi dulces. Partían las nueces en las caras a quienes veían pasar, y por lo pronto fumaban. Llevaban miles de cigarrillos en las manos.
- ¿Vas a ir?
- ¿A dónde?
- Pues al parque, a beber... -exclamó una de ellas.
Yo me reí. No disimulé. Detestaba aquella gente.
- Así que van a beber...
Ambas asintieron.
- ¿Y qué es lo que van a beber?
- Bueno. Pues no lo sé.
Melisa me miró atenta, llevaba ambos ojos clavados en mí. Pensé que los demás llegarían y se acabarían el ron antes de que Cynthia y Melisa decidieran apurar el paso.
- ¿No vas a ir?
Miré el asfalto gris. El tumulto de personas a mi alrededor. El bullicio de los automóviles y de los celulares sonando y sonando y asonando a todo dar. Negué con la cabeza porque, francamente, con ellos yo no podía, no lo lograría...
- No, ni hablar.
Cynthia y Melisa levantaron un tanto los hombros y se fueron. Yo continué mi camino a casa y atravesé el parque a tientas, pensando en que no había nada bueno qué comer, hasta la noche, y pensando en que quizá tampoco encontraría nada bueno qué comer años después.
Una vez en mi casa, dejé todas mis cosas a un lado y me metí a la ducha donde soporté el agua helada durante unos instantes graduándola de tanto en tanto para hacerme más entretenido el viaje. Afuera, abrí la ventana de mi habitación de par en par, debido a que ya se había hecho tarde y el crepúsculo estaba en todo su esplendor. No faltaban más que dos semanas para acabar con el año escolar. Y me dediqué a adelantar con rapidez el trabajo del profesor Aguilar acerca de aquella novela de Truman Capote llamada “A sangre fría”.
Se hizo de noche.
A las siete bajé a comer algo. Luego salí a la calle disparado como si me asfixiara allí dentro. Chacarilla me prestó sus bancas de parque para prender y juguetear un tanto con los cigarrillos que traía conmigo, luego me puse a escuchar por mi Walkman negro canciones de Fito Páez como “Dar es dar” y “Al lado del camino”.
Una voz gangosa y maltratada por el trayecto susurró:
- ¡Hey! Túú...
Después de un día nublado, escondido entre los escombros, acurrucado en aproximadamente dos metros de rosas espinosas, encontré a la Hilacha.
Apenas lo vi me hice a un lado, recuerdo que grité:
- Puta madre...
- Omf -susurró.
La Hilacha me abrasó como quien se sostiene de un andamiaje de metal.
Luego me di cuenta de que había vomitado. Le dije que tomara un taxi. En definitiva, nadie quiere embarrase la ropa con vómito color naranja, y lo que la Hilacha tenía embadurnado en toda su ropa era vómito rojizo y por momentos de color naranja. Era un espectáculo desagradable.
- Eso te pasa por ebrio -le dije.
La Hilacha volvió a tumbarse sobre la grama boca abajo. Luego se revolcó por la tierra un segundo y quedó idiotizado mirando el cielo completamente negro y sin estrellas.
- Todo me da vueltas -dijo por fin.
En mi casa le di para que se cambiara de polo, le di un par de medias, una taza de café, y le presté el baño. Se cambió el uniforme y después me miró un poco extrañado. Como si despertara de un sueño.
Yo le di un par de palmadas en la espalda, explicándole que todo andaba bien, que no se preocupara y que debería dejar de beber cosas así.
- Vamos, Hilacha, cambia esa cara.
- He estado peor -respondió, después de algunas pequeñas frases sin sentido
Luego agregó:
- Hay días que no recuerdo ni siquiera dónde estoy ni lo que hago...
- Eso no me parece -alegué, una vez en mi cocina-. Yo también suelo beber, pero jamás bebería ron o vodka, o lo que sea que hayas bebido con...
Me di cuenta de que la Hilacha estaba ofuscado. Al menos eso parecía. Su pelo estaba ligeramente largo y me di cuenta de que llevaba un par de moretones enormes.
- ¡Era Mirinda! -vociferó-. Lo que pasa es que me compré una botella de medio litro de Mirinda después de chupar. Eso es todo.
- OK. Me parece bien, entonces... -susurré.
Le dio un sorbo a su taza de café con leche. Luego le echó un poco más de azúcar encima con la cucharita de al lado.
Preguntó:
- ¿Tus papás?
Miré a mi alrededor confundido.
- Parece que no están.
La Hilacha asintió.
- ¿Y tu hermano...? ¿Cómo es que se llamaba?
- Parece que tampoco está.
La Hilacha se puso de pié. Dio un par de pasos hasta quedar a unos centímetros de mi cara. Balbuceó algo y movió un tanto su cabeza de arriba abajo.
- ¿Sabes lo que me pasó hace poco? -le pregunté.
La Hilacha se detuvo.
- No. ¿Qué cosa?
XI. En las Torres de Limatambo
Ella se peleó con su mamá una noche de verano de 1998. Era sábado y Miriam llegó a su casa con aquel chico, Iván (moreno, de pelo largo y tórax) llegó con aquel chico y lo metió a la cocina, se besaron, y no pasó un par de minutos sin que ambos, llevados por la excitación, se quitaran de a pocos la ropa.
Miriam le bajó primero la bragueta, le bajó el pantalón y se la empezó a chupar. Al rato, él le bajó el calzón (aprovechando que llevaba falda) y le lamió la vagina. Cuando por fin estuvo lo suficientemente mojada, él se la metió, y ella no pudo contener un pesado grito.
Malena se despertó. La oscuridad de la habitación la hizo temblar. Aquel grito la desconcertó un tanto pero a la vez la hizo desear dormir más. Un dolor en el pecho (parecido a una taquicardia, pero a la inversa) le oprimió el cerebro y la obligó a levantarse rápido de la cama (aletargada todavía por el Xanax) e intentar averiguar qué sucedía. La luz del televisor, que iluminaba su cama de dos plazas, la angustió todavía más. No le gustaba dormirse con la televisión prendida, sabía que la imagen era terrible. Miró su reloj digital. Los numeritos indicaban 3 y 40 respectivamente. Supo entonces que el grito de abajo no era otra cosa más que de placer (y reconocía la voz de su hija Miriam en cualquier circunstancia) esto la hizo levantarse inmediatamente de la cama. Las piernas le flaquearon un tanto, debido al aletargamiento del barbitúrico. Pronto, el aire desinhibido del Xanax la hizo también estar en la cocina. Conforme fue llegando allá, los gemidos y los golpes dejaron de ser tan solo una ilusión más en la cabeza de Malena.
Miriam había salido de casa a las nueve. Había ido a una reunión (o al menos eso le dijo a su madre) estuvo bebiendo alcohol, y drogándose. Luego, sin pensar en nada, había llevado a aquel chico a su casa. Malena había tomado pastillas y había visto el noticiero hasta quedarse dormida. Después había esperado a que llamase el señor Ramallo. Pero fue inútil. Miriam gemía en voz baja. De a ratos musitaba cosas, o se reía, y miraba somnolienta la luz amarilla contrastar con aquellos árboles enormes y frondosos. Las ventanas en la cocina abarcaban más de la mitad de la pared, el escenario estaba en penumbras. Continuaron tirando.
Malena esperó un par de minutos antes de tomar conciencia. Sus funciones motoras aún le tardaban considerablemente, tomando en cuenta todas las contraindicaciones. Prendió la luz de la sala. Miriam y su acompañante dejaron de tirar, asustados, se reincorporaron, se vistieron y simularon hacer cualquier extraña estupidez. Malena entró en la cocina. Con la luz prendida y en bata, Malena lucía acabada. Le faltaba el maquillaje, la buena ropa, la presencia de su esposo. Le faltaba juventud. No pudo decir nada. Iván tomó sus cosas y se fue. Miriam, notando lo tensa de la situación, disimuló con facilidad su estado.
Miriam no respondió nada. Se mantuvo callada. Tenía las pupilas dilatadas, transpiraba alcohol. Su calzón yacía en el suelo, su cabello estaba totalmente despeinado. No era que no quisiera ocultarlo, todo era muy obvio. La situación era muy tensa.
- Este no es un hotel.
El aletargamiento que te deja el Xaxan al hablar se hizo presente. Malena había tomado una pastilla y media, así estaba a punto de quedarse dormida. Miriam, en cambio, había inhalado cocaína y estaba tensa. La situación era muy tensa. Pronto ambas empezaron a maldecir y a intercambiarse insultos. El punto cumbre llegó cuando Miriam le sacó en cara el abandono de su padre y la reciente partida de su hermana Verónica. Malena la abofeteó.
Miriam la miró a los ojos. Fue un momento de dramatismo absoluto. Llegando incluso al llanto, Malena se mostró sorprendida por la abrupta recuperación de sus instintos sicomotores. Miriam recogió su calzón del suelo y se fue. Malena supo entonces que aquello no era un sueño.
Buscó a su profesor. Con él mantenía un romance. Era un tipo algo mayor, que vivía solo en uno de aquellos departamentos de las Torres de Limatambo. Era un tío adicto a una cosa llamada Ritalin. Había estado enganchado a la cocaína un tiempo y entonces se había ido a la selva. Regresó tomando pastillas. Según él, era más seguro y más barato. Y más entretenido. Y todo eso. Pero el tipo (llamado Victorio, o Vittorio, o algo por el estilo) le advirtió que no le permitiría demasiados excesos. Nada de reuniones sin su presencia. Nada de chicos. Miriam asintió con la cabeza antes de recoger sus cosas. Esperó un día y regresó a su casa, en San Borja, cerca al Pentagonito, donde hay montón de árboles grandes que parecen secuoyas, y hay un monumento en forma de monolito en memoria a las víctimas del terrorismo. Recogió sus cosas una tarde gris de domingo, en la que Miriam sabía que su madre no estaría. Recogió sus cosas y se fue. Malena se quedó entonces absolutamente sola. Se dio cuenta de que su hija no volvería una tarde cuando entró a su cuarto, revisó sus cosas, y se dio conque faltaba ropa en su armario.
Miriam se dedicó días de incomprensible expectación a conversar con el profesor que había conocido en aquella academia donde estudió meses y meses. Miriam nunca ingresó a aquella universidad del estado. Sin embargo, su profesor, y algunos alumnos de por ahí, se divertían mucho e iban de fiesta en fiesta. Este profesor, finalmente, heredó un extraño departamento en las Torres de Limatambo. Y fue allí donde Miriam vivió unos meses. Se podía fumar con mucha tranquilidad durante las mañanas. Al viejo no le gustaba la marihuana (no, desde que se fue a la selva) pero él no estaba, por lo general, durante las mañanas. Seguía dictando clases en aquella academia tan extraña. Miriam hacía las compras. A veces la iba a visitar Roxana. Ambas cocinaban algo (Roxana había estudiado también en aquella academia, y había tenido, también, algo con aquel profesor adicto al Ritalin) podían cocinarle, digamos, algo de macarrones con queso o, en el peor de los casos, huevo frito con lechuga y cebolla, y algo de arroz recalentado en el microondas. En pocas palabras, a Vittorio le venía mejor comerse algo en el restaurante de la esquina.
Fue entonces cuando, caminando de aquí para allá, entre micro y micro (creo que Miriam y Roxana regresaban de hacer unas diligencias en el centro de Lima, en el Averno o algún lugar de Barrios Altos) entre callejuela oscura y barrio marginal, conoció a Lili. Ella estaba sentada, con las piernas bien juntitas, mirando a unas monjas que se susurraban cosas al oído y cargaban cuadernos forrados de negro, con letritas blancas que rezaban: EL SANTO CATEQUISMO, o algo por el estilo. Fue cuando Miriam le habló. Y quizá, muchos meses después, en retrospectiva, ella se arrepentiría mucho de ello. Y con justa razón. Porque hablarle a Lili, llevarla a su casa, hacerle el amor, sin pensar ni siquiera en las posibles consecuencias de una mentira piadosa, fue mala idea. Miriam enamoró a Lili hasta el tuétano. Y quizá, dos años después, en retrospectiva, Miriam pensará que aquello no fue tan malo, que en el fondo, Lili era una persona más o menos especial.
El caso es que Roxana siempre le dijo a Miriam que Lili estaba loca. Que además no era bonita (pero a Miriam, en el estado en que se encontraba, ya no sabía diferenciar qué era bonito y qué no) y es que Lili no era bonita. Tenía una nariz grande, unos ojos saltones, y un cuerpo macetudo. Tenía, además, una personalidad lésbica tirada a lo macho. Un carácter fuerte, de pocos amigos, de hablar mucho con nadie y usar polos grandes y jeans sueltos, púas en las muñecas y púas alrededor del cuello. Y Roxana le decía: estás en un error Miriam, estás en un grave error.
Fue cuando una tarde caliente de enero, mientras Roxana le teñía el pelo a Miriam (ambas lucirían igual, tendrían el cabello corto, pintado de rojo) y mientras todo el departamento lucía por igual rojo, y ambas tenían enormes y gordos canutos de marihuana entre los dedos, llegó Amín, el mejor amigo de Roxana, que hacía malabares con ella. Y él trajo a su otro amigo gay. Y éste trajo a su boyfriend. Y entre todos compraron cerveza.
Entonces el departamento estaba teñido por una luz rojiza, luz de enero, luz de alguien que vive sola en el departamento de su profesor de academia, y fuma marihuana en su ausencia. Luz de: todos mis amigos gay y yo nos divertimos a expensas del viejo, e incluso me tiro a una chica que prácticamente no conozco y me tiño el cabello de rojo, o mejor dicho: mi mejor amiga me tiñe el cabello de rojo. Algo que, era muy cierto, en vista de que Roxana, de cabello corto y castaño, de ropa hippie y malabares, de vida moderna, libertinaje y exceso. Se reía. Se reía tanto esa mañana de enero de 1998 mientras le teñía el pelo a Miriam, en frente de Amín, y de todos esos chicos guapos, venidos a menos, con el mejor estilo electrónico gay de Lima. Fue cuando Lili llamó.
- Hola, Lili. ¿Como va todo?
Le dijo que no viniera: no, Lili, no vengas, que las Torres de Limatambo están lejos de tu hogar, que en este momento estoy con unos amigos que no conoces y que quizá, probablemente, nunca conocerás.
Fue cuando Lili, luego del asombro inicial, reaccionó:
- Vamos, Miriam, ¿qué sucede?
Miriam movió su cabeza sentada en una silla, frente al espejo del baño. Tenía una toalla incaica alrededor del cuello y su pelo era una cosa húmeda, y tenía un montón de espuma blanca encima. Alrededor. La habitación se llenó de humo. El sol continuó asechando por la ventana de cortinas corridas. Deshizo en pedazos una caja de cereal olvidada encima de la nevera. Alguien la cogió y le dio un mordisco. Todos rieron.
- Miriam, ¿con quién estás?
Roxana le dijo al oído:
- Deja eso, Miriam. Vamos a tomarles fotos a nuestras vaginas.
Y eso hicieron.
Malena conversaba ávidamente con sus amigas, sentadas frente a una mesa al aire libre, con respectivas tazas de café sin terminar.
- Estuvo muy linda la reunión. Lástima que todas se hayan ido tan temprano.
Únicamente Alina bebía licor: bailys con hielo, y sonreía moviendo ambas manos, con el ritmo de latin jazz que salía del equipo que estaba adentro, en la sala.
- En serio. Estuvo muy bonito todo...
La mujer que ha hablado es rubia (tiene piel blanca y blusa) se detiene de repente y mira angustiada algún punto fuera del alcance visual de Malena. La casa parece vacía y sólo quedan unas pocas amigas.
XII. Marcel (reminiscencia)
Invierno de 1997. Hablaba con Milagros en aquella Academia tan horrible, un lunes cualquiera de un frío estremecedor. Ella era como un lunar en la clase, era una chica de verdad muy simpática de cuerpo delgado y una sonrisa enorme. No fumaba cigarrillos caros ni veía películas francesas todo el tiempo. Era más que otra cosa una chica muy simple y habladora, que conversó conmigo un par de veces antes de tomarme confianza. Luego me negué a dar el examen de admisión y (esto lo supe más tarde) ella ingresó en buen puesto. Su carrera era Medicina, siempre me habló de su vocación y yo le hablé de la mía. No sabía nada de literatura así que desde un principio estuvimos condenados a hablar de otra cosa. Luego, un martes sin teléfono de noviembre, angustiado de leer siempre lo mismo, la busqué a su casa por la noche. Nunca había hecho tal cosa, y sin embargo conocía un tanto el lugar. Su casa quedaba en una esquina de Miraflores y era un lugar muy bello, de ventanas grandes y un pórtico. Algunas luces iluminaban la entrada.
- Hola.
- ¿A quién busca?
- Busco a Milagros.
El papá de Milagros asintió.
- Claro, por supuesto.
Se fijó en la hora. El viejo parecía despistado y cojo. Llevaba, si mal no recuerdo, la ropa del trabajo y un periódico en la mano. No sonreía. Adentro, el ambiente era agradable, se respiraba otro tipo de aire y había un reloj viejo que podía ver desde la entrada. Todo lo demás era blanco y dorado.
- ¿No crees que es un poco tarde?
Yo estaba despeinado y sucio. Todavía me vestía como hippie.
- Son las nueve -balbuceé.
- Sí, ya lo sé. -El viejo me dio la espalda.- Espera aquí un momento.
Creo que entró, buscándola.
- ¡Oye, Marcel!
Supongo que yo era la última persona que ella esperaba ver.
- A los años.
Milagros me proporcionó un efusivo abrazo. Por un segundo creí no estar tan solo en el mundo.
- ¿Cómo estás? -Le pregunté.
- Bien, muy bien. ¿Y tú?
- Ahí. ¿Qué estabas haciendo?
- Estudiaba un rato.
Milagros se acomodó el pelo y sonrió. Me miró con un par de ojos soñadores.
- ¿Y qué te trae por aquí?
- Nada, sólo quería saber cómo estabas.
- Escuché que no diste el examen...
- Lo perdí.
- ¿Cómo que lo perdiste?
- Es que llegué tarde.
Milagros se sentó en una de las gradas. Esperó un par de minutos y luego rió.
- No te creo.
- Es cierto.
Milagros se mordió una uña. Habló un par de minutos de gente que conocíamos en común. Todos habían ingresado a la Universidad. La verdad, el examen de admisión no era un reto para mí. Finalmente le dije que me sentía muy solo.
- No sé qué hacer -le dije.
Milagros estiró sus brazos hacia el cielo infinito y las estrellas. Un poste de luz nos iluminaba con un extraño color blanco.
- Todos nos sentimos solos. Siempre.
Esa no era una respuesta.
- No sé. Milagros, tú no entiendes. Yo realmente estoy solo en el mundo.
Por una de las ventanas de su casa todavía podía ver el ambiente de allí adentro.
- Es una cena. Mi mamá y unas amigas suyas del colegio...
- Claro...
- ¿A qué te refieres con eso de que estás solo, Marcel?
- No sé. Estoy muy jodido y loco.
Milagros movió su cabeza de un lado a otro, dijo:
- No. No es verdad.
- ¡Es cierto!
- Nada más lo dices porque te gustaría que fuera verdad.
- ¡No!
- Claro que sí, Marcel. -Y en seguida, Milagros continuó.- A ti te gustaría ser como esos escritores a los que lees. Te gustaría estar demente e ir al psiquiatra. Te gustaría drogarte mucho hasta perder el sentido. Te gustaría estar, como tu dices, jodido y loco...
Me pregunté hasta qué punto Milagros me conocía de verdad.
- En ese caso, aún puedo intentarlo...
- ¿A qué te refieres?
- Milagros, yo te necesito.
Alguien debía recoger los pedazos rotos caídos del piso.
- No es cierto. Tú necesitarías a cualquiera que te haga sentir mejor.
Finalmente, el papá de Milagros se dio cuenta que me había quedado sentado en las gradas de la puerta de su casa sin hacer nada y me pidió que me fuera.
XII. Gustavo Petrovich
Marcel ha conseguido los demás discos de El Salmón en Quilca. Yo mismo lo he acompañado. Ambos discutimos la situación actual de Marc en el micro.
- ¿Qué dices?
- Que está ensimismado, catatónicamente indefenso...
Marcel miró por la ventana del micro. Sus ojos estaban rojos por la marihuana. No sonreía pero tenía una especie de mueca en la cara. Su bigote estaba crecido y su barba también. El cabello le llegaba a los hombros.
- ¿Cómo que ensimismado?
- Ya sabes -empieza a explicar Marcel-, está enganchado...
- ¿Enganchado a qué?
Marcel volvió a cabecear encima de su asiento. Junto a nosotros había un gringo muy raro que se bajó a la altura de la avenida Arequipa, en Lince. Procedí a sentarme en su lugar, junto a Marcel.
- Entonces, ¿crees que Marc actúe de manera sincera con nosotros?
Marcel sonrió, movió la cabeza de un lado a otro.
- Ya veremos qué pasa... -dijo.
Bajamos y caminamos por Quilca. Es un miércoles cualquiera y no hay dinero ni ganas de hacer nada. Caminamos por la pista y subimos hasta la altura de El Averno. De repente nos dan ganas de fumar y volvemos en dirección contraria. Nos metemos en la feria César Vallejo, donde venden gran variedad de libros usados y discos piratas. Hay puestos donde venden casetes y polos con nombres de grupos subterráneos y “anarcopunks” (había cierto misticismo en todo esto) y Marcel llevaba una camisa de franela a cuadros.
El puesto de La Mosca estaba cerrado. Decidimos dar una vuelta por la plaza Mayor y fumar.
- Marc siempre tan materialista...
- La invitó a ese restaurante...
- ...¿Alfresco?
- Sí...
Estábamos agazapados. La gente alrededor nuestro caminaba y hablaba por igual. Una señora muy gorda separó ambas cejas al vernos fumar, e hizo un:
- Ts, ts, ts...
Continuamos hablando:
- Entonces Marc la llevó a comer, pagó con su tarjeta, ya sabes...
- ¿Y después?
- Naa... Se la llevó a caminar por ahí.
- ¿A dónde?
- Al olivar.
Marcel y yo sonreímos.
- Qué romántico...
La señora desapareció confundida entre la multitud. Creo que había un montón de gente lavando la bandera o algo por el estilo. Creo que se respiraba un aire patriótico.
- Entonces Marc le dijo que no sabía besar bien, y le pidió a Lucciana que por favor le enseñara...
- ¡Ja, ja, ja, ja!
- ...y ella lo hizo.
Le di un toque al wiro entre mis manos y boté el humo al cielo carente de estrellas. Habían pintas por todos lados que rezaban cosas como “ABAJO LA DICTADURA”, “¡DEMOCRACIA!”. Lima era un hervidero, las cosas andaban algo inquietas... Pero nosotros fumábamos, y la gente alrededor ignoraba por completo nuestra existencia.
Volvimos a bajar por Quilca:
- Te digo que el huevón hizo que sucediera todo esto, lo complicó todo.
Marcel asiente. Levanta los hombros. Dice que ya no le importa nada, ni siquiera eso. Pero a mí sí me importa, y vuelvo a pensar en Lucciana una vez más.
Estamos en el puesto de La Mosca. La Mosca es una especie de ente. Pasa la mayor parte de su vida entre Galerías Brasil y Quilca surtiendo de música a algunos puestos especializados en cosas un poco difíciles de encontrar.
- Oye, men... -La Mosca saluda a Marcel con un apretón de manos.
En pocos minutos su puesto ya está abierto al público. No parece tener gran cantidad ni variedad de discos ni nada. Resulta extraño.
- Conseguí los casetes... -dice, por fin.
Y yo estoy cansado de esperar.
Marcel asiente y mira un par de discos de Piero y Charly García.
- Algo le pasa a tu perro... -le digo a La Mosca.
El perro de La Mosca yace sobre una manta marrón, algo hippie, sucia de barro y de polvo. Señalo sus patas traseras. La Mosca le propina un par de miserables patadas en la cabeza.
- ¡Vamos, Rilo, ya! ¡Levántate!
El perro lanza un suspiro.
Le entrega los casetes a Marcel. La cubierta de los casetes está dibujada con lápiz. Un intento vano de imitar la carátula de El salmón. Marcel le paga diez soles por los cinco casetes. La Mosca dice que en Polvos Azules venden el paquete con cinco discos, no sabe a cuánto. Dice que es una caja, y que en la caja hay un librito con las letras y algunas fotos donde a Calamaro se le ve cadavérico, oscuro, flaco, casi como un drogadicto... La Mosca sonríe. Dice que se pasó una noche escuchando y grabando el material. La Mosca volvió a sonreír. Está raro el álbum, dice. Un poco rarito está, y termina.
La Mosca dice que lo llamemos por si necesitamos algo de hierba. Yo no sabía que Marcel le comprara a La Mosca marihuana, pero parece que Marcel tampoco sabía que La Mosca vendiera. Yo le pregunto una vez que estamos afuera, cómo conoce a La Mosca. Y Marcel dice:
- Un amigo de la Universidad me lo presentó.
Y yo le pregunto que qué amigo de la Universidad es ése que le presentó a La Mosca.
- Un amigo que tú no conoces.
Le doy la espalda y examino los casetes. Marcel parece contento. Parece que ya no piensa más en Lucciana y puede descansar de todo esto por un rato.
Sonríe.
- Ahora sí debo ser el único sujeto en toda esta ciudad con el álbum completo de El salmón.
Le doy la razón.
- Sí. Tú y el tío ése de Polvos Azules...
Es domingo temprano. Me despierto agitado con el sonido del teléfono. Corro hacia él atravesando la sala de estar con la televisión prendida. Son las doce del mediodía. Contesto el teléfono. Es Walter.
- ¿Cómo te va Gustavo?
- Bien...
- Te he despertado... -Walter lanza una carcajada.
- Así parece.
Asomo mi cabeza por la ventana. Mi madre riega el jardín, sin zapatos, y escucho que Tomás está tocando guitarra en algún lado.
No sé por qué está prendido el televisor de la sala, y lo apago.
- ¿Viste lo que pasó anoche?
- ¿Por qué no apareciste?
Escucho la respiración nasal de Walter...
- ¿Viste lo que pasó anoche?
Veo una vez más a mi madre. Riega el jardín sin zapatos y me temo que se va a enfermar.
- ¿Lo de Montesinos, lo del vladivideo?
Walter lanza otra carcajada.
- Ya fue el chino, ¿no?
- Hace rato.
- ¿Y ustedes qué hicieron? -pregunta Walter.
- Estuvimos aquí, en mi casa.
- ¿Quienes?
- Marcel, Marc, yo... y creo que también estaban Dedo y El Men...
Escucho que Walter dice algo así como: esa gente...
- ¿Y qué pasó? -me pregunta- ¿qué pasó con Lucciana y Marcel y todo ese rollo...?
Me pregunto por qué Walter me dice estas cosas, justo ahora, cuando lo único que quiero es volver a mi cama y dormir, o llorar.
- No sé, creo que todo está bien...
Error: Marc había roto un cenicero valioso que estaba estúpidamente escondido debajo de una mesa, alguien había orinado encima de una bolsita incaica de Lucciana, la habían llenado de latas de cerveza y la habían botado a la basura sin titubear.
- ¿Y qué más? -pregunta Walter, entre risitas.
Marc y yo nos habíamos batido a golpes escuchando las primeras canciones del segundo disco de El salmón. Finalmente nos habíamos odiado después de poner sobre la mesa nuestra verdadera condición frente a ella.
- ¿Y qué más?
- No sé huevón, fue extraño.
Estábamos en la mesa, sentados, bebiendo, cuando Marc había dicho que yo era un maldito hijo de puta, no sé por qué (supongo que por haber intentado ligar con Lucciana) y yo le dije que el único hijo de puta era él, y empezó a sonar una canción larguísima y absurda (sin duda alguna, desquiciada) en algún momento del disco quinto, y todos empezamos a gritar: que era un puta, que Lucciana era un puta, y que nosotros éramos unos hijos de puta por estar así por ella.
- Asu...
- Eso todo lo que te has perdido, Walter.
Error: empezamos a llamar por teléfono a números de gente apellidada Eloy (sólo para gritarles ¡Eloy! ¡Eloy!) y a los pocos minutos nos devolvieron la llamada con amenazas de demanda, a eso de las tres de la mañana...
Antes de colgar, Walter me pregunta:
- ¿Y qué va a pasar ahora con Lucciana?
- Qué va a pasar... pues nada. Supongo que tarde o temprano desaparecerá...
Walter reniega, dice que no puede desaparecer antes de hacerla con ella.
- ¿Hacer qué con ella, Walter? -le pregunto.
Y Walter dice:
- Ya sabes, hombre.
Y yo cuelgo.
XIII. The lonely and saddest story of Lili and her little animals I
- Caminaré por la vereda pisando estos asquerosos animales -dijo Roxana.
- Okay, no demoro.
Roxana frunció el ceño de una manera espantosa. Aquella mañana de 1998 (ahora tan lejana) ese verano en que los edificios de Las Torres de Limatambo se alzaron como una tremenda manifestación asexuada, yo hablaba con Miriam por teléfono (quien, por entonces, aún se llamaba Miriam) y en realidad, ahora que lo pienso, Miriam fue el gran amor de mi vida... Aquella mañana (porque supongo que serían las diez o las once de la mañana...) de 1998, en la que paseamos nosotras por esos pasajes y esos recovecos incógnitos en busca de algo bueno qué comer, miraba a Roxana (tan triste, tan sola) caminar por un pasaje que se perdería tras una canchita de fútbol de cemento, en donde unos cuántos chicos de tez oscura y sin polo se dieron cuenta de ella y la miraron fijamente.
- Huevona... -le dije a Miriam por teléfono, notablemente alterada- Roxi está mal, no sé qué le pasa...
Traté de alcanzarla con la vista. Encima mío el sol me derretía las pestañas. Roxana se perdió, sumergida en aquel pasaje.
- ¿Qué le pasa, Lili...?
Me acurruqué un poco más en la cabina telefónica.
- Ya te dije que no sé...
El cielo de febrero era azul y transparente. De manera que era fácil imaginarnos en la playa o en alguna situación más agradable.
Hubo una pausa en ambos lados de la línea telefónica.
Inserté otra moneda. Me puse sentimental.
- Vamos, Miriam... necesito verte...
Miriam aflojó. Por lo general no le gustaba que yo vaya hasta su departamento, el cual compartía con su hermano (una docena de veces mayor y más lista que ella) en uno de esos edificios enormes de Las Torres de Limatambo que parecía una ciudad entera del mismo color: básicamente rojiza y anaranjada...
- Está bien. Espérenme allí. Espérenme nada más un par de minutos... -Arguyó Miriam.
Colgué el aparato y aminoré el paso conforme fui avanzando. Guardé en mi bolsillo un par de monedas. Desde Breña hasta Las Torres de Limatambo había, digamos, cierto espacio que ocupaba tiempo. Y yo, durante aquel verano, recuerdo que usé un par de pantalones tipo jean muy delgados y de colores chillones.
Busqué a Roxana a mi alrededor.
- ¿Dónde estabas?
- Aquí estaba, Lili... ¿dónde más?
Roxana llevaba un canuto prendido entre sus dedos. Me lo pasó después de fumar un buen rato, y en seguida le dije:
- Hace demasiado calor, ¿verdad?
Y ahora que lo pienso, debe haber sido una pregunta muy estúpida, porque Roxana me miró con una cara de demonio que pocas veces se la he visto impregnada.
- ¿Y tú qué crees?
Aquello me provocó mucha pena.
Le propiné un par de besos. Uno en la frente, otro en la mejilla. Se le veía con tantas ganas de largarse y de dejar todos sus problemas sembrados en la tierra, allí, tras una cancha de fútbol, en un inhóspito lugar en Las Torres de Limatambo. Me volví a apoyar en la pared, junto a ella, y seguí fumando.
- Lili, no sé qué hacer -susurró-. No tengo ideas...
- Así pasa, así pasa a veces... -Le aseguré.
Luego vi todos esos caracoles aplastados mientras Miriam se acercaba, en su pelo mojado aún se sentían las gotas de agua resbalar, y estaban todos esos asquerosos cadáveres esparcidos por la tierra, mientras Roxana aún tenía aquel varulo sostenido entre sus dedos, nos miraba mientras nosotras dos nos saludamos y nos dimos un par de besos calientes en las mejillas.
- ¿Qué sucede?
- Nada... -le dije, aunque en definitiva pasaba algo- Roxana y yo anoche estuvimos bebiendo... -y lo decía porque anoche habíamos estado juntas y, efectivamente, habíamos estado bebiendo-. Creo que hay algo que no nos quiere contar... -aseguré.
Luego de un suspiro, proseguí:
- En realidad no tengo ni idea de lo que pasa... -Y es que estaba demasiado preocupada pensando en Miriam y en lo hermosa que era, mientras ella se enfrentaba al sol una mañana de febrero después de un duchazo.- Bien, creo que eso es todo.
- Bueno... -dijo por fin Miriam.- ¿Qué hay, Roxi? -Finalizó.
Miriam era de contextura delgada y tal vez demasiado baja.
El sol de la mañana nos caía en la cara.
Roxana, que estaba dispersa (prácticamente en otro mundo) la miró un instante antes de darle una nueva pitada a su enorme varulo, y luego botó un montón de humo que se quedó flotando en el aire antes de desaparecer. Se ajustó el pantalón que llevaba puesto y en donde se encontraban también colores fosforescentes.
Roxana hacía malabares, llevaba consigo cosas...
- Estoy embarazada -dijo por fin.
En cambio, Miriam llevaba un bolso, y en este bolso había una serie de cosas. También llevaba un polo delgado que hacían resaltar sus senos y su pelo, que por lo general se le veía amarillo, o castaño, y lo tenía ahora negro debido a que estaba húmedo y amarrado en una media cola.
Y en ese instante ella me miró. Y yo deseé con todas mis fuerzas poder llevarla a una cama donde sacarle de a pocos la ropa.
- ¿Estás segura? -Le preguntó Miriam- ¿Estás completamente segura de ello?
Las tres permanecimos de pié, y miramos la canchita de fulbito despegar. Sujeté a Miriam por un segundo y apoyé mi cabeza en su hombro.
Roxana reaccionó incómoda.
- ¡Maldita sea! -Gritó.
El edificio en el que nos encontrábamos apoyadas era rojo, como casi todos los demás. Y encima nuestro cada ventana traía algo especial. Un color diferente o una cortina distinta. Persianas, o cualquier otra cosa. Y en una de ellas logré divisar alguna colección de muñecas Barbie e innumerables ositos de felpa. Logré divisar un Garfield color rojo que no me interesó para nada.
Yo era muy joven aún, y no me cuestioné el destino de Roxana.
- Vamos por unas cervezas -gritó.
- ¿Tú crees?
- Sí. Vamos...
Miriam y yo la abrazamos.
XIV. Viernes a la noche
Viernes a la noche.
- ¿Sabías que los caracoles pueden dormir hasta cinco años seguidos?
- Qué conveniente...
Parecía que todos lo sabían: de la casa de Marcel, del segundo piso, salía un humor extraño y una música endemoniada.
- ¿Qué te parece?
- Un habano.
Fumamos sin parar. Contemplamos un cielo decadente, cubierto de ramas de árboles teñidas por la luz amarilla de los postes de luz por la noche. Continuamos fumando.
Diciembre del 2000.
- Falta una semana para que termine clases, huevón, nunca más volveré a esa mierda.
- Gustavo, deberías estar emocionado.
Contemplé a Marcel en la oscuridad. Eché un vistazo por la ventana abierta. El guachimán de la esquina nos miraba desde su caseta, inmóvil. Serían casi las doce de la medianoche. Bebí un trago más de cerveza en lata que habíamos comprado en el supermercado. Seguía sonando El salmón por el viejo aparato de la sala.
- No estoy emocionado, huevón, me revienta mucho tener que soportar a todos esos hijos de puta...
Marcel lanza una carcajada. Ambos estamos atontados por toda la yerba y el alcohol. De repente miré fijamente a Marcel e imaginé que lo abrazaba.
- Eh -balbuceó- ¿dónde está Marc?
Vi que se metía a su propia habitación. A escondidas me encogí hasta abrir una papelina llena de una droga llamada Ketamina que había conseguido hacía poco con un sujeto llamado Juan Carlos, “el yonqui”, a quien Walter había conocido en un micro mientras leía “El almuerzo desnudo” sin interesarse por nada más en el mundo.
- Oye, qué haces.
Vi que Marcel se acercaba rápido. Inhalé un poco más de aquella droga blanca en el borde de la ventana. El guachimán de la esquina nos seguía mirando, atento. Algunas de las ramas que colgaban por encima de la ventana del segundo piso de la casa de Marcel se estremecieron con el viento. Intenté besar a Marcel pero se hizo un lado diciendo algo así como “qué demonios” y en seguida se enderezó.
Miré una vez más al guachimán de la esquina, ahora estaba de pié junto a su caseta. Seguía mirando la escena. Inhalé una vez más esa cosa. Marcel hizo lo mismo. Ahora los dos estábamos más adormecidos que antes. La sensación que te deja la ketamina es nula. Marcel dice en susurros que en una canción de Andrés Calamaro: “Comida China”, de su disco Alta suciedad (1997) menciona esta droga. Y por alguna razón yo ya no le creo nada, y no hago otra cosa que no sea escuchar un tema pesado del disco número cinco de El salmón que sólo habla de “sexo, droga y rock´n roll”. Me parece que suena bien y empiezo a seguir el ritmo de la canción con la cabeza.
- ¿Qué es de Marc? -le pregunto.
Marcel se encoge de hombros. Toma la papelina y se mete un poco más de esa cosa por la nariz.
- Duerme, no sé qué le pasa a ese huevón...
Error: todos sabíamos lo que le pasaba a Marc. Había amenazado a una cajera y luego le había dicho “puta” a una chica bonita que caminaba por el parque César Vallejo con una minifalda y un escote precioso. Todos nos reímos, e incluso yo también le dije “puta” a esa chica. Pero todos sabíamos que el comportamiento de Marc era particularmente corrosivo.
Bebimos más cerveza. Me senté cerca de Marcel y lo intenté abrazar. Marcel se hizo a un lado. Prendí lo que quedaba de aquel wiro enorme. Nada tenía sentido. Noté un fuerte vacío en mi estómago. Noté ganas de llorar. Me adormecí. Bebí más.
Sábado a la madrugada.
Salimos y tambaleamos, caminamos de a pocos hacia ninguna parte. En mi casa mis padres me esperan pero no me importa nada. Son como la una de la madrugada del sábado (viernes a la noche) y es muy temprano para mis amigos y para mí. Estacionamos nuestras aletargadas cabezas debajo de las copas de los árboles que empalidecieron a la lucha. Un avión a lo alto despeja nuestros cerebros por un microsegundo. Otra vez pasamos desapercibidos y sostenemos las últimas latas de cerveza amarga que nos quedan. Cuando salimos de la casa de Marcel el guachimán nos sigue mirando atentamente.
Marc le propina unas cuantas palmadas a Marcel en su espalda y sugiere un inmediato cambio a nuestro estilo de vida.
Marcel se lo toma con más calma y le dice a Marc:
- De qué tipo de cambio hablas...
Marc, ahora tranquilo y relajado por la marihuana, dice:
- Ya sabes... dejar la Universidad, conseguir trabajo, comprar un auto y tener muchas chicas...
Marcel parece que se ríe y yo prendo ese pedazo que wiro que tengo escondido en mi pantalón. Marcel se ve muy interesado en fumar algo de lo que tengo entre mis dedos...
- Gustavo, deberías estar feliz... todavía estás en el colegio, todavía te falta mucho por vivir...
Marc mira el cielo. Apenas se percata de que yo estoy fumando grita algo así como:
- ¡Ya deja de fumar esa mierda!
- Tu problema, Marc -le digo, después de fumar- es que estás loco. Eres un demente. Cuándo te darás cuenta de que no eres feliz, y que no serás feliz ni con un trabajo, ni con un auto, ni con muchas chicas...
Marcel calla. Fuma hasta lo último que queda de esa cosa. Un poste de luz proyecta un fuerte espectro amarillo a toda la escena. En el centro del parque hay un monumento de concreto y una especie de busto.
Nos mantenemos callados ante la ambigüedad de nuestra situación.
Alguien pregunta por Walter. Yo digo que no sé nada de él, pero que es probable que esté con Lucciana. Tanto Marc como Marcel lanzan maldiciones a la nada.
Busco en mi bolsillo algo. Me encuentro sentado en la vereda del parque que es como una especie de camino que no nos lleva a ningún lado (que no sea nuestra propia y malcriada existencia) y creo que estoy a los pies de Marcel y hago algo con sus zapatos. Marc continua bebiendo cerveza. Por momentos lanza indescifrables miradas a la fachada de su casa.
Saco un tajador de mi bolsillo, meto lo que queda que aquel pedazo de wiro y me pongo otra vez a fumar.
- ¿Qué carajo haces? -pregunta alguien.
- Fumo marihuana de mi propio tajador.
Me eché pálido sobre la vereda del parque. Me imaginé como un patético bulto en la oscuridad, cubierto por la luz amarilla de la noche. Mi cabeza fue a dar al pasto. De pronto Dedo y El Men y otro sujeto más estaban con nosotros, conversando. Yo imaginaba a todos mirándome tendido en medio del parque y fumando conmigo de mi propio tajador (el mismo que llevaba al colegio y me metía a la boca en clase) como una especie de comunión o ceremonia underground.
- ¿Qué es esto? -preguntó alguien animado.
- Es el tajador de Gustavo, fuma...
Finalmente Marc dice que es demasiado para él. No le gusta ni esa cosa verde que fumamos ni nada. Deja lo que le queda de cerveza y camina hacia su casa, angustiado.
- ¿Es un nuevo tipo de pipa?
- Es un tajador, huevón.
- No seas pastel...
XV. Navidad de 1998
Recuerdo aquella vez en mi casa en Punta Negra, aquella Navidad terrible de 1998 cuando coincidimos Porongo y yo en la misma cuadra donde estaba mi casa. Era un diciembre extraño que no quisiera haber vivido jamás. Durante la semana, Porongo y yo jugamos fútbol, conocimos a una chica rubia de extraños ojos celestes que insistió en que le consiguiéramos marihuana al por menor. Porongo me miró un minuto, animado, y luego le dijo:
- Perfecto, ¿cuánto quieres comprar?
- ¿Cuánto me pueden vender?
- Digamos que con diez soles alcanza para una buena...
Porongo y yo sudábamos. El atardecer era como un espectáculo terrible, el cielo se incendiaba encima nuestro. Habíamos estado jugando fútbol toda la tarde. Después de aquellas casas estaba el mar.
- ¿Entonces quedamos así?
Porongo y yo no nos conocíamos mucho en realidad. Estudiaba en mi mismo salón desde hacía un par de años pero no sabía nada acerca de él excepto que le había roto los dientes a alguien alguna vez.
El mismo 24 de diciembre a la noche Porongo y yo buscamos a aquella chica rubia de ojos tan extraños. Salió a recibirnos y le enseñamos el paquete. Todas las casas estaban iluminadas con adornitos Navideños. Vale decir que en aquella época conseguir Mango Light o una buena marihuana brillante era más fácil y más barato que ahora. La diferencia entre una de buena calidad y otra cualquiera variaba. Pero era más seguro que ahora, o era más difícil de conseguir. Supongo. Lo peor del caso es que oíamos irremediablemente aquella musiquita navideña tan horrible. Pero lo que quería esta chica era un poco de paz, o un solo canuto, y me dijo:
- Carlos Ernesto, lo que yo quería era fumar un poco, nada más. ¿Qué es lo que voy a hacer ahora con toda esta hierba?
Porongo dijo:
- Qué cagada. Feliz Navidad. -Y le dimos un moño, sus diez soles, un par de papeles de fumar y nos largamos.
- Caneto, vamos a fumarnos toda esta porquería.
- Vamos.
Subimos a lo que era una especie de andamio y nos sentamos a fumar y a contemplar el mar. Porongo armó con mucha maestría un varulo enorme y dijo que pasar Navidad en Punta Negra era de lo más entretenido. Tenías el mar, el sol, mucho Mango Light. Finalmente terminamos de fumar varios canutos, cuando Porongo me dijo que me llevara el paco nada más por cinco soles, que no quería conservarlo. Prácticamente me lo regaló. Luego llegué a casa a eso de las once y media. Al llegar la medianoche tragué como nunca antes había tragado en mi vida. Por un momento todos me dijeron que me tranquilizara, que yo nunca comía así. Y yo estaba con los ojos muy rojos y tenía un montón de Mango Light es mis bolsillos esperando salir.
- La comida no se va a ir, Caneto.
Mi prima Yesenia, de más o menos mi edad, sabía que yo estaba volado y se reía.
- Caneto, como que tu atuendo no es muy navideño que digamos ¿eh?
- No sé, me he pasado el día en la playa. No me molestes.
Continué tragando. Arrasé con el pavo, el arroz árabe y el puré de papas. La gente a mi alrededor (padres, parientes, primos) comían y conversaban por igual. También había algunas cuantas cervezas y regalos innecesarios.
- Ah pero igual... Caneto, hazme el favor.
- ¿Qué? ¿De qué me estás hablando?
Yesenia miró fijamente a Miriam y luego ambas rieron. Luego me di cuenta de que todo el mundo llevaba ropa de vestir encima (saco, pantalón, camisa) excepto yo.
- No me jodan. Es verano.
- Claro.
Miriam miró a Yesenia y en seguida Yesenia me miró a mí.
- Tu ropa de baño y tu aspecto son de la puta madre.
Aguardé unos minutos.
- ¿A qué te refieres?
Miriam, de unos dieciocho o diecinueve años, aplicó.
- Estás reventadazo, huevón.
- ¿Ah?
- Que estás todo fumado.
Fruncí el seño. Por un segundo dejé de comer.
- Shhh... Cállense.
Miriam y Yesenia volvieron a estallar de risa.
- ¿Qué es lo que quieren?
Miriam, no sé de dónde, había sacado tres copas llenas de Champagne. La verdad es que ambas eran las únicas primas con las que hablaba y me caían bien.
- Vamos, Caneto... Acepta que eres un fumón...
- Shhhh... Qué carajo les pasa.
Yesenia y Miriam, ambas mis primas, ambas con vestido veraniego hasta las rodillas (creo que de marca Quicksilver o Roxy, o puede ser que no tuvieran marca) se rieron un rato más y dijeron:
- Lánzanos un wiro, Caneto.
Yo me alarmé.
- ¿Qué? -Deje mi plato a un lado e intenté mirar con buena cara en dirección a la mesa donde se encontraban todos. Miré a mi alrededor. Finalmente me miré en un espejo. Tenía la cara resinosa, el pelo pegado a la cabeza y los ojos completamente rojos, como si hubiera reído durante media hora sin parar. Llevaba un polo blanco con las palabras Rip Curl en un extremo, una ropa de baño negra y unas sandalias. Caminé de la cocina al jardín y me senté en las gradas que me llevaban hasta la piscina que reflejaba extrañas formas luminosas a la pared colindante con los vecinos. Era producto de un reflector estratégicamente colocado en el extremo norte de la casa y la marihuana.
Yesenia, con un vestido floreado a la antigua, se sentó junto a mí.
- Qué pasó, Caneto.
- Nada. No quiero que la gente se de cuenta que estoy tan drogado.
Mi prima se quedó un segundo contemplando el reflejo de la piscina contra la pared. Habría, supongo, reflectores adentro del agua también. No había ningún contacto físico entre los dos pero con la hipersensibilidad de la marihuana sentía el delgado vestido de Yesenia rozar en contra mío.
Me levanté.
- Caneto.
Me puse en guardia.
- Qué sucede.
Yesenia miró a Miriam. Por un segundo me pregunté si ambas habrían acordado llevar vestidos similares. Yesenia y yo teníamos la mima edad pero pensábamos como chicos mucho mayores, podíamos conversar y reír con Miriam (unos tres o cuatro años mayor que nosotros) sin ningún problema.
Miriam me extendió una pipa.
A Miriam le brillaron los ojos cuando vio toda esa hierba que llevaba en mi ropa de baño negra.
- ¿Qué vas a hacer con todo esto? -Preguntó.
Yesenia estaba impresionada, creo que ella nunca había fumado o visto marihuana en su vida. Decidió probar.
- Parece que es buena, ¿verdad? -Miriam se llevó un enorme moño a su boca. Miró su textura, percibió el olor y dio su visto bueno- Sí, parece de la very very...
- Entonces qué, ¿fumamos? -Preguntó Yesenia.
- Of course my horse.
Miriam miró una vez más el moño que había cogido y lo deshizo en sus faldas en frente mío. Yesenia (que creo que quería ser como Miriam en aquella época) se dedicó a mirar con cuidado todo. El reflejo del agua de la piscina les caía en la cara. Adentro, podíamos ver todavía a nuestra familia charlando y comiendo. Parecían no pronunciar palabras, solo los veíamos comer, estar de pié y hacer cosas.
Miriam colocó casi todo el moño en la base de su pipa de metal. Cogió un encendedor amarillo y transparente, lo prendió y se puso a fumar. A mí me entró una fuerte paranoia hacia todo.
- No hagan el mínimo ruido, no respiren, no hagan nada.
Miriam terminó de fumar. Apretó sus ojos como pudo y en seguida tosió como una condenada. Yo pensé que si en este momento el señor Ramallo se daba cuenta de lo que estaba haciendo conmigo su hija menor la noche de Navidad, podía...
- ¿Qué te pasa? -me preguntó Miriam cuando le pasó la pipa encendida y llena de humo a Yesenia.
Miré a Miriam con los ojos muy tensos.
- ¡Ahorita vienen! ¡Puta madre!
Miriam prendió un cigarrillo.
- Despreocúpate, querido.
Yesenia tosió como una loca. Primero había fumado delicadamente, pero en seguida dio una pitada demasiado larga que la hizo toser más de la cuenta. Luego dijo que se le antojaba más. Yo fumé una nada. Miré a mi alrededor. En seguida me paré y me fui. Boté el humo a unos metros de distancia. La imagen de Miriam y Yesenia, ambas sentadas fumando de una pipa con el reflejo de la luz proveniente de la piscina era estremecedor la noche de Navidad de 1998. Busqué un cigarrillo en el fondo del bolsillo de mi ropa de baño, cogí un encendedor y me puse a fumar.
XVI. Melisa lo intentará explicar todo
Salgo con Michael. Nos divertimos mucho conversando, compartiendo ideas y todo eso. Viste una chompa roja con la que se le ve lindo y muy bien peinado. Me pregunto si me estoy perdiendo de algo que sucede a mi edad. No lo creo. Otra vez en mi casa, Michael se sienta en la mesa a conversar con mis padres un rato y luego ellos se marchan.
Michael y yo nos besamos. Llevo una falda discretamente larga, negra. Michael besa de una manera extraña. No sé si soy yo la que está distraída o si Michael de verdad besa muy mal. Me pregunto a cuánta gente he besado y no puedo jactarme de haber besado a muchos chicos. Sin cuestionarme más por nada me quedo callada. Michael es incapaz de tocarme un poco el trasero.
Intentaré explicarlo todo. Soy buena para eso. Michael es el prototipo del chico que he esperado siempre. Es dos años mayor que yo. Va a ser abogado. No es aburrido al momento de hablar. Es interesante y romántico. El mejor amigo de Michael es un chico igual de rubio que Michael, de contextura gruesa, siempre viste pantalones finos y camisas holgadas. Él y su amiga, una chica de pelo negro y anteojos de montura gruesa, son iguales a Michael: algo serios, un poco mayores que Michael, infinitamente mayores que yo. Salen a jugar frontón. Van a lugares donde la cerveza cuesta más de ocho soles la botella pequeña, y se dedican a conversar. La chica, que creo que se llama Paola, o algo por el estilo, es lesbiana. Dice que va a lugares como La Santa Sede a bailar. Alfredo, el amigo de Michael, no es gay. Estudió en la Agraria un par de años hasta que se cansó de eso y terminó animándose a estudiar derecho. A diferencia de Michael, ambos están interesados en la literatura y todo ese rollo, frecuentan un taller con un profesor de apellido judío no recuerdo en dónde.
Voy con mamá al médico. Estoy algo fastidiada con todo así que no hablamos mucho dentro del carro. Ella me dice que no tengo que preocuparme por nada y estaciona el carro a cuadra y media de la clínica. No me gusta el ambiente, ni me gusta el lugar donde mamá tiene que hacer cola y pagar. No me gusta la sala de espera.
Cuando es mi turno y me llaman, mamá entra conmigo a la habitación.
El médico tiene barba y una mirada que no dice nada. Usa anteojos gruesos y está muy despeinado. Su cabello se ve blanco y suave como la seda. Mamá dice:
- El motivo por el que venimos es que Melisa ya está en edad de controlar su periodo...
- ...entiendo.
No veo por qué tenemos que discutir de esto aquí. Me siento incómoda. Ya tengo dieciséis años...
- Melisa Gambini -balbucea el doctor- Melisa Gambini -repite...- es la primera vez que vienes a un ginecólogo, ¿verdad?
Demuestro cierto fastidio ante esa palabra.
- Muy bien, sígueme.
Cuando estoy de pié me pongo en guardia. Sabía lo que iba a pasar. Procuré traer algo cómodo. Caminamos hasta que nos ocultamos detrás de una especie de cortina que divide la habitación en dos. Había una especie de cama extraña que no entendí. Me sentía nerviosa.
- Quítate la ropa, por favor.
Lo miré asustado.
- Me avisas en cuanto estés lista...
No entendía.
Me dejó sola. Escuché que hablaba intensamente con mamá. Escuché que decía:
- Sé que es normal que se atrase de vez en cuándo, pero es necesario controlarlo todo, siempre...
Empecé a desvestirme. Me deshice de mi polo, mi sostén negro. Me quité el pantalón buzo que tenía puesto y mi calzón, aburrido, muy blanco. De pronto sentí frío.
En un par de minutos el médico atravesó la cortina de tela azul y pretendió no mirarme en lo absoluto. Mamá aguardaba callada. Me revisó los seños. Los palpó un poco. Yo juntaba mucho las piernas. Me parecía muy innecesario. Me sentía muy mal. Mi entrepierna estaba llena de pelos (en un acto quizá de extrema coquetería me había depilado un poco la parte superior, produciéndome más que nada escozor e incomodidad). El médico dijo algo así como que todo estaba en orden. No me pidió que me sentara en la silla, ni nada. No me revisó la vagina. Me pidió que me vistiera.
Cuando salgo de allí el médico le dice a mamá:
- Tiene que tomar las siguientes pastillas. Van a hacer que le venga su periodo en un máximo de dos días.
Aguarda un minuto, parece despistado cuando mamá le hace un montón de preguntas. En seguida se acomoda en su silla y dice:
- ¿Cuánto es que me dijo que tenía de retraso...?
Mamá parece desanimada.
- Seis meses.
El médico parece sorprendido. Entonces continúa.
- El caso es que si con las pastillas no le viene la menstruación a Melisa yo les recomendaría un inyectable... -El médico hace un ademán de ponerse de pié- Después, recomendaría las siguientes pastillas para que no se repita...
Le extiende un papel a mamá.
- Pero estas son pastillas anticonceptivas.
El médico sacude la cabeza de arriba a abajo. Mamá dice que de ninguna manera va a permitir que yo tome pastillas anticonceptivas. El médico (que parece fuertemente desanimado) le dice:
- Ningún problema...
Toma asiento y repite la faena, le extiende otro papel a mamá.
- No son anticonceptivas.
Antes de salir de allí me doy conque no he dicho ni una palabra, he estado desnuda y se ha hablado de mi vagina abiertamente.
Le pregunto a mamá que por qué no dejó en paz al médico y aceptó comprar las pastillas anticonceptivas.
- No estás en edad de tomar pastillas anticonceptivas.
Protesto. Le digo que pareció una loca diciendo todas esas cosas en el consultorio. Mamá no parece sorprendida con esto, de su mano cuelga una bolsita con las pastillas que me recetó el médico. Estoy muy irritada, y no soporto la idea de que el viejo se masturbe esta noche pensando en mí. Mamá explica, mientras caminamos al carro, que las pastillas anticonceptivas son hormonas (y por alguna razón esa palabra no me gusta) y que son una verdadera molestia: te cambian el humor, te ponen tensa, produce hipersensibilidad a la altura de los senos, pero te mejora el pelo.
Llegamos al carro. Mamá parece ignorar por completo mi mal humor.
Pienso en llamar a Michael. No le pienso contar nada de esto, y tampoco le pienso contar nada a papá. Me parece extraño. De alguna manera, papá y Michael se parecen. Y esta idea produce en mí una sensación de inconformidad hacia todo. Mamá prende la radio. Escucha noticias que a mí no me interesan. De repente noto en su cara una especie de sonrisa sincera que me parece desagradable. Y entonces se me viene a la cabeza una imagen agobiante: mamá y el médico son amantes, se besan a escondidas y se tocan. Tengo ganas de vomitar.
Mamá no me toma en serio. Piensa que soy una niña idiota. Pregunta qué tal me fue con Michael anoche y yo le digo que estuvo horrible y que odio a Michael. Mamá no luce sorprendida. Se dedica a manejar y a mantener aquella estúpida sonrisa en la cara mientras escucha las noticias por la radio y parece muy divertida con eso. Cuando llegamos a casa me doy cuenta de que es sábado y ha salido sol. Me ha venido la regla y no tengo toallas higiénicas en casa.
XVII. Marcel (era joven)
Era joven. Escuchaba Bob Dylan. Me emborrachaba rápido y me enamoraba igual. Luego vinieron días horribles en los que no pude dormir, y esto cambió mi rutina. Empecé a escuchar Nueva Ola por AM, y los lunes se volvieron sábados. Empecé a fumar cigarrillos más de la cuenta. Hasta que un día, en la Academia horrible donde me encontraba, me di conque me dolía terriblemente la espalda y pensé en mis adoloridos pulmones. Pobres pulmones. Pensé. Comprobé que ya no aguantaba tanto tiempo dentro del agua en la piscina de un amigo, y decidí dejar de fumar. Estaba en esas cuando Marc (mi amigo de la infancia, el de la piscina) me presentó un día soleado de verano a un viejo compañero suyo de su promoción. Se hacía llamar Billy, y este amigo suyo, Billy, me aconsejó fumar más hierba. Yo me reí y le dije:
- Claro. A mí me gustaría fumar ahora mismo un tronchito...
Así que salimos a pasear. Yo no fumaba mucha marihuana entonces, aunque escuchaba Bob Dylan y también escuchaba Lou Reed. Tenía el video completo de Woodstook en VHS que nadie tenía. Había conseguido en Quilca un casete pirata de Pet Sounds de los Beach Boys que es imposible de conseguir. Pensé en ello y le dije a Billy, muy serio:
- Rayos, dónde es que consigues moños tan buenos.
- Bueno... Ehhhermano... La ganya no se vende, tú sabes, es un regalo de Dios...
Marc y yo nos miramos.
- Entonces, me estás diciendo que tú mismo la cultivas...
Billy hizo una pausa, seguía fumando.
- Hermano... la ganya es un regalo de Dios.
- Sí, eso ya lo dijiste. Pero lo que te pregunté es dónde la consigues.
Billy le dio una fuerte pitada a su enorme varulo. Su cabeza estaba repleta de dreads y hablaba con pequeñas pausas. Era un tío realmente molesto.
- Uyy... bueno, qué más da. Les daré el número...
Así conseguidos el número de Pete, cara de chulo. Un dealer que realmente la movía y vendía marihuana a partir de diez dólares. También vendía una excelente cocaína a veinte soles el falso, y Billy nos prometió calidad. Al menos en cocaína. Solo nos dijo que tratáramos con cuidado al sujeto. Que a Pete, cara de chulo, le patinaba el coco. Andaba un poco trastornado desde que mataron a su hermano a golpes frente a la embajada de España. Era una cosa de locos.
Así que Marc y yo nos reímos y decidimos comprar una buena cantidad de esa hierba tan verde y dulce que nos había prometido Billy. Decidimos comprar por primera vez marihuana.
- Vamos, Marc. Apúrate.
Fue un día raro. Me desperté demasiado tarde y llevaba conmigo la misma ropa con la que había dormido. Recién empezaba a dormir en el segundo piso que arreglaron mis padres. Así que hacía prácticamente lo que quería. Recuerdo que yo les había dicho: “Es todo, me largo” y ellos dijeron: “Perfecto, vivirás arriba”. Creo que fue la vez que escuché tres veces seguidas “Like a Rolling Stone” y quise recorrer Estados Unidos como Jack Kerouac en los cuarentas.
- ¿Por qué te demoraste tanto?
Marc salió disparado. Vestía una ropa de baño vieja y un bibidí blanco.
- No sabía qué excusa darle a mi viejo.
Se empezó a morder una uña mientras caminábamos. Ya esperaba malas noticias de parte suya.
- ¿Y conseguiste el dinero?
Marc rebuscó en su billetera.
- No. Solo tengo diez soles.
- ¿Y ahora?
Dimos vueltas alrededor del parque César Vallejo.
- Vamos a casa nomás. Hace un calor de mierda.
- No. -Le dije- No quiero volver a casa y pensar que todo es igual.
Se me ocurrió una idea.
- ¡Esa gente!
- Qué hay Marcel.
Dedo y El Men me miraron desconcertados. Entonces aún eran casi unos niños.
- Ahí -dijo Marc- ¿qué planes?
- Nahh... Estábamos buscando algo qué hacer. -Dedo era sumamente flaco y su pelo era marrón y desordenado. Su cara era larga y graciosa. Vestía polos muy grandes y pantalones también muy grandes.- ¿Y ustedes, qué piensan hacer?
El Men se dedicaba más que otra cosa a fumar cigarrillos y a andar todo el tiempo metido en la capucha de su sudadera marrón.
- Bueno. Nosotros íbamos a comprar, ya sabes. Algo de marihuana...
A Dedo se le iluminaron los ojos.
- ¿En serio?
- Sí... es solo que no tenemos suficiente dinero.
Dedo miró a El Men. El Men siguió mordiendo su encendedor con la mirada perdida.
- Eh, ¡eh! ¿Y si yo pusiera lo que falta?
- Bueno, sería excelente.
- ¿Me darías mi parte?
- Claro que sí.
Creo que a Dedo le decían Dedo porque se tenía el dedo al culo...
- Bueno, bueno -dijo Dedo- pero yo no fumo mucho.
- Ni yo.
- Entonces vamos a mi casa. Ahí tengo dinero. ¿Cuánto es lo que falta?
- Un minuto -dijo El Men.
- ¿Qué? ¿Qué sucede?
El Men no llevaba consigo aquella sudadera marrón, pero cuando la llevaba se metía en su capucha y parecía ALF en aquel capítulo en el que se lo llevan a la NASA. Creo que era la primera vez que lo escuchaba hablar.
- Yo también voy a poner.
- ¿Qué? -Gritó Dedo- Yo no sabía que tú fumaras.
- Es igual. -Dijo El Men- ¿Cuánto tengo que poner?
- No lo sé -musité, mirando el parque.- ¿Cuánto es lo que va a poner cada uno?
Ambos me miraron desconcertados.
- Hagamos una cosa. Tenemos que reunir 35 soles. Marc pone 10, yo pondré 10. Entre ustedes dos, pongan 15. Tomando en cuenta llamadas y todo eso.
Dedo y El Men se miraron.
- Escucha -propuso Dedo haciendo un ademán extraño con sus manos y con todo su cuerpo.- Van a comprar 10 dólares, ¿no?
Marc y yo nos miramos.
- Así parece.
- Y si entre El Men y yo... hacemos... 10 más.
- ¿Qué, 10 dólares más?
Marc y yo nos miramos.
- Asu, ¿tanta hierba?
- ¿Tú qué dices, Men?
El Men se había vuelto a meter su encendedor anaranjado en la boca.
- Creo que me parece bien.
Entonces tomamos el dinero y caminamos en dirección a su casa.
Llegó el día en el que tuve que meterme a ese asqueroso edificio, donde supuestamente ingresaría a la Universidad. En el transcurso de los meses que habían pasado ese año sucedieron muchas cosas. Me metí con Lucía. La conocí un día de fiesta en casa de unos tíos (creo que Lucía es una especie de pariente lejana, o algo por el estilo, pero ella no lo sabe, y sus padres tampoco lo saben) y luego terminé con ella. También me enamoré de una chica hermosa que sacaba copias en los alrededores de la Universidad Ricardo Palma mientras yo imprimía lo que sería mi primer intento de novela. Tuve ganas de hablarle, pero no lo hice. Y en fin, no es nada importante y sería inútil hablar de ello.
Terminé de leer libros que me sirvieron como herramientas claves para escribir por primera vez una novela. Estaría ambientada en la década de los sesentas, en Estados Unidos. Y sería una especie de fantasía, de vivir en una época en la que me hubiera encantado vivir. Y empecé a vestirme como mis personajes y la gente empezó a mirarme extraño. Me volví vegetariano. Luego mis padres me enviaron a vivir arriba. Pensaron que estaba loco. Aproveché al máximo mi soledad para escribir a mano mientras ellos pensaban que yo estaba estudiando. Luego subirían la PC y sin decirle nada a nadie pasé en limpio aquellos capítulos.
Finalmente un día pasó lo que tenía que pasar, y me llevaron a aquel horroroso edificio que para mí sólo significaba otro gran pedazo de estableshment más, hecho concreto. Me llevaron en carro y me desearon mucha suerte en la puerta.
- ¿Qué parte de “yo no quiero ingresar a la Universidad” no entendieron?
- Suerte, mi amor.
Amaba a mi mamá, aún la amo, pero entonces pensaba que ella nunca me iba a entender, y como máximo signo de desprecio y venganza y rebeldía hacia todo me limité a largarme de aquel lugar para siempre sin interesarme por nada más en el mundo.
- ¿Qué pasó, Marcel?
Justo tenía que encontrarme con mi viejo en la entrada del pasaje donde quedaba mi casa.
- ¿Estuvo tan rápida la cosa?
- No estuvo nada, papá. -Le dije, muy serio.- Simplemente no lo di.
Fue la crisis más grande del mundo. Nunca vi a mis padres tan decepcionados conmigo. Como muestra de mi desinterés generalizado, subí y me dediqué a escribir todo lo que quedaba de aquel día de verano. A la mañana siguiente no me dirigieron la palabra.
Empecé a leer “Loca sabiduría, la historia de la generación Beat” que ellos mismos me habían comprado. Finalmente, después de leerlo en tiempo record, me convencí de que lo que había hecho era lo correcto. No iba a ser un universitario más, yo era un artista.
Pero artista es un término muy usado y muy manoseado por todos. Yo una vez conocí a un tío horroroso que tintaba cuadros horribles y decía que era un artista. También hay tíos locos que hacen adornos raros con plástico y dicen que es arte. Por mi parte, yo siempre he pensado que las dos formas más importantes de arte son la literatura y la música. Todo lo demás está muy por debajo de estas dos ciencias puras.
Por otro lado, yo siempre me he considerado un instrumento que solo sigue un camino predeterminado en la vida. Un instrumento de Dios. Y esto es ser un artista. Pero lo que yo necesitaba en ese momento no era otra cosa que un buen paco de excelente marihuana en mi haber. Así que llamamos a Pete, cara de chulo, desde un teléfono público, un tanto alejado de nuestras casas.
- Aló, ¿Pete? ¿Pete?
- ¿Quién habla?
- Un amigo.
La comunicación estaba terrible. Se oían chasquidos y una especie de interferencia local.
- ¿Un amigo?
- Así es.
- Yo no tengo amigos.
Dedo y Marc estaban muy impacientes, El Men prendía otro cigarrillo sentado al borde de la vereda.
- Rayos, sólo quiero comprarte dos pacos de diez.
- ¿Diez qué?
- Diez dólares, pues. Me dijeron que solo vendes en dólares.
- ¿Cómo te llamas?
- Marcel.
- ¿Dónde estás?
- Cerca al parque frente al colegio Santa María.
- ¿Cómo estás vestido?
- ¿Eh?
La máquina marcó un pito. Me apuré en meter otra moneda.
- ¿Qué como estoy vestido?
- Sí.
- Llevo un buzo, un polo blanco. Sandalias
- ¿Y qué más?
- Estoy con tres amigos. Uno lleva un bibidí y una ropa de baño, y también lleva sandalias.
- Okay, espérenme allí media hora. Frente al colegio Santa María.
- ¿Media hora?
- Sí... ¿20 no?
- Así es, 20.
- No demoro.
Colgué y nos dispusimos a esperar.
XVIII. Caneto utiliza a la gente
La verdad es que una vez le hablé a Gustavo Petrovich, él leía un libro que era de un autor ruso o algo por el estilo. La cuestión es que era fin de año y sería Cuarto de secundaria, porque ya no éramos tan inocentes entonces, no podíamos serlo. Nos habían dejado leer un libro acerca de un asesinato. Le hablé a Gustavo de eso, y él por entonces ya no era tan alto y habría engordado un poco. Vestía el uniforme convencional pero ese día llevaba un buzo, por lo que supongo que yo también llevaba uno, o quizá no, y sería viernes, aunque ya no estoy muy seguro de nada porque la memoria a veces falla.
Le pregunté:
- ¿Cómo estás, Gustavo? ¿Qué lees?
Y él me miró, aún lo recuerdo, con una cara de: ¿Y éste quién es? Pero afortunadamente, no lo tomó con una actitud de desprecio, y tampoco estuvo tan a la defensiva como me lo esperaba. Le propuse el trato. El sonrió y movió mucho la cabeza de arriba a abajo. Trato hecho, me dijo, pero el trabajo no te lo haré yo, te lo hará un amigo, estoy más que seguro de que él aceptará.
- Pero por qué.
Gustavo sonrió. Hizo un par de muecas, muy extrañas, y luego miró alrededor de sí. Frunció el ceño debido al sol (serían las últimas semanas de clases, cerca al verano) durante el mes de diciembre.
- Mi trabajo ya casi está listo. Entiende que necesito también mi propia nota. A parte la cosa es para dentro de una semana, y yo no tendría tiempo para hacer el mío. Un amigo sí.
Le dije que solo le pagaría veinte soles, que no era mucho dinero, que apelaba a él por “la amistad que nos ha mantenido unidos desde hace años”. Y yo no esperé a que Gustavo Petrovich hiciera otra cosa más que reírse tanto como yo. Entonces se dio cuenta de que mi humor negro se había estado retroalimentando sin ayuda de nadie desde hacía años, y le parecía bien. Entonces él me pareció a mí un gran tipo.
- Ven conmigo a la salida, él vive nada más a un par de cuadras.
Entonces le di la mano. Y después de eso me dieron ganas de prender un cigarrillo. Pero claro que eso no se podía mientras ambos nos ocultábamos detrás de las sombras, a mitad de la canchita de fútbol de secundaria, durante el segundo recreo. Gustavo se tapó la cara con un libro amarrillo, de letras estrambóticas, que rezaba “El almuerzo desnudo” e imaginé que estaría leyendo algo porno.
Después de clases la gente salía a la calle disparada. Rebusqué a Gustavo Petrovich de entre todas las caras y las cabelleras negras y amarillas y rojas, bajo el sol de las tres de la tarde del mes de diciembre.
No lo busqué demasiado y nos miramos las caras largo rato en la bodega, mientras compramos un par de cigarrillos y caminamos recto hasta la avenida Primavera, donde no repetimos la escena de aquella vez desde hacía más de un año, simplemente no nos habíamos visto las caras. Ambos estábamos más crecidos, ya éramos algo mayores. Nada era igual que antes, me emborrachaba. Y cuando nos detuvimos en el un grifo, no recuerdo para qué (creo que yo tenía que cambiar dinero) entré al Móbil Market y compré una cerveza para amenizar la cosa, y Gustavo pareció animado. Apenas salimos le di un buen sorbo a la lata.
- ¿Qué te parece?
- Excelente con el calor.
Y continuamos caminando.
- ¿Dónde vive tu amigo?
- Cerca a un parque.
- ¿Dónde?
- Vive cerca...
Pasé un poco a lo era la intriga. Tarareé una canción de Andrés Calamaro. Gustavo sonrió. Luego me preguntó:
- ¿Fumas marihuana?
A lo que yo le respondí:
- Claro que sí -y era cierto, aunque no del todo- ¿por qué?
- No sé -y lanzó una carcajada-, ¡ja, ja, ja, ja, ja! -y luego me miró fijamente-. No sé, como cantabas eso de fumar un porrito...
- Sí, claro que sí... -le dije, convencido.
Luego añadió:
- ¿Sabes?, mi amigo no tiene ni idea de que voy a ir a su casa, ni que le voy a dar esta chamba. Pero nosotros necesitábamos justo veinte soles para comprar, ya sabes...
Llegamos a otro parque que yo no había visto en mi vida: tenía una estructura enorme en el centro, una pileta que seguro no era ningún reto arquitectónico. A aquellas horas habían muchos niños jugando bajo el sol de primavera, y habían perros sin cadena que corrían libes y alguno que otro niño del colegio caminando por ahí. Calculé que esto estaba cerca a lo que era el parque frente a la exposición (que, dicho sea de paso, ya no existía más). Entonces Gustavo me llevó a lo que era un pasaje, que desembocaba en una calle extraña, que era donde vivía este tipo que entonces vestía de hippie y que llevaba unas patillas enormes. Gustavo tocó el timbre y esperamos largo rato, y aunque yo supuse que vivía solo ya no estaba muy seguro de nada. La cuestión es que vivía en un segundo piso prestado o alquilado o qué se yo, en una casa medio ordinaria sin muchos miramientos.
Apenas vio a Gustavo, esbozó una enorme sonrisa y nos dejó subir.
-¿Cómo estás, Gustavo?
- Bien, ahí... ahí...
- ¿Qué tal? -exclamé, saludando.
Patillas Enormes me miró sorprendido.
- El se llama Carlos Ernesto -Gustavo me presentó sin muchos preámbulos-. El nos va a conseguir el dinero que nos faltaba para la hierba... -dijo.
Patillas Enormes suspiró. Luego sonrió ensimismado y cogió un libro y luego lo dejó a un lado. Prendió lo que parecía ser un cigarrillo negro que luego pensé (durante un minuto) podría ser marihuana, pero que no parecía nada. Olía a canela.
- ¿Y cómo es eso? -dijo riéndose-, ¿a quién tenemos que matar?
- A nadie, a nadie... -exclamó Gustavo- pero sí tiene que ver con un asesinato.
Lo miré, risueño, y le sonreí.
Todo combinaba muy bien con el verano, en aquella época. Acababa Cuarto de secundaria, no era el fin del colegio pero parecía como si algo hubiera muerto.
- Tienes que leer “A sangre fría”... -concluyó.
Y después de un minuto, agregó:
- Tienes que hacer un trabajo acerca de ese libro, nada más.
Patillas Enormes me miró.
- OK. -dijo.
Ni siquiera preguntó en qué consistía el trabajo. Nada más me miró y lanzó una carcajada. Estábamos en lo que sería el comedor y la sala, lo que era a la vez, creo, la cocina, el depósito y la cama. Todos nos habíamos sentado en un colchón enorme en el piso y un montón de sábanas y ropa revuelta.
Patillas Enormes sirvió algo de té. Gustavo y él bebieron. Yo me dispuse a salir de allí lo antes posible. Averigüé dónde botar la lata de cerveza que había traído y si se le tenía que pagar todo por adelantado o después o cómo era el maldito asunto. De pronto me encontraba nervioso, como si me fueran a matar.
- Dame diez soles ahora, para no olvidarme del asunto. Y dame diez soles después, para no engañarte, y también para motivarme a mí mismo a hacerlo.
Y yo, tan inseguro de todo, le pregunté:
- ¿De verdad vas a hacer el trabajo? -Enmudecí-. Vamos... -y entonces miré fijamente a Gustavo-. Necesito pasar sí o sí...
- No te preocupes, amigo -dijo por fin Patillas Enormes- ya leí el libro, y sé bien de qué se trata.
Lo que me hizo sentir más aliviado. Sin embargo yo sabía que Patillas Enormes era un tipo muy pasado, y de lo peor. ¿Cuánto se puede confiar de un tipo que lleva un pañuelo rojo amarrado en la cabeza? Y ahora que lo he visto un par de veces, ya no es tan pasado como lo era en aquella época, hace tan solo unos años, lo que demuestra que el tiempo pasa para todos. Incluso para Patillas Enormes, que en aquella época era un hippie de lo peor. Después de salir a su casa, ambos tomaron la misma dirección que yo. Patillas Enormes vestía una camisa a cuadros y un pantalón blanco (medio teñido de rojo) y bajo la camisa llevaba un polo blanco y seguía con aquel pañuelo tan ridículo amarrado en la cabeza. Y yo los miraba a ambos como hipnotizado, mientras ellos hablaban de tantas cosas y discutían marihuaneramente de literatura, cuando llegamos al pasaje sucedió lo que tenía que suceder, Patillas Enormes sacó de un pomo fosforescente lo que parecía ser un canuto enorme.
A lo que yo dije:
- Vaya, ¿en serio piensan fumárselo...?
Patillas y Gustavo sonrieron y me miraron como si yo fuera un idiota.
- Claro. Vamos, Carlos Ernesto, fuma un poco.
Y bueno, yo siempre he sido lo suficientemente valiente para todo. Aún así, mientras caminábamos fumando, me pregunté cuántos años tendría Patillas Enromes, y me pregunté cuanto tiempo pasaría hasta que llegara la policía, porque estábamos sentados, y cuántos años se llevarían de diferencia ellos dos, y me pregunté por qué eran tan amigos, y por qué Patillas Enormes vivía solo, ¿por qué? ¿por qué?... Gustavo y su amigo hippie reían a carcajadas, mientras atardecía suavemente en Chacarilla, cerca al colegio. Una nube transparente obscurecía el cielo atravesando su raíz de esquina a esquina, bajo la sombra de un árbol nos detuvimos y ellos llamaron a la puerta. Ya habían apagado el varulo. Patillas Enormes tocó el timbre un par de veces, mientras Gustavo me explicaba por qué intentaban reunir treinta y seis soles, cuales eran las diferencias entre la Roja y la Buena Hierva de Lujo, me explicaba que la que acabábamos de fumar no era cualquier cosa, claro que no, era un Roja, pero no cualquier Roja, había sido una Buena Roja, que no era lo mismo a una Buena Hierva de Lujo...
Y entonces ellos me presentaron a un sujeto de mediana edad, de contextura cuadrada, que respondía al nombre de Marc, dependiendo un poco de su estado de ánimo y de la gravedad del asunto. Por lo que yo me quedé medio dormido mientras avanzaban las ideas polifónicamente, y mientras este tipo se sentaba encima de una de las gradas de su casa a esperar el anochecer, y mientras yo sigo tieso y contemplando una triste esencia desperdigada, oblicua, convexa y malformada, y resulta que este tercer tipo al que acabo de conocer (y que según parece ignora por completo mi existencia) cuenta un chiste, que consiste en este otro tipo, llamado Walter, o el papá de éste, quién necesita ver urgentemente a su hijo recién nacido (o sea, a Walter) y una enfermera le comunica que este niño no está entre los recién nacidos, y que tiene que subir al segundo piso, donde dice NIÑOS FEOS, cosa que el papá de Walter sube y no encuentra a su hijo por ningún lado, y una enfermera alarmada le dice que suba hasta el tercer piso, donde parece que dice NIÑOS AÚN MÁS FEOS, a lo que el papá de Walter, obviamente mortificado, al no encontrar a su hijo le dice a la enfermera “debe haber un error, no he encontrado a mi hijo”, así que el señor (quien al parecer, carece de buena fortuna) es mandado por la burocracia reinante en las clínicas del estado al cuarto piso, donde reza la inscripción NIÑOS HORRIBLES, y es cuando el papá de Walter piensa “¡Oh Dios mío!, pero ¿qué he hecho?” y al no encontrar a su hijo, furibundo tropieza con una monjita de la clínica, a quién le grita: “¡Quiero ver a mi hijo!” y la monjita le pregunta: “dígame señor, ¿cómo es que se llama su hijo?” y el papá de Walter, enloquecido, le grita: “¡Walter! ¡Mi hijo se llama Walter!” y la monjita dice “Ohhh, ya veo...” así que el papá de Walter es mandado al decimoséptimo piso, al techo húmedo entre la llovizna donde está inscrito: WALTER, EL NIÑO MÁS FEO DEL MUNDO...
XIX. The lonely and saddest story of Lili and her little animals II
En el local dentro de Las Torres de Limatambo (sucio, bullicioso) donde Roxana, Miriam y yo conversamos, ponen música que es Nueva Ola durante toda la tarde. Cerca de las seis, nosotras sostenemos con fuerza vasos de cerveza helada mientras alrededor nuestro hay viejos tíos de cabelleras hundidas y voces estereofónicas que por momentos hablan de Roxana y de Miriam como si fueran valiosas piezas de sexo (a pesar de su mal aspecto, y el sol, ¿o es precisamente por sus ojeras y por su piel blanca y resinosa?) y solo después de breves minutos de desconcierto e intoxicación, reconozco entre conversaciones absurdas la voz gangosa de César Hichicaua que sale del viejo aparato del tipo que en este instante atiende la mesa y se ríe.
Y yo, mientras tanto, les digo a Roxana y a Miriam que todo va bien, que de seguro son Los Doltons y que ciertamente estamos a salvo en un lugar como este.
- Pero qué lugar tan horrible -balbucea Roxana, mientras sorbe otra vez su vaso y nos mira.
Miriam se ríe, y después de eso me lanza una de aquellas miradas que me ponen la piel de gallina y tengo que cruzar las piernas y esperar.
Luego Roxana agrega:
- Tú no lo sabías, Lili -señalándome, con uno de los dedos que mantiene firmes mientras bebe su cerveza helada y fuma-. Pero yo tenía mucho frío, demasiado frío -eructa, despidiendo una bola de humo por su boca, y otra vez balbucea- y estaba con resaca... -se tambalea, hace un par de movimientos y después se cae- estaba terriblemente mal a eso de las cinco y media de la mañana -me dice-, la única maldita hora en todo el día donde los vientos huracanados del sur se cuelan hasta llegar a la ventana de tu segundo piso en Breña... -Miriam y yo nos miramos, aguardamos con los ojos muy abiertos, y después Roxana nos hace temblar- Pensé que habría un ventilador, ya sabes, en tu sala, o en tu cocina, o en el comedor de tu casa, en fin... en alguna parte, pero no, ¡no había nada! -Aguarda un segundo, y después continúa.- Me levanté del piso como pude, Dios, no era la primera vez que pasaba la noche fuera de casa, pero tenía esa sensación...
Hay un segundo de completo y absurdo silencio en el que todos en el local aguardan inmóviles. Miriam sonríe lo más que puede y se ríe. Yo coloco mi mano sobre uno de sus muslos. Roxana sujeta aquella papelina llena de cocaína y se la lleva al baño de prisa.
¿Estaría incómoda?
Le pregunté a Miriam si ella también tendría sexo con nosotras.
Miriam rió:
- Pero qué dices Lili -retirando mi mano-. Me estás jodiendo, ¿verdad?
Pensé un segundo en ello.
- No... -le dije- eres tú la que me está jodiendo...
Intenté darle un beso, pero eso no funcionó.
Pude sentir bien que algunos de los tíos volteaban a mirar la escena conmovidos. Podía ver ese brillo en los ojos castaños de Miriam. Me erguí.
Escabullí mis dedos dentro de su faldita veraniega.
- No llevas calzón... -murmuré- eres un perra...
Miriam sonrió enseñando sus dientes. Cruzó ambas piernas y esperó a que Roxana regresara por lo que quedaba de cerveza.
- El último sorbo siempre es el peor -increpé.
Entonces me puse a hablarles de sexo, y les recordé aquella vez cuando estábamos viendo películas mientras caían bombas en Sarajevo. Ambas me miraron extrañadas. Roxana dijo en voz alta:
- Oye, Miriam, creo que tu amiguita se me está insinuando...
A lo que Miriam dijo:
- No me digas nada... yo ni siquiera llevo bragas.
No me gustaba la idea, pero estaba ebria hasta la médula, así que solo me digné a pensar en aquella palabra: bragas. Braguitas. Bragueta. Ansiaba comerme a Miriam. Definitivamente, ansiaba tocarla. Y mojar mi cara en su vagina peluda. Sí. Ansiaba sobretodo eso, lamerla. Lamerla toda. Y pensaba en ello mientras veía a Roxana (aquella chica de pequeña estatura, ojos verdes y azules, y pelo pintado de rojo) pagar algunas de las cervezas y tambalearse ante la estupefacción y la cara de todos aquellos tipos atónitos y viejos borrachos de las Torres de Limatambo durante el oscurecer. Y me sentía en la más mínima expresión. Obsesionada. Me daba asco a mí misma, mientras caminábamos entre aquellos edificios altos por la noche, y mientras Roxana (fuera de sí, completamente fuera de sí) prendía un cigarrillo tras otro. Y los encadenaba. Y por momentos prendía gordos canutos llenos de marihuana riposa que todas fumábamos porque estábamos ebrias, cansadas del sol de febrero, del calor del verano de 1998, del Fenómeno de el Niño y todo ese rollo. Porque ella (Roxana) iba a ser madre. Y había decidido no abortar. Y encima, había logrado mantenerse en pié todo este tiempo, sin tropezarse ni una sola vez en el camino, en la vereda de las Torres de Limatambo. Roxana era fuerte, decidida. Roxana se aventuraba.
Pero yo no.
Yo estaba enamorada de Miriam (¿o eso nunca sucedió?) pensando en ella cada minuto del día. Imaginando que íbamos a ser felices. Que viviríamos en aquella estúpida casa de campo, fuera de los dominios de las Torres de Limatambo al anochecer. Y ella sería poeta (o lo que quisiera ser) y yo sería socialista, o feminista, o trabajaría en una ONG dedicada a cosas importantes, como la familia peruana, o los derechos del ama de casa, antes de usar una prótesis al momento de hacer el amor con ella.
Roxana nos hizo una de aquellas bromas extrañas.
- Hay que tomarle fotos a nuestras vaginas peludas. Vamos, ¿qué dicen?...
- ¿Ustedes creen que alguno de estos tíos quiera tomarle fotos a nuestras peludas vaginas?
- No lo sé, ¿están muy peludas?
- Pero qué dicen -agregó Roxana, luego de un prolongado silencio.
- Habría que preguntarles -sugerí.
Nos ocultamos debajo de unas escaleras y el humo.
- ¡Eh! ¡Miriam! ¡Vamos!
- ¿Qué? ¿A dónde?
- Mmm, vamos a mi casa.
- ¡A tú casa! ¡Qué!
- Sí, vamos... Breña no está muy lejos.
Miriam rió:
- Estás loca.
Esperé un par de minutos. Todo me daba vueltas.
- Roxana, ¡vamos! -grité.
- ¿A dónde, Lili? -respondió, minutos más tarde.
- A mi casa, vamos...
Hubo unos segundos congelados donde ambas, Miriam y yo, desesperadamente nos tomamos de la mano. Nos miramos.
- Y en tu casa... en Breña... ¿hay algo?
- ¿Algo como qué? ¿De beber?
- Sí... Lili, ¿hay algo de beber?
Miré a Miriam. Ella me apretó la mano. Me apoyé contra la pared rojiza de uno de los edificios urbanos dentro las Torres de Limatambo. De pronto pensé en eso y le dije:
- Sí, definitivamente quedará algo de vodka de anoche, estoy casi segura.
Roxana estaba sentada en la vereda a los pies de un edificio. La gente que pasaba por ahí nos miraba. Roxana se encontraba agazapada, cubierta por la oscuridad de la noche.
Miriam me miró.
Yo lancé varias miradas al cielo elevado, cubierto de estrellas apenas visibles durante el día. De pronto, de alguno de aquellos departamentos salía música de moda. Miriam sonrió y yo hice lo mismo. Mentalmente nos pusimos a bailar.
Le susurré al oído:
- Vamos.
Miriam negó con la cabeza.
- No. No tengo ganas, Lili.
- Eh... ¿por qué no?
- No lo sé.
Miré a mi alrededor.
- Confía en mí. Vamos.
No me miraba a los ojos, Miriam tenía la cabeza gacha y no me miraba.
- Simplemente no tengo ganas.
La tensión subió de mis rodillas a mi cerebro, repleto de cocaína. Mis hormonas oscilaban. De pronto me encontraba frustrada.
- Lili, estoy ebria... -aseguró.
Movía su cabeza a ambos lados tratando de alcanzar algo de lucidez. De pronto estaba llorando. Gemía amargamente. Y Roxana también lloraba (o podía ser que llorara desde hacía días) y yo saqué de mi bolsillo un cigarrillo arrugado y me puse a fumar.
- Pero qué les pasa, chicas, por Dios.
Después de varios minutos (en los cuales escupí, sentí rabia, y lloré) Roxana balbuceó con la voz entrecortada:
- No soporto más esto -sacudiendo fuertemente su cabeza-. Me voy a casa.
Miré a mi alrededor. Mi cerebro aplicó una enorme dosis de adrenalina que me devolvió parcialmente a la lucidez.
- ¿Dónde es que vives? -le pregunté, interesada en el taxi y en las posibilidades de que me jale.
- En Salamanca.
Roxana se puso de pié, tambaleante. Sacudió su pantalón viejo y desgastado. Había pasado como una hora. Miriam y Roxana se miraron largo rato. Luego se abrazaron.
Yo me encontraba allí circunstancialmente.
- Bueno, creo que yo mejor me voy.
Caminé un par de metros y esperé a que terminaran de hablar. Miriam y Roxana intercambiaban una serie de oraciones. Se abrazaban, se tomaban de las manos. Lloraban. Se volvieron a besar. En la frente, en las mejillas. Conque la cosa se puso extraña y yo me fui.
- ¡Lili!
- ¿Qué pasó?
Había salido ya de las Torres de Limatambo. Era medianoche.
- Te jalo por allí, ¿qué dices?
- Me parece bien.
- ¿Y tú? -Preguntó Roxana- ¿qué vas a hacer, Miriam?
- No sé, ¿qué hay?
Ambas me miraron.
- Miriam, ¿vas a seguir chupando? -le pregunté.
- Sí... Puede ser, puede ser.
Enmudecí.
- No te pareció suficiente.
- Bueno -balbuceó- es eso o quedarme aquí ¿verdad?
Roxana detuvo un taxi.
- Vengan, las dejaré botadas por ahí.
La situación de Roxana era jodida. Pero aún así, prendió un enorme y verde canuto en el taxi.
XX. Auto deportivo blanco
Era un auto deportivo blanco. Se estacionó en la esquina frente al parque y me hizo una seña, creo que apenas me vio me reconoció.
- Pete.
- ¿Cómo estás?
Le entregué los veinte dólares.
- Muy bien, hermano.
Pete, cara de chulo, me entregó dos bolsitas llenas de cocaína. Era mucha cocaína brillante. Había otro tipo, al que creo no vi o no me fijé bien pero que con seguridad llevaba el pelo rubio hasta los hombros, y estaba drogado.
- Pete, te has equivocado.
- ¿A qué te refieres?
Pete estaba muy apurado.
- Lo que yo te he comprado es marihuana no esta porquería.
Pete, cara de chulo, se ofuscó.
- Mira, huevón, esta no es una porquería de mierda, es la mejor coca de Lima imbésil.
El otro tío, el que cabeceaba, susurró:
- Ahhhhh...
Pete, cara de chulo, me metió en el deportivo blanco y aceleró la marcha. Casi no alcancé a hacerle seña alguna a mis amigos.
- ¿Y ahora?
- Mierda, ¿quieres marihuana? ¿En serio no quieres las bolsitas?... son de primera huevón.
Me sentí muy confundido.
- Yo lo único que quiero es fumar.
Abrí una de las bolsitas y caté la calidad del producto.
- ¿Qué tal?
- No siento mi lengua.
- Buena, ¿no?
El tío que cabeceaba se reía y repetía palabras como un loco.
- ¿Qué le pasa?
- Se ha metido un trip.
- Oh, ya veo.
- Mira, ¡huevón! Mira lo que hago por ti. -Pete, cara de chulo, gritó- Iré a casa de un amigo cerca a la avenida Aviación. Allí conseguiremos tu hierba, ¿okey?
- Sí, muy bien Pete.
- Hijo de puta. No me digas Pete. Dime tío.
- Okey, tío. -Y en seguida, al otro sujeto- Oye, hermano, cómo es que se siente estar en un trip.
- Piugishoy2isyh82yxknkkjapk{a.
- Ya veo.
Pasamos junto a una Pathfinder. Pete fumaba cigarrillo tras otro. En seguida cuadró en una esquina y se metió con un espejo y con una cañita un par de rayas. Bajó del deportivo blanco y me dijo que tuviera cuidado con el loco.
Tocó el timbre de una casa de rejas negras. Un par de señores de edad salieron. Negaron la presencia de alguien. Pete, que en realidad en ese momento tenía una cara de chulo terrible, se puso sus anteojos de sol y esperó detrás del auto. Los señores de edad abandonaron el lugar en un Ford de antaño. En seguida salió alguien de la casa. Estaba en pijama. Pete y él acordaron algo. El tipo se metió en la casa y Pete terminó de fumar su cigarrillo.
- ¿Qué pasó?
- Viene con el paco.
El tipo de la casa salió apurado con una bata encima. Se metió al carro y celebró el estado de su amigo, el chico del ácido. Luego me enseñó el paco.
- ¿Qué te parece?
- Hummm, se ve muy buena pero creo que por veinte dólares es poco.
El tipo de la bata rió.
- Le parece poco.
Todos rieron. Pasamos por un parque que nunca había visto en mi vida. El tipo de la hierba buena pero escasa prendió un enorme cigarro de marihuana. Todos fumamos. El parque donde estábamos había sido hacía poco, según contaron ellos, escenario de una emboscada brutal. Habían allanado y perseguido allí mismo al antiguo proveedor de hierba de la zona. Muchas camionetas Pathfinder y muchos polis sueltos. Muchas llamadas telefónicas por cobrar y muchos cableados por donde se escaparon voces. Terrible, pero era lo que más les convenía a ellos a la larga. Muy pronto no tuve duda de nada.
- ¿Y qué dices?
- Me la llevo.
- Excelente.
El tipo de la bata me dejó su número para el futuro. Se llamaba Gabriel. Bajó del carro con su pijama, sus sandalias y su bata. Se había guardado las bolsitas de cocaína en uno de sus bolsillos, inmediatamente se largó a su casa. A mí Pete, cara de chulo, me insultó mucho antes de bajar de su deportivo blanco por haberle ocasionado tantos problemas. Yo le dije:
- Vamos, Pete, mi intención no fue molestarte.
Pete, cara de chulo, lanzó gritos aún más fuertes desde la ventana de su deportivo color blanco. Me dijo púdrete chibolo huevón, hijo de puta, reconchetumadre, afeminado de mierda.
- Paz y amor -le indiqué con una seña.
- Y feliz Navidad ¡conchetumadre!
Subimos rápido las escaleras caracol hasta llegar a mi segundo piso en Chacarilla. Allí nos encerramos con llave y contemplamos de cerca la marihuana brillante que habíamos conseguido. Era una hierba excelente que nos daría grandes resultados.
Marc gritó:
- ¡Vamos a fumar!
Saqué un papel y me puse a trabajar en aquel troncho. Le exigí a Marc que pusiera el disco que Bob Dylan que estaba encima de la nevera, pero no me hizo caso. Puso radio y empezó a sonar “Flaca” de Andrés Calamaro. De inmediato recordé el video clip de esa canción en MTV.
- Vamos, cambia eso.
Deshacía los moños, los hacía pedazos. La hierba había venido envuelta en un papel aluminio y estaba tan pero tan fresca que se podía oler a kilómetros de distancia.
- Pero es la canción de moda... -arguyó Marc.
- Por eso mismo, cambia ya esa mierda.
Marc esperó a que terminara la canción. En realidad, todo hacía que me acordara de Charlotte. No podía esperar a fumar un poco y olvidarme para siempre de ella (como si la hierba fuera una especie de vino del olvido) saqué el papel de fumar e intenté armarlo. Fue inútil. Rompí el papel y el troncho se arruinó. Recordé una vez más el video de Calamaro de “Flaca” y aguanté las ganas de pararme y empezar a dar de tumbos por toda la habitación. Charlotte me había arruinado la vida: por su culpa me había rehusado a ingresar a la Universidad, y por su culpa estaba armando un wiro durante el verano, y por su culpa escribía una novela ambientada en los años sesentas...
Calamaro filmaba la ciudad de Buenos Aires desde su limosina. Leía un libro, fumaba cigarrillos, bebía mate. Yo acabé de armar el wiro. Marc, que todavía llevaba aquel bividí, su ropa de baño y sandalias, se acercó.
- ¿Y tus viejos?
- Ellos no se darán cuenta. Ni siquiera suben para saber cómo estoy.
- ¿Estás seguro?
- Dalo por hecho.
Prendí el canuto y en seguida prendí el incienso.
Andrés Calamaro llega a una bahía desolada y arroja una caja envuelta en papel de regalo.
- Sigues pensando en Charlotte, ¿verdad?
Succioné una vez más ese varulo. Moví mi cabeza de arriba a abajo. La canción terminó.
- Vamos, Marcel.
Le pasé el troncho. Me puse de pié. Marc dio un par de pitadas y me lo extendió de nuevo. Bob Dylan sonreía de manera distinta. Puse el disco Highway Revisited y localicé la canción “Queen Jane aproximately”.
- Vamos, Marcel, no todo es Bob Dylan en este mundo...
Sonreí a la fuerza, hice una mueca.
- Es cierto. También hay mucha cachimba y tecnocumbia.
Me dejé caer en el sillón rojo ubicado en medio de mi sala. Marc se rió. Me preguntó:
- ¿Te sientes bien?
Moví mi cabeza diciendo: no, no, no...
- Vamos Marcel, ya olvídala.
Seguí moviendo mi cabeza: no, no, no...
XXI. Diciembre 2000
5.32pm
Decido ir donde Lucciana pero luego no. Luego decido que en definitiva es lo mejor, y cuando me subo al micro que me llevará a donde ella vive con su madre durante las vacaciones, un edificio alto en el cruce de Velasco Astete con Benavides, me entra un pánico atroz y no puedo.
Es verano.
No puedo hacerlo. Las pistas están iluminadas con luz extraña, luz de diciembre. Luz propia de California. Terrible luz devoradora. Inmensa habilidad para molestarme injustamente si es que toco el timbre y nadie me contesta. Pero eso no sucede. Simplemente no lo intento. Triste, no es culpa mía. No es culpa de nadie. Y proceso pensamientos como: antes, que cuando ella vivía junto a mi casa, podía verla desnudarse poco a poco desde mi azotea sin que ella se diese cuenta (eso lo hacía a menudo, también hacía cosas peores) porque cuando Lucciana dormía a unos metros de mi casa, yo alcanzaba a mirar sus sueños proyectados en el techo de mi habitación.
Era difícil de explicar entonces, pero ahora, usando un poco de imaginación, es muy fácil. Me obsesioné con su imagen. Porque el mundo está lleno de imágenes ¿o me equivoco?. A unos metros de mí, la Feria Navideña del Trigal en sus últimos días luce alborotada. Hay un millón de personas allí. Siento un vacío estremecedor. Conque me canso de esperar, decido tomar un micro, y me voy.
Ya es tarde.
Pero en el micro no encuentro mi billetera y me bajo lo antes que puedo, frente a la Universidad Ricardo Palma. Y cruzo la pista y descanso en un parque antes de pensar qué hacer. Caminar. Camino largo. Insurrecto.
Mucha flojera.
Si Lucciana viviera cerca a mí este verano, también podría encontrármela caminando mientras va a clases por la tarde. Podría conocerla por segunda vez si supiera encontrármela de nuevo caminando por el parque con sus amigas. Yo nada más escuchaba a Sabina en mi walkman negro. Lucciana vestía una camisa blanca y una chompa negra, y una chalina crema y un jean oscuro con un cinturón también crema.
Encuentro mi billetera en un bolsillo que no sabía que existía en mi ropa de baño negra, que a veces incluso uso para dormir por la noche. Así que tomo un micro, y me voy.
Me siento en una banca una vez que he bajado del micro y camino un poco. Llego hasta allí y me siento y luego fumo (tengo algunos cigarrillos en una latita pintada de negro, con figuritas extrañas) y pienso de nuevo en que lo que me ha sucedido hasta ahora es estúpido, muy estúpido, y también pienso en Lucciana, que según parece no quiere saber nada más de mí (o de Marcel) o de alguno de nosotros por algún tiempo. Y mirando al cielo me pregunto si fue Walter quien la asustó, o si fue Marc, pero no me pregunto si fui yo, porque eso no puede ser. Y luego me cuestiono de la misma manera si es que Lucciana en algún momento supo que las cosas iban a ser así, o si lo había sospechado desde antes incluso de habernos conocido. Y aunque dudo que ella sospeche algo, estoy completamente seguro de que ahora hay suficiente distancia física y mental entre los dos. Al final, parado a unas cuantas cuadras de mi casa, mirando el asfalto y fumando un cigarrillo con tristeza, alguien me pregunta:
- ¿Qué haces?
Tomás estaba parado en frente mío con su mochila y su short largo color negro. Luego me mira a los ojos y me dice:
- ¿Estas fumado?
Trastabillé.
- ¿Qué sucede?
Tomás aguarda un segundo y me dice:
- ¿Qué estás haciendo?
Cuestiono si lo que quiere mi hermano es ser es sagaz.
- He estado parado aquí, pensando.
Le doy una calada más al cigarrillo entre mis dedos y Tomás voltea y mira a mi alrededor mientras lo carros avanzan en forma contradictoria, pendiente de mis ojos.
- ¿Y por qué estás así?
- ¿Cómo?
- Así, no lo sé.
- ¿Qué?
Tomás cambia de dirección su mirada y cierra la boca.
- Estoy triste -digo, pero es nada más por decir algo.
- ¿Y por qué estas así? -Pregunta mi hermano, unos minutos más tarde.
Me mantengo callado.
- Tengo dieciséis años -le digo-, tú también estarías triste si tuvieras dieciséis años.
- Sí. Tienes razón.
Y cuando la luz del semáforo cambia a roja, mi hermano Tomás y yo avanzamos y caminamos algunas cuantas cuadras sin decir una sola palabra hasta llegar a casa.
9.45pm
Hice algo de yoga, luego me tumbé en el piso aquella mañana en que me desperté rojo, irritado, con el pelo revuelto y la cara deshecha. Tenía dos ojeras pronunciadas que me dignaba a ocultar sujetando de la montura mis anteojos de sol negros durante el almuerzo. Y me desperté, aquella mañana de diciembre (mes negro, del 2000) a purificar mi espíritu con cuatro poses inútiles que había extraído de un diario local.
Di un salto del suelo a la profundidad de mi recámara. Le eché un ojo a la hora. Ya era mediodía. Afuera ni rastro de sol, o de cielo azul, o de verano. Nada de nada. Es diciembre.
¿Y ahora qué?
No quería quedarme en casa sin hacer nada.
Salí con mi familia a comer a un restaurante cerca. Evité tocar la ensalada. Más que otra cosa, comí papas fritas, y luego tomé un helado de máquina en el KFC o algo por el estilo. Caminamos un poco por el Centro Comercial y me mantengo sin decir una palabra.
Mi hermano pregunta:
- ¿Qué te pasa?
- Nada. -Le respondo.
- ¿Por qué esa cara?
Yo sabía que lo único que querían era hacerme hablar. Lo único que querían era escucharme maldecir una vez más. Solo una vez más. (Lo que en realidad me pasaba era que me dolía el cuerpo y en el fondo sentía que era demasiado pronto para empezar el verano. Un rayo de luz atravesó mi cerebro en ese instante).
- Oye... di algo pues.
- ¿Cómo qué cosa?
Tomás planteaba algo.
- Lo que sea.
Abrí mi bocota, solté un bramido:
- Lo que sea. -carraspeé.
Otra vez en mi habitación, oculto tras la luz transparente de mi computadora, escribo algo. A las nueve y media de la noche apago mi computadora y guardo mis archivos en disquetes. Es sábado a la noche. Estoy a punto de quedarme dormido en la cocina cuando suena el timbre.
Salgo a la calle a recibir a Walter, que me saluda y me dice cómo va todo.
- ¿Qué tal, Walter?
- Ahí pues, Gustavo.
- En fin, entra...
Subimos hasta mi habitación donde suena un concierto de Andrés Calamaro por todo el segundo piso. La luz que ilumina mi computadora y mi trabajo es muy tenue. Walter me pregunta si es que tengo algo para fumar a lo que yo le digo que no. Estoy en nada, le digo, pero tengo una par de cervezas abajo.
Lo que yo hago finalmente es tumbarme en mi cama mientras Walter lee con cierta tranquilidad fuera de este mundo aquella cosa que he escrito (un indescifrable cuento al que llamo “El enganche del caracol”) y yo tan solo escucho la voz gangosa de Andrés Calamaro cantando “Loco por ti” en la playa El silencio el año 1997, y la respiración de Walter debido a su prominente catarro suena algo como shhh shhh shhh mientras mueve el mouse sin llegar a concentrarse del todo.
Finalmente Walter dice que no tiende muy bien quién es Guilder Aguilar Peña y qué es lo que tiene que ver con el señor Ramallo, y por qué lo sigue a todos lados en aquel Toyota Célica del año 82, y después de eso se levanta y se pone de pié con un pedazo de wiro en la mano, diciendo:
- Vamos al jardín.
Y luego se ríe, algo así como jo, jo, jo... por toda mi habitación.
En mi jardín miramos la luna reflejada en la pileta cuya agua hemos olvidado de cambiar por años. La cañería es demasiado vieja y ya no circula suficiente líquido en ella, por lo que se ha llenado de distintas clases de musgo y algas verdes. Luce bien, si no se toma en cuenta que junto al patio, en la pared posterior, ha crecido una enredadera verde, mientras que el suelo es por igual de piedras negras y además alrededor nuestro hay algunas sábilas y algunas plantas y algunas flores...
Prendí lo que era una especie de poste de luz.
- ¿Qué es de Marcel?
- No sé...
Walter le da un par de caladas a su pequeño pedazo de wiro y en seguida se atora. El patio se llena por un instante de humo. Walter me pasa la hierva envuelta en pegajoso papel de fumar embadurnado con THC. Un par de pitadas.
- Puta mare, Walter, mucho ruido haces...
- ¿Mucho?
- Sí.
Y después de unos instantes, en la sala.
- ¿Gustavo, qué es de Lucciana?
Inmóvil, paralizado, mirando la luna reflejada en el agua podrida de mi patio, me quedé mudo, como un completo idiota.
- Gustavo.
- ¿Qué?
- Te he preguntado algo.
- ¿Qué cosa?
Walter rió, se deshace de lo que sobraba de hierba entre sus dedos y se repuso, se estabilizó (por un segundo era como si fuera a caerse de bruces) y después de eso me miró fijamente a los ojos y me dijo:
- ¿La has visto?
- ¿A quién?
- ¡A Lucciana!
- Ah. No pues, no la he visto desde que se mudó.
Hubo una pausa.
- Mejor... -tarareó Walter.
- ¿Por qué?
Una vez adentro, Walter prende un cigarrillo sentado en un sillón de mi sala, que es verde, sosteniendo un cenicero que es una mosca gigante de bronce. Y Walter sostiene aquel insecto largo rato hasta que descubre que al levantar sus alas es como un cenicero, y deja aquella cosa a un lado mientras fuma su cigarrillo y bota la ceniza encima. Cocinamos huevo revuelto en una sartén y comemos algunas galletas de chocolate y cerveza, hasta que me llené de valor y, después de pensarlo muy bien, alcanzo a decir:
- Entiende que Lucciana conmigo sí, pero no... ¿manyas?
- ¿Qué?
Estábamos todavía en mi patio, terminando de fumar aquella pava, cuando Walter me dice:
- El huevo... y las galletas de chocolate, ¿sabes? Con la cerveza, como que no combinan muy bien.
- Tienes toda la razón -argumenté.
XXII. Queen Jane aproximately
Seguí fumando. La habitación se llenó de humo en escasos minutos. Contemplamos una serie de sombras extrañas y apocalípticas que se formaron alrededor nuestro. Bob Dylan cantaba: “When your mother sends back all your invitations...” y Marc sostenía con una sola mano el control remoto y lo manipulaba (a pesar de que la televisión estaba en una habitación aparte) completamente ensimismado en eso, apretando botones y haciendo muecas burlonas.
Finalmente Marc dejó el control remoto a un lado y se puso de pié.
- Estoy muy drogado, creo que mejor me voy a mi casa.
- Oye...
Todavía le daba las últimas pitadas a aquel cigarro de marihuana enorme entre mis dedos. Marc miró por un segundo la nada.
- No sé...
Y en seguida.
- Creo que nada tiene sentido.
Pensé un minuto en Charlotte. Seguí marchando sobre mis propias ideas en mi intranquilo cerebro.
- Claro que tiene sentido...
Di tumbos por aquí y por allá. Manipulé mis cuadernos donde tenía escrito un primer capítulo (el primero, el primer capítulo después de años de intentarlo) y le dije que esta era una historia fascinante acerca de un chico que se vuelve hippie y estudia en la universidad de Berkeley...
- Sí, pero no es más que literatura...
Di un par de saltos. Finalmente me entró una ansiedad atroz e invadí la cocina y nos pusimos a comer. Saqué una pieza grande de salame y la partimos en pedacitos.
- Marc, yo tengo un miedo atroz a quedar en el olvido... -Partimos un pan e hicimos un montón de comida.- Imagina que, después de haber vivido todo lo que he vivido, todo lo que he sufrido, después de todo eso, perderse en el olvido, ese es el temor más grande que tengo en el mundo...
Miré a mi alrededor.
- ¿Crees que nos sirva para algo? -preguntó.
Marc estaba con los ojos muy rojos, como si hubiera estado llorando. Parecía asustado.
- ¿Qué cosa?
- Tanta hierba...
Muy tarde a la noche, volvería a fumar. Escribiría demasiado poco y me iría a dormir angustiado. Pero cuando Marc me dijo aquello, agaché la cabeza y miré largo rato el piso sin decir una palabra...
- ¡¡Aj!!
- ¿Qué te sucede?
- He descubierto algo grande.
Miré a ambos lados.
- ¿Cómo? ¿Qué cosa?
Milagros se tapó los labios y contuvo la respiración. En seguida estiró sus dos brazos al cielo elevado y empezaron a caer gotas de lluvia en forma de rocío por la mañana.
- Habla de una vez.
- ¿Todavía recuerdas que me dijiste que te gustaba la profesora de literatura?
Milagros rió.
- ¡Ja, ja, ja!
- No dije que me gustara. Dije que me atraía...
- Es igual. ¿Lo recuerdas?
- Claro.
- Pues tengo una lamentable noticia para ti.
Aguardé un segundo.
- Habla de una vez.
- Es lesbiana.
- ¿Quién?
- La Nolteus.
- No digas eso.
- Pero es cierto.
Miré a mi alrededor. La cafetería estaba abarrotada de gente estudiando y gente comiendo. A nuestro costado un par de chicos afeminados debatían preguntas y respuestas de su último examen. Era horrible.
- ¿Y eso qué importa?
- ¿Cómo que qué importa?
- Eso mismo. No me interesa si la Nolteus es lesbiana o no...
Milagros volvió a reírse.
- Claro...
De pronto me di cuenta que Milagros no estaba sola, tenía una amiga a su costado. Y ambas reían estrepitosamente.
- ¡¡Aj!! Siempre supe que esta tía tenía algo raro en la cabeza -comentó.
- Sí, es cierto.
Ambas me miraron.
Yo volví a ensimismarme en Ponche de ácido lisérgico.
- Marcel, no actúes como si no te importase -dijo Milagros después de un rato.
- Es una gran noticia -opinó su amiga.
- Esa Nolteus es una enferma total -añadió otra.
- Hay que tener mucho cuidado, chicas. No nos vaya a violar.
- Ahhh, no... -exclamó Milagros- Yo no vuelvo a entrar a su clase. Ni loca.
- Sí amigas, es cierto.
- Una pregunta... -Una chica de lentes, completamente horrible, se acercó a la mesa- ¿Alguna de ustedes sabe qué es un ganglio?
- ¡Un ganglio!
Intenté mantenerme sumergido en la lectura.
- ¿No es algo del aparato reproductor femenino?
- No, no, no...
- Yo tengo una tía que dice que tiene cáncer de eso...
- Ah, ya sé. Un ganglio es eso que se mete la Nolteus por la vagina...
- No hablen huevadas -les dije.
- Aquí dice que un ganglio es una especie de pelota carnosa...
Tomé mis cosas y apuré el paso.
Acelerado, intenté calcular la edad de Charlotte. No pude hacerlo. Yo era demasiado joven en cualquier caso. Me había traído en taxi y me había sentado en un café en el centro de Miraflores. Con las justas pude balbucear un par de “gracias” “gracias” pero nada de esto la detenía ni la hacía pensar por un segundo qué estaba haciendo en realidad. Charlotte Nolteus seguía voraz sus instintos.
- Exactamente, ¿qué me has pasado?
- ¿Eh?
- ¿Qué es lo que me has dado? ¿Un cuento, una novela?
- Una novela.
- Guau.
Miré la calle. El parque Kennedy estaba sumergido en una inmensa neblina.
- ¿Y cuándo la vas a terminar?
Me reí.
- Ni idea.
Charlotte prendió otro cigarrillo. Había apagado uno y ahora prendía otro. Eran cigarrillos caros. Me miró a través de sus lentes de monturas negras y agregó:
- ¿Estás disgustado por algo?
- No... no, es solo que no vengo a lugares así siempre.
- ¿Por qué?
- No sé. Creo que me hacen sentir extraño.
- Ya veo. ¿Cuánto es que tienes?
- ¿Qué?
- ¿Cuántos años...?
- Diecisiete, ya te lo había dicho.
- Sí. Tienes razón.
Hubo un silencio.
- Una pregunta.
- Dime.
- Tú ya has publicado...
- Sí.
- ¿Qué cosas?
Charlotte hizo equilibrio con la ceniza de su cigarrillo, la llevó hasta el cenicero y la tiró.
- Un poemario.
- Ah.
Y en seguida:
- ¿Y qué tal?
- ¿Qué cosa?
- El poemario.
- ¿Cómo que qué tal?
- No sé.
Charlotte me miró a los ojos.
- Digamos que pasó algo desapercibido.
- Mmm...
Eso podía significar muchas cosas.
- También publiqué, hace poco, una docena de ensayos...
- Aja.
- Acerca de la mujer y su entorno.
- Claro.
- Este no pasó tan desapercibido. Lo publiqué con una editorial más o menos...
- Ya.
Dio una calada a su mentolado. Movió la cabeza. Llegaron con los cappuccinos y volví a agradecer sistemáticamente al mozo y a Charlotte. Ambos me miraron muy desanimados.
- Oye, Charlotte, lo lamento mucho.
- ¿Qué cosa?
Y en seguida:
- No tienes que lamentarte por nada. Nunca.
Pensé en ello un segundo.
- El solo que, esto...
- ¿Qué cosa?
- El lugar -murmuré- no me gusta.
Charlotte se angustió.
- ¿De qué estás hablando?
- No sé.
Le conté que sufría paranoia, problemas para reaccionar correctamente en lugares públicos, mi interior dramatización de los actos, mi sensibilidad artística, mi vocación de escritor y mi inminente visión adolescente de las cosas. Que cada vez que entraba en un lugar como aquel café en el centro de Miraflores, me sentía como un punto negro que resaltaba entre todos, produciendo reacciones desagradables. Porque mi camisa, así como mi pantalón y mi casaca no coincidían con los de los demás. Y mi propio cerebro intranquilo no coincidía con el de los demás. En el fondo yo no era más que un hippie que no se bañaba.
- ¿No te bañas?
Charlotte sonreía. Nunca pude diferenciar con ella entre una sonrisa amarga y una sonrisa normal. Pude interpretar entonces su cuerpo y rescatar de él lo más importante. Eran sus gestos, sus maneras, el interminable impulso de sus palabras y de sus actos.
Moví mi cabeza de un lado a otro.
- Lo que pasa es que escribir me es muy difícil. Intento dar lo mejor de mí, pero no sé...
Charlotte acaricio mi cabeza, dijo que estaba bien.
- Todavía eres muy joven. Vas a ser grande, créeme.
Eso podía significar cualquier cosa, en realidad.
- Sí, pero el tiempo se acaba.
- ¿Cómo que el tiempo se acaba?
- Ya sabes. El mundo se va a acabar.
- El mundo no se va a acabar.
- Eso es lo que tu crees.
Charlotte Nolteus rió. En seguida se tranquilizó un poco y prendió otro cigarrillo. Volvió con tono sombrío. Me preguntó por mí, por dónde vivía. Dónde paraba. Qué tipo de cosas hacía el fin de semana. Me preguntó si iba a recitales, si tenía alguna revista, si había participado alguna vez en algo, si era comunista, qué pensaba de Mariátegui. A todo le respondí con un montón de ambigüedades. Finalmente acabamos el cappuccino y Charlotte Nolteus y yo nos ponemos de pié.
XXIII. The lonely and saddest story of Lili and her little animals III
Conocí a Droguerto un día plomo en el que, caminando de Polvos Azules al Estadio Nacional, comprendí que mi vida era lo suficientemente triste y solitaria como para asquearme al momento de estrechar un vínculo duradero con un punk de mala muerte que caminaba dando tumbos y compraba películas porno horribles. Le dije:
- Eh, ¡tú!
- ¿Me hablas a mí?
- Sí, ven...
- ¿Cómo?
- Ven, solo ven...
El punk movió su cabeza sonriéndole a la nada y diciendo:
- ¿Qué carajos quieres?
Era el año 2000 y la Navidad estaba cerca.
- ¿No deseas fumar un poco?
Entonces acababa de caer la dictadura y en el centro de Lima (en la Plaza San Martín, en diversos parques de los alrededores) habían lemas y pintas y pancartas por todos lados. La gente lavaba la bandera. Había una enorme pared blanca de papel donde la gente podía escribir lo que le venía en gana.
Era el año 2000, y supuestamente nada volverían a ser lo de antes.
- Ya es Navidad.
- Odio diciembre.
- Qué es lo que vas a hacer ahora.
- ¿Cómo te llamas?
- ¿Es verdad que eres un punkeke más?
- No. ¿De dónde has sacado eso?
- Nos conocemos, te he visto en conciertos...
- Ja, ja, ja, ja. No, creo que te estás equivocado.
Fumamos mucho y luego tosemos, ambos tenemos los ojos rojos o estamos muy drogados y no nos damos cuenta de nada.
Así que caminamos por encima de la Vía Expresa.
- Oh, estoy muy drogado.
- Sí, yo también.
- ¿Sabes?, te he visto en Polvos Azules.
Hace demasiado calor en la ciudad.
- Sí, y yo te vi en el concierto de Inyectores.
- No. Yo sólo voy cuando toca Spicosis.
- ¿Te gusta el ska?
- No. Me gusta el grunge.
- Es igual.
- Sí, sí.
- Como sea.
Caminamos un rato.
- Yo soy Lili.
- Y yo Droguerto.
El cielo es azul.
- ¿Y dónde es que vives, Droguerto?
- Cerca de aquí. En Arenales. En una habitación.
- Vives solo.
- ¿Cómo lo sabes?
- No sé. Yo hace tiempo vivo sola.
- Qué bueno.
- ¿Y tienes novia?
- ¿Eso qué importa?
- Era una pregunta al aire.
- Tenía.
En calor hacía que de las cejas de Droguerto corrieran gotas de sudor hasta llegar a sus labios. Tenía el pelo demasiado largo. Era de mal gusto. Se vestía de negro y daba mal aspecto. Yo llevaba un vestido largo, hindú, y juraba que me veía regia.
- Entonces vamos a mi departamento en Breña. Tengo más marihuana ahí.
Cambiamos de dirección. Ahora íbamos por mi ruta.
- Así que también vives sola.
- Así parece.
- Tus papás están fuera de Lima.
- Digamos que los maté, los cociné, y me los comí.
Droguerto sonrió.
- Qué bien.
- ¿Y qué pasó con tu novia?
- Mi ex.
- Sí, qué pasó con ella.
- Prefiero no hablar de eso ahora -susurró, luego de una breve pausa.
- Au. Entonces ¿fue duro?
- Un poco duro.
- ¿Y ella dónde está ahora?
- No lo sé.
- Jodiendo con otro, seguro.
- Es lo más probable.
- ¿Y ahora?
- Todavía te queda esa pava.
- Claro que sí.
- Necesito fumar.
Droguerto se estaciona dentro de una cabina telefónica y prende lo que queda del wiro.
- Uf, qué calor.
- Sí. Jmmm. Uhg, cock, cock.
- No te atores, por Dios. Vamos.
Droguerto se puso de varios colores y me miró de reojo mientras terminó de fumar aquella cosa. Yo paré un heladero y me compré un Donito. En seguida Droguerto me preguntó:
- ¿Qué es lo que vamos a hacer en tu depa?
- ¿Qué se supone que tenemos que hacer?
Fue cuando Droguerto me contó una historia muy pero muy estúpida acerca de un amigo suyo que, saliendo de la Universidad donde estudiaba, una noche (la misma noche de septiembre en que Jujimori anunció su renuncia por televisión) más o menos en la altura de la pared donde está escrito “¡Nelida Colán! ¡por el culo te la dan!” una chica parecida a mí, de aproximadamente mis mismas características, le había enseñado la teta derecha y le había extirpado un riñón en un telo de mala muerte, horas después.
Fue una historia que opté mejor por dejar pasar por alto.
- Mira, niño. No me importa si te cagas de miedo o no.
A la media hora ya estábamos en mi cama, fornicando.
Luego Droguerto me dice, pálido, con aquella barbilla incipiente, que lo disculpe, que no quiso hacerlo. Se le ve confundido y abochornado. Tiene el cabello revuelto por todos lados y de su pecho cuelga una especie de medalla de primera comunión plateada. Está completamente desnudo, y su miembro es una especie de gusano adolorido.
Droguerto dice que estuvo muy bueno y que por eso pasó lo que pasó. Que estaba muy excitado y que no pudo más. Que está un poco confundido, también, por todo. Por el día. Por el calor en la habitación, por lo cerca que está la Navidad. Que nunca se imaginó conocerme y que, de alguna manera, se siente afortunado.
Droguerto prepara algo para comer y yo me siento en calzón a observar. No sabe manejar la cocina ni las sartenes, y piensa que los macarrones con queso son una especie de sopa amarillenta. Pero yo solo recuerdo los momentos previos, cuando, metidos en la cama y con aquellas ideas en la cabeza, Droguerto me quitó la ropa y me empezó a lamer la entrepierna.
- Bueno, Droguer, ya fue.
- ¿Qué cosa? ¿Los macarrones?
Mi habitación estaba hecha un desastre.
- Sí, olvida ya esa porquería.
Nos echamos otra vez en la cama.
Droguerto, entre confundido y aliviado, me pregunta:
- ¿Tú me quieres?
- No.
- ¿Por qué habría elegido a un punkeke de mala muerte? -pensé.
Imaginé los lugares donde me lo pude haber encontrado antes: en Quilca, en el Averno, en un concierto en Jesús María...
- No.
Yo misma me noté una voz firme, demasiado fría.
- No te hagas ideas estúpidas en la cabeza.
Droguerto dio vueltas alrededor de mi habitación, como mareado.
- Oye, Droguer, no te preocupes...
- ¿Preocuparme por qué?
- Ya sabes...
Habíamos estado en mi cama, fornicando, cuando Droguerto me había cogido de las tetas y las había estrujado en contra suyo. Las había lamido y luego había cogido mi calzón, húmedo, y se había deshecho de él. Fue cuando empezó a lamerme y yo me salí de control, muy excitada por todo.
- Vamos...
- Nunca fui bueno, en la cama. ¿Lo sabes?
- Eso no importa.
Pero sí importaba.
- Mierda. Haz lo que quieras, tío.
- No me trates de tío que no te queda.
- Jódete.
Droguerto se había bajado los pantalones, su calzoncillo (que logré notar amarillo) era de niño tonto. Suspiré.
- ¿Qué sucede?
- Nada, nada...
- ¿No que tenías más hierba aquí?
- Te mentí.
- ¿Tienes condón? -Le pregunté, cuando estábamos en la cama.
- ¿Por qué habría yo de tener uno?
- Puta madre. ¿Y ahora?
Me fijé en el erecto pene de Droguerto. Era una cosa flácida y marrón. Yo estaba con las piernas abiertas y esperaba ansiosa esa penetración que se alargaba. Podía oler el rumor de mi vagina.
- No podemos tirar sin condón.
- Es una mierda.
Aguardé unos instantes.
- Okey, lámeme.
Y Droguerto me hizo la sopa.
Droguerto terminó de hacerlo una vez que me corrí por tercera vez sin pausa. Me encontraba lamiéndome los dedos con los que sujetaba su cara a la altura de sus mejillas, con su cabeza hundida en mi entrepierna.
Finalmente, Droguerto se rehusó a seguir haciéndome la sopa.
- Quiero que tú me la chupes ahora, Lili.
Volví en mí y me tapé el cuerpo con las sábanas. Tenía la cara estirada por los orgasmos y la vagina completamente dilatada. Me vi por el espejo con los ojos chinos y el pelo amotinado.
- No. Droguer, ahora no.
Droguerto paseó su desnuda existencia por todo mi departamento.
- Vamos, ven.
Su pene estaba grande. Había crecido considerablemente y tenía mechones de pelo marrón por doquier. Fue entonces cuando lo miré a la cara por primera vez y me di cuenta que Droguerto, a pesar de su tez oscura, tenía los ojos verdes y el pelo castaño.
- Quiero que me la metas.
- Entonces tienes condones.
- No -balbuceé-, me la puedes meter por detrás.
Droguerto lanzó una carcajada.
- ¿Hablas en serio?
Tomé su falo erecto entre mis manos. Droguerto se echó en la cama. Se la empecé a chupar hasta que se puso dura y luego tomé un pomo de vaselina (de la mesa de noche a la sala de estar) y se la unté y le dije que lo hiciera.
- Ten cuidado. Si lo haces mal te golpeo.
Me eché boca abajo. En seguida Droguerto se echó encima mío. Fue entonces cuando gimió un poco, quizá por el dolor (por el raspón inicial del pene del que tanto hablan) y luego empezó a moverse compulsivamente sin que yo sintiera nada. Finalmente Droguerto eyaculó y sentí su sucio semen esparcido entre mis nalgas.
Ni siquiera me la había metido.
XXIV. Gustavo Petrovich anda muy triste
Gustavo Petrovich anda muy triste. Camina por el parque durante aquel verano del año 2001, extrañado por acontecimientos sucedidos sobre todo entre los días de año nuevo, acontecimientos que lo llevaron a un ataque de ansiedad por cerca de tres semanas. Ya no soportaba la situación con sus amigos (el mismo auto-exilio de aquella chica, Lucciana, en un mundo lleno de apariencias insustanciales y risas y sonrisas) y por lo pronto, Gustavo Petrovich (un personaje por lo demás, digno) es atrapado por El Salmón (2000) álbum decimonónico del roquero Andrés Calamaro (otrora conocido también como Capitán Porrito) quien se encerró por seis meses a componer sin pausa, sin mayor comunicación con el mundo “real”, o mejor dicho, con el exterior. Sin periódicos, sin televisión, sin radio...
Claro que estos son asuntos que veremos con mayor lucidez más adelante. Por lo pronto, Gustavo Petrovich caminaba aquel día perdido en sí mismo, a causa de esta relación tan conflictiva que mantiene con sus amigos. Y sí, por qué no, con esta chica, un personaje del que se ha dicho poco, se ha descrito menos y se ha discriminado por igual. Lucciana en realidad, no es una chica muy complicada (ni es una puta) es, a grades rasgos, una chica sobretodo normal, que tuvo una relación con Marcel en algún momento, algo que no pasó de un par de besos...
En fin, los grupos humanos, amigo lector, no son mi especialidad. Nunca he formado parte de grupos humanos tan diversos como los que narro, y por lo demás me he dedicado siempre a observar. Así que puedo observar en este preciso instante a Paty, una chica de la que me he olvidado casi por completo, mientras se desviste en su cuarto. A Paty le gusta sacarse de a pocos la ropa y asomarse por la ventana en paños menores a observar con esos enormes ojos marrones la calle, donde un grupo de tíos se sientan en una esquina por la noche a vender...
Charlotte Nolteus, en cambio, es un animal solitario. Si bien en un principio puede parecer muy relacionada con Marcel (ese chico, escritor, que se creía hippie) para Charlotte Nolteus, Marcel, es una anécdota algo chistosa. Y si alguna vez los ven caminando por la calle, se debe tratar de alguna salida amical, sin nada de gloria.
Una vez los escuché hablar en un local de Miraflores, un miércoles del año 2002.
- ¿Y qué tal te va?
- Bien -musita Charlotte.
Para el 2002, Charlotte tiene casi treinta años y anda deprimida.
- Supe que publicaste.
- Sí, y tú también publicaste. Vi tu libro en una librería.
- ¿En serio?
- Lo leí.
Marcel parece emocionado.
- ¿Y qué te pareció?
- Me extrañó, siempre pensé que publicarías algo... no sé.
- Dilo.
- Ya sabes...
- Yo también leí tu poemario.
Charlotte mira la nada. Hay tristeza en sus ojos. Es como si Marcel supiera que para ambos la magia ha terminado. Ya nada puede esperar uno del otro. Ni mucho menos.
- ...tú entiendes.
- Sí, claro que entiendo.
Charlotte no lo escuchó. Marcel habló y habló. Como siempre. Habló de esto, habló de lo otro. Marcel habló demasiado. A Charlotte se le abrió un mundo de tristeza en los ojos.
Finalmente dice:
- Me olvidé del francés.
Marcel hace una mueca extraña.
- No te puedes olvidar de eso, es como montar bicicleta.
Las ojeras pronunciadas de Charlotte le produjeron pena. Luego Marcel sintió alivio por ser tan joven, pero en seguida se sintió otra vez viejo y amargado.
Cuando salieron del local Charlotte abrazó a Marcel y le deseó mucha suerte.
Nunca más se volvieron a ver.
Entonces Gustavo Petrovich camina triste aquella mañana, muy angustiado, casi adolorido. Y es una mañana de verano que no quisiera haber vivido jamás. Piensa en este cuento que ha escrito (y es un cuento que, por lo demás, habla mucho de sus propios demonios) y habla también de un viejo que se tira a muchas tías gordas que se cagan encima suyo a cada rato, y habla también de un guachimán que lo sigue a todas partes en un Toyota Célica del 82. Pero es un cuento desde ya olvidado por Gustavo Petrovich. No le gusta pensar tanto en nada y decide no ingresar a la Universidad este verano.
Es una decisión sabia. Pero llega marzo (con el pasar de los meses la imagen de Lucciana se va desvaneciendo, y para Gustavo y sus amigos los días terribles de Chacarilla vuelven a la normalidad) llega marzo, como siempre, y los papás de Gustavo deciden hacerlo estudiar. Y las múltiples amenazas en la mesa los hicieron sospechar por un segundo de que Gustavo nunca ingresaría a la Universidad por voluntad propia.
- Así que no quieres ir a la Universidad...
Negación con la cabeza.
- Mañana mismo trabajas.
Así que Gustavo trabajó en un supermercado, uniformado de rojo, durante el día, y el resto del tiempo fingió vanamente estudiar para ingresar a literatura en una Universidad del estado. Eso era lo que quería Gustavo en realidad, estudiar arte. La mayor parte de su infancia estuvo convencido de que estudiaría literatura en la Escuela de Bellas Artes. Pero eso fue algo que no se dio, porque en Bellas Artes no hay literatura. Y lo que Gustavo quería era estudiar literatura.
- PASILLO DOS. LIMPIEZA, PASILLO DOS...
Los días terribles que pasó Gustavo Petrovich trabajando en aquel supermercado son recordados por él como horas muertas. Horas sobretodo tristes, que se pasearon por su vida de aquí para allá y no le trajeron ningún provecho.
A menudo Walter y Marcel pasaban a visitarlo. Marc trabajaba en el restaurante de comida rápida y había desarrollado un problema serio de acné a causa de la grasa que le caía a diario en la cara. Así que Walter y Marcel pasaron juntos parte del verano hasta que llegó abril, y empezaron clases. Y en seguida los días cayeron encima de Gustavo Petrovich, y el invierno llegó pálido, mucho más frío de lo habitual...
Fue por eso, un día de invierno (quizá uno de los últimos días de invierno en los que Gustavo Petrovich trabajó en condiciones infrahumanas en aquel supermercado rojo) cuando vio a Melisa comprar una botella de agua mineral. Estaba sola. Absolutamente triste. Y llevaba consigo una mochila. Se dio cuenta de la presencia de Gustavo Petrovich un segundo antes de salir de allí.
- ¿Gustavo?
- Hola.
- Cómo estás.
- Bien, y tú.
Una sonrisa en la cara de Gustavo Petrovich rompe el hielo durante un instante.
- ¿Qué es de tu vida?
- Aquí. Trabajo. Y me preparo para dar el examen de admisión.
- ¿Qué vas a estudiar?
- Literatura. Espero.
- Ahhh.
- Y tú, ya estás estudiando...
Melisa asiente. Hay algo triste en su expresión y su mirada. Detrás de Gustavo Petrovich hay una cajita de papel de fumar azul. Melisa dice:
- Gustavo, ¿sabes dónde podría conseguir algo con qué llenar eso?
- ¿Qué cosa?
Melisa señala en papel de fumar. En seguida Gustavo imagina que los labios de Melisa son como papel de fumar.
- ¿Marihuana?
- Sí.
- Pues claro. Yo ahora mismo tengo algo.
Melisa luce tentada. Hay algo en ella que ha cambiado este verano. Será el color de su piel o el brillo en los ojos, o la maldita luz blanca que rebota por todas partes en aquel supermercado rojo.
Y Gustavo piensa que, después de todo, su vida no es tan aburrida aquel invierno del 2001.
- Mi mamá me está esperando.
- ¿Qué?
- Está afuera, en el carro.
- Ah.
Gustavo parece de pronto muy desanimado con eso.
- Pero, a qué hora sales.
- En una hora, más o menos.
Melisa asiente.
- ¿Y si nos encontramos?
- ¿Dónde?
- En el parque que está pasando Blokbuster.
- A qué hora.
- Apenas salgas. Yo voy a estar de todas maneras.
- OK.
Sin embargo esa noche Gustavo esperó en vano. Se fumó toda su hierba y se fue. A la semana renunció y nunca más volvió a pisar aquel supermercado rojo.
XXV. La Hilacha
- Señor, ¿sus documentos?
Diego y yo nos miramos atentos, dijimos:
- No hay, tío. Aún no tenemos documentos.
Como era típico, los polis nos olieron los dedos. Nos obligaron a escupir y nos cargaron en una camioneta Pathfinder. Otro par de fumones, dijeron. Pude ver como recogían de entre los arbustos mi pipa.
- A parte de fumón, cabro, carajo...
Diego sonrió. Le encantaba hacerse el listo. Yo miré por la ventana de la Pathfinder el malecón por la noche. A pesar de todo, era una noche tranquila de estrellas y de mar. Uno de los polis, el que no manejaba, volteó a mirarnos las caras y dijo:
- ¿Son cabros?
- Claro que sí. -Dijo Diego.
Creo que escuché una risa, o fue el sonido de un búho por las calles pobres y olvidadas de Barranco.
- Vamos Hilacha -me dije a mí mismo, como susurrando-. No pasa nada, ya verás que no pasa nada.
Les dije que era esquizofrénico, simulé un ataque de pánico sin el menor resultado posible. Le dije a uno de los polis que yo era un simple estudiante, y que yo no podía hacerle daño ni a una mosca.
- ¿Y por qué no están estudiando?
- Es sábado a la noche.
- Sí. Es temprano aún... tío -le dije.
- ¡Carajo!
- ¿De dónde vienen? -Preguntó el otro.
- Yo vivo en Magdalena.
- ¿Y tú?
El poli que conducía, el que decía constantemente carajo, miró a Diego por el espejo retrovisor.
- ¡Que dónde vives!
Apuntaban nuestros datos en un pequeño formulario.
- Yo vivo en El Agustino, señor.
- Mmmm... ya veo. -El poli que conducía rió.- Estas un poco lejos, ¿verdad?
El otro poli también rió.
- ¿Son pareja, o algo así?
El poli que no conducía movió su cabeza 180 grados y empezó a balbucear.
- ¿Lo dice por la pipa? -le pregunté- ¿o lo dice porque el cabello me llega hasta los hombros?
Uno de ellos sacó la pipa y nos la enseñó. La pipa tenía forma de pene. Uno succionaba por el glande y en la parte de los testículos se colocaba la ganya. Había otro hueco entre los testículos donde uno podía darle más potencia a la succión. No era nada más una curiosidad del mundo de la droga.
- Sí, lo digo por la pipa -respondió- y por tu pelo también. -Luego rió-. ¿No te da vergüenza?
- ¡Estos cabritos! -Dijo el otro.- A veces me hacen reír, por mi madre...
- ¿Saben lo que les va a pasar, no?
Diego me miró. De pronto lo vi profundamente asustado.
- Cuéntennos -les dije-, ¿qué es lo que nos va a pasar?
- Pues, primero los revisaremos bien revisados -el poli que conducía sonrió, luego empezó a babear-, luego les tomaremos testimonio, le haremos una ficha... o la revisaremos, en caso de que ya la tengan... ¿Saben que son de cuatro a seis años por posesión, verdad? También llamaremos a sus padres y les haremos los respectivos exámenes tóxicos...
Imaginé una horrible enfermera succionando de mi brazo un chorro de sangre.
- ¿Y qué más?
- También hay un examen para saber si de verdad son cabros...
Ambos polis rieron.
- No tenemos miedo -aseguré, entretanto.
Pero la verdad es que sí tenía miedo.
Llegamos a la comisaría de Barranco. Nos hicieron firmar una pequeña ficha y nos pidieron nuestras huellas digitales. Aún no habíamos cruzado el umbral de la puerta. Los polis tenían enormes aparatos de transmisión que no dejaban de hacer sonar voces irreconocibles que eran pura interferencia.
El día por la mañana amaneció en el Agustino frío y con los rumores de El Poncho y otros tíos, acerca que algunas casas y edificios viejos de aquí que van a venirse abajo, debido a algunas construcciones mineras. Pues lo que es yo, tomo mis cosas y salgo de la casa de Diego sin avisarle ni decirle nada, porque despedirme de él, después de la bomba de anoche, sería tedioso. Siempre lo mejor es hablar con las personas una vez olvidada la resaca.
Todavía en la puerta de la casa de Diego, El Tío me mira apoyado y parado en una esquina (botellas, dientes picados, la pared vieja y desgastada) y me pasa la voz. Sabía que era por lo de la vaina así que hice ademanes de desinterés y miré a ambos lados de la pista para pasar. El gordo Pita, uno de los suyos, se acercó donde mí y exclamó:
- Sobrino... -mientras corría su panza le pesaba y le costaba trabajo avanzar- ¿qué hay, sobrino?
Saludé a Pita y le pregunté por su herida. Le habían hecho un corte con una chaira a un costado hacía dos semanas y hasta ahora no se ocupaba de ella. Olía a alcohol, y desde anoche seguía igual. Me preguntó por mi tío, si necesitaba queso ahora. Pero no entendí si se refería a mi tío, o si me decía eso a mí. En todo caso sacó una pistola y se puso a fumar delante mío. El Tío nos miraba atentamente con sus ojos ponzoñosos clavados sobre mí, hasta que por fin Pita abrió su maloliente boca otra vez y mencionó lo de los chamos.
- ¡Está bien, pe! -le dije- si El Tío va a ser legal, no hay problema pe.
Cogí rápido la bicicleta de Droguerto y me fui de allí sin parar hasta llegar a mi casa. Es un latón, pero vale la pena cuando una vez allí almuerzo bien y tengo ánimos otra vez de seguir viviendo. Anoche en la casa de Diego hubo suficientes chelas y chamos como para un ejército de resistencia bélica. En fin, una vez comido el almuerzo y todo, partí sin descanso hasta la casa de Droguerto, en Breña. Claro que pude haber ido antes y todo, pero ya saben. Toqué el timbre, que estaba malogrado y no funcaba. Aproveché que entraba una pareja con una chica embarazada para colarme, porque la verdad no es muy fácil entrar allí, por lo raro que parezca, en el edificio donde vive Droguerto hay un estudio donde filman películas porno, ya saben, de tercera calidad. Y no me gusta admitirlo, pero una vez actué allí para una de ésas pelis. Estuvo bueno, pero la paga es pésima. Después hay una muy probable sala de abortos, y otros departamentos estilo Droguerto. Ya saben.
- Bueno, hasta que me abres -Droguerto había estado tomando con nosotros en el Agustino, pero la cara que tenía hoy no era la misma cara con la que lo había dejado.
- Bueno, bueno, ya... No me jodas.
El departamento de Droguerto no es lo que se dice espacioso, pero si no hubiera tanta basura habría dónde caminar. Es un verdadero problema.
- Oye, ¿dónde te dejo esto? -Llevaba su bicicleta conmigo.- Mucho fumas, Droguerto.
- No estoy fumando Estoy jalando.
Había una mesita en el centro de la sala, donde Droguerto estaba acurrucado y, efectivamente, estaba jalando. Creo que no había nada más en el departamento, perdía importancia. Apenas llegue a visualizar una revista porno tirada en el piso. Sonaba música de Daniel F.
- Bueno, antes, cuando nada más fumabas... estabas mejor.
Droguerto levantó su miraba y me miró fijamente a los ojos. Andaba muy desarreglado. Anoche en el Agustino habían pasado cosas. No sé de dónde apareció un espejo con mi imagen: ojos hundidos, pelo largo, contextura delgada. Muchos colores confundidos entre la plomiza cuidad. Y los ojos de Droguerto en lo más profundo que se puede imaginar son los ojos azules de Droguerto.
- Te estaba jodiendo, huevón... -llevaba el pelo húmedo y pegado en la frente- Vamos, déjame ver qué tal está esa huevada.
Inhalé un poco hasta que convencí a Droguerto para que se tomara una ducha y olvidara el asunto de anoche. No funcionó, ya que lo único que quería era escuchar discos antiguos de Pink Floyd que ya nadie escucha. Y Droguerto no quería otra cosa más que seguir siendo Droguerto toda su vida. Así que me despido de él deseándole buena suerte y pensando en que ya no tiene caso seguir frecuentándolo porque la cosa no va para más.
- Cuídate -le digo antes de salir de allí.
Tomo el micro y voy hasta Magdalena. Decido pasar por mi tío porque ya no tengo hierva y el día no se perfila. Pienso un segundo en Diego y me lo imagino todavía durmiendo acurrucado en su cama. Conque llego por fin a Magdalena pero mi tío no está. Así que voy con la demás gente de allí, pero la conversación se vuelve ya muy decadente.
Un broder de pinta muy chistosa llega y pregunta si hay scan. Es un broder que viene a menudo, y siempre pregunta si hay scan. Conque no se a dado cuenta que nunca hay, y siempre termina comprando nuestra hierva roja y ponzoña. La gente dice que el hombre no está y el negro Frank le ofrece algo pero el tipo no parece estar muy convencido de nada, así que lo llevo a un lado antes de que se valla y le pregunto:
- ¿Quieres Joins?... yo te puedo conseguir Joins.
El muchacho parece buen tipo. Lleva un polo azul y una pequeña bolsa artesanal cuzqueña, y lo veo medio confundido cuando cojo la bicicleta del hueco para ir hasta mi casa a darle algo de pasto. Conversamos un rato, conque tiene diez soles para scan pero cinco para la roja que supuestamente le voy a dar, y pienso en la manera de sacarle toda la manteca. Y el broder me mira extrañado. Caminamos un rato. Le digo que no se preocupe, que soy el sobrino del Tío que le vende y que yo no lo voy a usurear. El de dice que está bien. Pienso en ello. Luego se lo repito.
- OK -me dice.
Y lo sigo llevando unas cuadras más arriba. Intentamos ir los dos en la ticla, pero el broder dice que no va más, conque al final le doy un paco de cinco lucas a unas cuantas cuadras, donde una de Las Diablas, y él me da sus diez soles y hago que me espere en la bodega. Me demoro un rato. Luego salgo disparado encima de la bici verde fosforescente extendiendo mis dos brazos, rascando el viento que corre alrededor mío. A la vuelta está la patrulla, los boinas rojas, le digo, así que no vayas a abrir su paco por hasta tu casa. Le pregunto después que cómo se llama y él me dice que se llamaba Walter, o algo por el estilo. Y yo le digo que soy La Hilacha, aunque lo mismo daba, al final.
XXVI. Gustavo + Marcel
Conocí a Marcel una tarde fría.
Se encontraba volando una cometa por el cielo raso lleno de nubes negras cerca al atardecer, así que supongo que sería agosto o septiembre, o algo por el estilo, y yo llevaba unos pantalones grises remangados a la altura de los talones, y mientras la cometa daba giros inesperados e inútiles, le pasé la voz:
- Cómo estás.
En realidad ya nos conocíamos.
Yo tendría trece o catorce años entonces.
Mi hermano me lo había presentado hacía tiempo como “un tipo muy pasado, que escuchaba buena música y se comporta de lo peor” y eso era porque Marcel aparentaba ser un freak. Llevaba el pelo largo y botas, rulos a lo Andrés Calamaro y estaba pálido debido a la abstinencia que hizo con la carne.
- Todo bien -susurró. Y siguió volando su cometa.- Oiga -me dijo después de intercambiar un par de diálogos inútiles a mitad de aquel parque gris y abandonado donde nos encontrábamos. Yo me senté, cerca a él, y me puse a contemplar la cometa.
- ¿Qué cosa?
Se hacía de noche.
- Vamos a alguna parte a comer, ¿qué te parece?
- ¿A dónde?
Marcel recogió su cometa psicodélica del gras, la tomó delicadamente entre sus manos y comenzó a caminar.
- No sé... pero tengo que ir primero a mi casa a dejar esto.
- OK.
Y nos pusimos a caminar.
- ¿Dónde es que vives?
- Nada más a un par de cuadras.
La primera vez que fui a su casa lo primero que hizo Marcel fue llamar a la puerta del primer piso a dejar unas llaves. Todavía vivían sus padres allí (o eso creo) a él lo habían independizado del todo arrojándolo a un segundo piso. Luego me comentaría que sus papás viajarían pronto, y viajaron, cosa que lo dejaron solo y abandonado en un mundo medio esquizofrénico, subnormal, para siempre.
Después de un rato, Marcel subió las escaleras y me dijo:
- Gustavo, qué tipo de música te gusta escuchar.
- Mmmm... -Me puse a pensar en ello breves instantes (en realidad nunca me había interesado la música ni nada) y mi inminente respuesta fue interrumpida por una llamada telefónica desconcertante.
Me dediqué a mirar alrededor. En el piso había lo básico: había un cuadro de Bob Dylan, un equipo de sonido, un colchón estratégicamente posicionado frente a una de las ventanas donde entraban los últimos rayos de luz de la tarde.
- ¡Malditas encuestas telefónicas! -exclamó Marcel. Colgando el inalámbrico.
- ¿Qué pasó?
- Nada.
Entonces lo vi. Era una especie de altar casero, con fotos y velas apagadas. Encima había un libro enorme (que definitivamente no era una Biblia, pero pretendía serlo) y había también una foto de un hombre joven peinado como de los 50´s y una inscripción de madera que rezaba: TI JEAN (1922-1969).
- Es un homenaje -balbuceó.
- ¿Tienes ascendencia francesa o algo?
De repente Marcel pareció fuertemente desanimado y cansado.
Me miró, y dijo:
- No. Nada de eso -y luego, añadió-. Es un escritor, que murió hace mucho...
- No jodas.
- Sí. Se llamaba Jack Kerouac.
Aguardé un segundo. Marcel le dio una calada a lo que parecía ser un cigarrillo negro. Olía extraño; la luz entraba transparente a través de aquellas ventanas y cortinas completamente blancas...
- Digamos que en sus novelas, él se llamaba así mismo Ti Jean...
Le pregunté si todo esto iba en serio.
- Claro que sí -dijo. Y en seguida.- Bueno, más o menos.
Después de unos minutos y de beber un poco de agua, Marcel me llevó a lo que era un estante viejo en lo que vendría a ser su cocina (completamente blanca) pero donde no había nada, sólo aquel estante donde enseñó por primera vez libros como Ponche de ácido lisérgico, de Tom Wolfe; En el camino, de Kerouac; El almuerzo desnudo, de Burroughs. Libros de un tipo que ahora la verdad ya no me acuerdo cómo se llama pero que me impresionaron en su momento. Además, me presentó a Buckowsky, a Ginsberg, y al máximo exponente de la novela negra: Raymond Chandler. Y luego, poetas de la décadas 70’s y 80’s.
Al final, terminamos comiendo algo en una panadería cercana, con algunos centavos en el bolsillo y las ideas al vuelo.
Marcel me prestaría por primera vez el Aullido (1956) de Allen Ginsberg (1926-1997). Poeta norteamericano, de ascendencia judía y rusa, quien fue parte importante en el engranaje del movimiento literario de la década de los 50’s en Estados Unidos, que sería recordada como la generación Beat.
Lo leí un día de verano, terminando enero de 1999. Los árboles entonces me parecieron fuertemente verdes y altos y frondosos, con un montón de aves y nidos adentro, y el verano me pareció entonces sumamente largo, interminable. Pero eso fue ANTES de empezarlo a leer, y no DESPUÉS. Cuando, metido en aquella cafería del ICPNA completamente vacía por la mañana, abrí el libro y lo leí, y comparé cada palabra con su sonido en inglés. El poema era sumamente largo, y después de leerlo no pude dejar de pensar en Ginsberg y en lo que había hecho.
- ¿Así que lo leíste?
- Fue demasiado -asentí.
Marcel se rió.
- ¿Y te gustó?
- Claro que sí.
Caminábamos.
Pisé por primera vez aquellas diminutas flores amarillas en el camino largo y sinuoso. El viento me caía en la cara. Yo era todavía un niño de catorce años. El parque donde nos encontramos entonces se volvió azul.
- ¿Y dónde es que lo leíste?
Miré a mi alrededor.
- En realidad lo terminé de leer en el micro. -Nos reímos.
Bueno para comer en mil años.
XXVII. Y cuando Lima fue París
Caminamos por una calle de Miraflores que no reconozco y Charlotte Nolteus me sigue hablando de un montón de cosas que en realidad no me interesan. O me importan muy poco tomando en cuenta que tengo diecisiete años, todavía soy un adolescente con acné, y todavía no me sale barba. Y Charlotte, que hasta ahora no sé cuántos años tiene, me habla de cosas como: esto es indignante, vivimos en una maldita dictadura, y todo eso.
Su cabello se desordena con el viento.
Charlotte Nolteus me gusta. Debo confesar un amor inusitado hacia algo que no entiendo (quizá sea lo mayor que es para mí, o el carácter menos monótono que hay en todo) pero también debo admitir otro montón de motivos por los cuales debería alejarme de ella.
Charlotte Nolteus dice:
- En 1996 el Congreso aprobó la llamada Ley de Interpretación Auténtica, que forzó la Constitución para permitir una segunda reelección de Fujimori. En marzo el Tribunal Constitucional declaró inapelable esa ley. A las pocas semanas el Congreso destituyó a los tres magistrados que votaron en su contra. La oposición inició una campaña de recolección de firmas para someter a referéndum dicha norma. El Parlamento, pese a que el Foro Democrático había recogido un millón y medio de firmas, bloqueó la iniciativa...
Entonces me pregunto que por qué tiene que decirme todas esas cosas. Es innecesario. Se lo digo. Charlotte Nolteus me mira asustada.
- Vivimos en una dictadura...
- Sí, ya lo sé.
Y luego me dice:
- Perteneces a una generación sin identidad, sin interés por nada.
- Sí, ya lo sé.
Y por alguna extraña razón, ella parece divertida. Me toma del brazo. Caminamos perplejos por el malecón durante la noche.
En seguida, le pregunto:
- ¿Te causa gracia?
- No. Me causa pena, es muy triste.
- Pero tú eres de mi generación.
- No, yo no.
- No eres tan mayor...
Charlotte Nolteus continúa sonriendo.
- Sí. Puede ser.
La miro.
Hay una pausa que me multiplica por mil.
- Oye yo no soy de los que se envician con el Nintendo, o algo por el estilo...
Charlotte Nolteus se ríe un buen rato. Finalmente da la razón. Luego vuelve con tono sombrío. Me dice que los jóvenes, como ella y como yo, han salido a la calle a protestar. Dice que el cinco de junio hubo una gran marcha donde los jóvenes, como ella o como yo, por fin dieron su parecer con respecto al actual régimen...
Sigo preguntándome por qué Charlotte tiene que decirme todas esas cosas.
- Es necesario -me dice-, es necesario hacer algo por el mundo.
Llego rápido a la conclusión de que ella y yo somos muy diferentes, que vivimos en mundos totalmente distintos y apartados.
- Pero yo quiero ser escritor. No me interesa nada más. En serio, no me interesa nada más.
Llegamos a lo que es el faro de Miraflores. El mar de Lima poco a poco se va volviendo negro conforme avanza la noche. Y los postes de luz empiezan a encenderse.
- Nací en París -me cuenta- nací allí y sé francés. Siempre imaginé que me iba a ir a vivir a París...
- ¿Y qué pasó?
- Las cosas no son siempre como uno se las espera.
Agacha su cabeza y se apoya en mi hombro. Le doy un beso en la sien. Ella me abraza.
- A veces siento que no voy a ningún lado -le digo- como si me dirigiera a la nada, en primera clase.
Charlotte Nolteus se ríe.
- ¿Y qué pasó? ¿Por qué no estás en París? -le pregunto.
- Es una larga historia.
Luego, después de un rato:
- ¿Vas a seguir enseñando en la Academia?
- No, me voy.
Me quedo callado.
Luego le digo:
- ¿Entonces te vas?
- Sí, sí. Me voy.
Me quedo callado otra vez.
- Eres un gran chico -me dice.
Miro el horizonte.
- No te pongas triste.
Charlotte Nolteus me abraza. Empiezo a besarla. En las mejillas. En el cuello. Beso el perfume de Charlotte. En seguida sonríe y parece cómoda. De cerca, a escasos centímetros, Charlotte Nolteus luce de manera distinta.
Le pregunto a Milagros un día antes del examen de admisión que cómo averiguó que Charlotte Nolteus era lesbiana. Ella parece no hacerme mucho caso en un principio, pero en seguida se acerca inesperadamente y me cuenta que tiene un amigo cercano cuya tía resultó ser Charlotte.
Este amigo suyo vive por Surco, no muy lejos de aquí, dice. Y este chico nunca pareció estar muy interesado por nada en el mundo hasta que Milagros le contó que tenía una profesora de literatura con las características de Charlotte, se le iluminaron los ojos.
Yo le pregunto que cómo así sucedió todo, e indago un tanto en mis propias ideas con respecto a ella y al supuesto sobrino de Charlotte. Exijo más información. Milagros me dice, finalmente, que este amigo suyo, junto a una de sus primas, sobrinas directas de Charlotte Nolteus, han divagado muchas veces acerca del tema y aseguran conocer todos sus secretos.
Pero yo pregunto que cuales secretos, que solo quiero saber por qué insisten tanto en que Charlotte es lesbiana, y si es así: ¿qué tiene que ver con todo esto?
Milagros me mira confundida.
- Escucha bien -me dice-, te lo explicaré todo.
Milagros me mira sobresaltada.
- Continúa.
- La mamá de Charlotte era muy humilde, su primer esposo enfermó y murió. Tuvo una primera hija a la que llamó Malena, Melina o Mariana, o algo por el estilo. En cualquier caso, el nombre es horrible. Enviudó. No perdió tiempo. Se volvió a casar con... su jefe, ya sabes, con un tal Nolteus. Un diplomático. Bueno, la cosa es que tuvo una segunda hija. Hasta ahí todo bien. Todavía vivían en París cuando nació Charlotte, o mejor dicho: Carla...
- ¿Carla?
Milagros sonrió.
- Sé bastante, ¿no?
Asentí.
- Al final, el tal Nolteus murió. Lo encontraron inconsciente en su despacho en la embajada peruana, en París. ¿Puedes creerlo? La primera hija, que no era suya, todavía joven, de unos veintitantos años, se casó con Victor Augusto Ramallo, un viejo, uno de los tipos fuertes, ya sabes, del gobierno... Digamos que siguió los mismos pasos que su madre.
Moví mi cabeza de un lado a otro. En el patio de la Academia horrible donde estudiaba había un montón de gente caminando sin dirección. A nadie le interesaba nada.
- ¿Entonces?
- Entonces nada. Eso es todo lo que sé.
Milagros continuó su camino. Miré por última vez la punta de mis zapatos. Qué era todo esto. Una broma absurda. Un complot en contra mío. Y por qué anoche había soñado con un camino lleno de hojas de otoño, en un parque abandonado, donde tomé a Charlotte de la mano (yo estaba vestido con un saco oscuro y un jeans desgastado) y la llevé por un sendero sinuoso que no nos devolvió a ninguna parte.
Me dijo que tenía veinticinco años y se detuvo sobre sus mismas palabras. Yo le dije que no tenía primer capítulo para mi novela y me noté visiblemente contrariado. Ella me dijo que la próxima semana acababan clases, que se iba al Cuzco, que tenía una relación qué mantener allí. Dice que su próximo golpe es un cuento largo. Dice que tiene que trabajar en ello. Es inminente. Me cuenta que se fue de su casa más o menos a mi edad. Que su primera novia (porque Charlotte Nolteus es lesbiana, muy lesbiana) fue una chica muy gorda que conoció por correspondencia y que de ella solo se acuerda su primera ida al Cuzco, los golpes en la pared cuando se negó a meterse en la cama con ella, y las noches en que imagino que todo iba a salir bien. Que las cosas, cuando intentas traerlas a la realidad, son muy difíciles y muy distintas a como uno se las imagina en el papel...
Finalmente, Charlotte tambalea un poco ante el anochecer de la ciudad y me mira. Yo agacho la cabeza y observo la punta de mis zapatos con ansiedad.
- No todo es tan bueno -le digo- no todos somos iguales nunca.
- Es cierto.
Y en seguida.
- Estoy tan cansada. Lima es tan distinta a París.
Afirmación con la cabeza.
- Lima es tan difícil.
Charlotte dice:
- Me haces sentir tan vieja.
XXVIII. Happines is a warm gun
Juan Carlos, el “Yonqui”, sujetó la jeringa hundida en su piel. Lamentó (como pocas veces he visto lamentarse a alguien) la extraña situación, y las ventanas empañadas en bilis. Mi cara inmóvil, con la boca abierta, y la Ketamina en polvo sujeta entre mis manos...
- ¡Diablos! -susurró por fin-, esta cosa ya me hizo efecto...
Su amigo Fabricio (o Fabián, o como sea que se llame) estaba hipnotizado hasta la médula. Había caído tendido en su cama y yo solo recordaba que se parecía a una especie de cantante de Nueva Ola, y una vez introducida la jeringa en su piel el chico no dijo más nada. Juan Carlos, el “Yonqui”, seguía lamentando aquella protuberancia en su piel, justo en el lugar donde había intentado inyectarse.
Había cierta paranoia en sus ojos.
Lili se deshizo de las jeringas. Les había inyectado su droga y luego se deshacía de las jeringas, como la autora intelectual de los hechos. Llevaba aquel pañuelo rojo en la cabeza que usaba para sujetar su enorme pelo, y su vestir esta vez (como pocas veces la vi vestida antes) era algo muy femenino. Era el año 2001 y sería invierno.
La Ketamina la conseguimos en una farmacia barata, por la tarde, y luego Fabricio, o Fabián (o como sea que se llame) nos ofreció su casa en La residencial San Felipe, de árboles frondosos, verdes, y de edificios enormes.
Lili y yo nos habíamos mirado las caras antes de partir. Lili me había dicho:
- Droguer, compra un pomo... ¡vamos! ¡compra aunque sea uno!...
Y yo, supongo que hecho un completo idiota, compré dos, o tres, y luego le pedí algo de dinero a ella, a lo que Lili movió su cabeza así como Madona, sujetando su pantalón largo de franjas azules y rojas, diciendo:
- No, Droguer... no tengo ni un centavo.
De la cintura hacia arriba Lili llevaba dos collares con motivos indígenas, un polo blanco y ajustado (que hacían resaltar sus dos enormes tetas, carentes de sostén) y un chaleco marrón, su pelo estaba despeinado y colgaba de uno de sus hombros una especie de bolsa incaica donde llevaba libros, discos, y un pañuelo de seda de colores casi transparentes.
Una vez en la casa del amigo de Juan Carlos, el “Yonqui”, suspiré hondo y me senté en un sillón junto a una ventana de cortinas blancas por donde entraba una luz transparente. Eran las tres de la tarde de un día frío. La casa se veía común y corriente, nada fuera de lo convencional, nada raro. Había una mesa, un estante con platos y vasos. Una cocina angosta donde cocinamos la Ketamina en un platito (que luego raspamos con un DNI y vertimos la droga en una hoja de papel marrón) y fuimos a la habitación del tipo, donde (según lo acordado) le inyectaríamos la droga a Juan Carlos y a su amigo y los acompañaríamos durante el viaje.
Lili procedió a sacar las jeringas de su envoltura. Juan Carlos dijo que él podría hacerlo solo. Lili le alcanzó una jeringa y el pomo. Luego le inyectó a su amigo. El tipo quedó privado. Luego el “Yonqui” experimentó una especie de fobia a la jeringa hipodérmica. Se había hecho una bola en la piel intentando inyectarse. Se había infiltrado un poco de oxígeno.
- ¿Y ahora qué hago? -balbuceó, una vez drogado-, no puedo llegar así a mi casa...
Imagino que Juan Carlos, el “Yonqui”, creyó que iba a quedarse con aquella bola en el brazo para siempre.
La habitación del tipo debía ser lo más llamativo del lugar. A pesar de su edad, Fabián (o Fabricio) no se había deshecho aún de sus álbumes de las Tortugas Ninja, no había mandado cambiar sus sábanas y alrededor nuestro, mientras ellos alucinaban, habían muchos detalles insignificantes. Aviones de juguete, plumones Faber Castell, un recipiente repleto de canicas, un muñeco de felpa, cuadernos de pasta dura, exámenes..., etc. Y todo esto por algún motivo, tal vez debido a la escena, causaba en mí un efecto desolador.
El sujeto se levantó de la cama completamente inhibido, reducido a una existencia nebulosa y mental. Se tambaleó un par de veces, se arrojó contra la pared. Balbuceó asustado algo, que sus padres habían llegado, y se fue así dando tumbos, atravesando la habitación. Regando su triste existencia por todo su departamento...
fin de la primera parte
intermedio
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SEGUNDA PARTE
Hay un montón de gente aquí
I. Chico gay
Beto Ortiz le dispara a tus telespectadores esta mañana de diciembre de 1999 (opaca y sin brillo) en la que me levanto y desayuno tarde, alistando todas mis cosas para ir al GYM.
Beto Ortiz es un enorme payaso y cada vez que alguien llama a su segmento de las mañanas en el canal once, Beto Ortiz dispara con una pistola de juguete: hay serpentinas y pica pica en su pelo, lleva uno de esos estúpidos gorros y anteojos de plástico que venden los ambulantes con motivos del año 2000.
Salgo a la calle disparado. Observo con apatía el cielo húmedo, la ausencia de sol, las ganas de empezar con el verano y todo. Hay castillos de papel con punta elástica en las esquinas. La gente anda muy apurada y nadie tiene tiempo de relacionarse con nadie. Inmediatamente me cuestiono y pienso que, efectivamente, un chico gay como yo tiene derecho a relacionarse con quien quiera, y no tiene nada de malo ser un chico gay que va al GYM y se emociona cuando ve un enorme pene (quiero decir, un falo erecto y grande y apetitoso) servido como un banquete en el sauna donde me quito de a pocos la ropa...
Así que:
Escena Uno:
Chico gay entra al GYM con aires de diva. Escenario: el GYM.
Entro al GYM.
El viento inexistente (o sea, el viento que solo existe en mi imaginación) agita mi cabello castaño que ordeno con el traspasar del viento. A mi derecha, una chica de unos dieciséis años me mira emocionada. Sostengo la montura de mis anteojos de sol y paso de largo. Uno de esos tíos cincuentones que levantan pesas de treinta kilos en cada mano me mira con una agradable sonrisa. Sus músculos se tensan. No me produce emoción. Alrededor mío, mi propia imagen se reproduce un millón de veces.
En el baño, por fin, encuentro a Raoul.
Raoul me sonríe. Se quita la ropa. Por un segundo me detengo y contemplo dicho espectáculo. La naturaleza es generosa con alguna gente. Me explico: Raoul es el entrenador aquí. Es el Hombre. Y cuando se mete al sauna, desnudo, yo soy el primero en acabar con todo y acompañarlo para hacerle gastar un poco de saliva, ya saben. Sus músculos son como montañas y sus pectorales son firmes. Todo su cuerpo es blanco, del mismo color, y no le he encontrado un sólo pelo en el cuerpo. Su pene, como ya he dicho, es un falo erecto y grande y apetitoso que me quiero comer. Y lo mejor de todo es que Raoul, efectivamente, parece una estrella porno. Se afeita el pubis y su pene queda como un caramelo o como un chupete.
En conclusión, Raoul está en mi lista de MIWF (Men I Wan a Fuck).
- ¿Como van? -les pregunto- ¿qué tal?
- Bien -me responde Raoul.
Me quedo quieto un par de segundos esperando alguna reacción diferente de parte de los que están en este momento en el baño desvistiéndose. Y entonces ya no sé si Raoul se va a meter al sauna (Dios, por momentos tengo la esperanza de que Raoul también sea gay) pero yo no digo nada, y escucho que Raoul habla con otro tipo, que parece algo joven, casi de mi edad (unos veintitantos años) y ambos dicen:
- ...vuelve, después de almorzar.
- ...Aja.
El chico de veintitantos se ríe. Tiene una barba asquerosa, muy pasada de moda. Es horrible.
- ¿Y bien? -pregunta.
- Dice que almuerza y luego vuelve...
Raoul tiene una expresión en el rostro que nunca antes se la había visto impregnada, y es como si éste Raoul fuera otro:
- ...dice que cuando come tiene volver aquí a bajar lo que ha comido...
El chico de la barba dice:
- Qué pendejo.
Y en seguida:
- Puta qué pendejo.
Me he desvestido con mucho cuidado. Le pregunto a Raoul:
- ¿Vas a ir al sauna?
Raoul me mira y me dice:
- No...
Es increíble, creo Raoul intenta acordarse de mi nombre.
- ...Amín -le digo.
- El sauna está malogrado, Amín.
- ¿Malogrado?
- Sí... algún imbésil ha estado echándole agua a las piedras.
En seguida vino a mi memoria una imagen de mí mismo arrojándole agua a las piedras.
- ...y es que ésta es una cámara seca -continúa Raoul- no un sauna.
- Ya veo...
Intentaré no excitarme.
Raoul me pone de sobremanera pero hay otro tipo que me la pone más dura todavía. Creo que se llama Daniel, o algo por el estilo, y nunca, en toda mi vida, lo he visto entrar al baño. Debe ser muy recatado. Se viste con licras y usa una extraña manera de andar. Una vez le dije:
- Hola.
Y él me dijo:
- Qué tal -mientras corría en la escaladora.
Sin duda alguna, apostaría cien dólares a que es un gay total. Su cara es flácida y huesuda, sus piernas son musculosas. Es un adonis total.
Hoy corro junto a el sin avanzar a ningún lado y Daniel me lanza una sonrisa. Yo respondo en la medida de lo posible el gesto pero tengo demasiado miedo al fracaso. Soy un marica por donde se me mire. Me miro por uno de los espejos (el GYM está repleto de espejos) y espero que algo pase, aunque es imposible que algo pase. Y por un minuto la seguridad que tengo me abandona por completo, y pienso que no soy tan guapo, que no la tan grande...
Daniel contesta su teléfono celular.
- Diga...
Su voz es un susurro que no llega a ser audible. Sin embargo, entiendo que habla de negocios y dice cosas de confeccionar ropa. Y alucino un montón de cosas. Finalmente le manda un par de besos a alguien y cuelga.
Yo alucino un montón de cosas. El sol me cae de espaldas esta mañana de verano.
XXVIII.
XXIX.
XXX.
XXXI. Highway revisited
Escena Dos: Chico gay espera chico gay. Exterior: frente al cine Pacífico, Miraflores. Noche.
Es lunes. Son las once de la noche y Rodrigo no llega. Yo lo espero sentado en aquella gradita que hay frente al cine Pacífico esta noche insular y amarrilla que hay en Miraflores después de año nuevo. Me siento como en París o Londres. Pero Rodrigo no llega y ya tiene como veinte minutos de retraso. Me empiezo a inquietar. Yo nunca fumo pero he comprado cigarrillos. Así que espero a Rodrigo angustiado y fumando cigarrillos.
Como sea. Me pongo a pensar en si Rodrigo no llega. Me imagino llegando a casa defraudado. Hace ocho meses que no tiro con nadie.
- ¡Amín!
Rodrigo ha llegado. Me pongo de pié tambaleante. Rodrigo me saluda con un beso en la cara. Le sonrió. Luce un polo
Melisa no sabe qué decir
Walter recibe información pero no la procesa
Melisa no está siendo creativa
Porquoi tu ne parles pas de ces choses?
¿?
¿Para qué estar bien?
- No pienso quedarme viendo Starsky & Hutch todo el día.
Se puede estar mal. Pero nunca es suficiente. Puedes sentarte frente a la PC e imaginar que tienes un mundo de probabilidades a tus pies. Puedes hacer eso, y muchas otras cosas más (como escribir poemas todo el día o mirar el hilo conductor de las cosas) pero nunca es suficiente, siempre está de más. Siempre hay alguien aguardando algo. Haga lo que haga, siempre va a estar de más si no me siento a escribir mi novela.
- No pienso quedarme viendo Starsky & Hutch todo el día.
Mala actitud la mía esa de pensar en Charlotte y repetir constantemente en mi cerebro que es una puta. Ya es invierno de 1998 y todavía no recibo noticias. Nadie ha llamado a preguntar nada, nadie a llamado a nadie. Nadie ha estado tan solo en el mundo. Nadie intentó jamás escribir con tanto ahínco. A nadie nunca le interesó nadie.
- No pienso quedarme viendo Starsky & Hutch todo el día.
No quiero pensar que mañana más tarde ella vendrá y yo seguiré aquí esperándola.
- No pienso quedarme viendo Starsky & Hutch todo el día.
Cuando me llame por teléfono yo ya voy a estar estudiando en la Universidad (será agosto) y voy a estar exactamente igual que ahora (sentado frente de mi PC escribiendo como un degenerado, con el pelo revuelto y confundido entre personajes imaginarios de un sábado nublado en que me desperté tarde, cerca de las once) y caminaré impaciente entre montañas de ropa usada y montañas de ropa limpia sin planchar, me revolcaré entre papeles indescifrables y desistiré en mi lucha contra el sueño. Caeré tendido encima de la luz blanca del mediodía (exactamente igual a la luz estroboscópica de las tres de la mañana) y repetiré:
- Aló.
- Marcel.
Deletreará palabras como he-venido, estoy-en-la-maldita-ciudad, quiero-verte, te-he-extrañado. Y yo todavía incrédulo le diré entre dormido y aliviado que no sé nada, que ni siquiera sé que mierda de hora es y que anoche las cervezas y las putas, que John Martínez me llevó a tientas por el jirón Quilca buscando algo bueno qué fumar, y terminamos en un cabaret extraño llamado “La Gruta Azul” en donde muchas putas bailaron y se quitaron su ropa interior de plástico.
Le preguntaré exactamente qué es lo que quiere:
- Quiero verte.
Asfixiaré mi malestar con saliva. Vomitaré flema acuosa. Recordaré los pocos minutos en los que Charlotte Nolteus y yo fuimos felices confundidos entre recitales de poca monta, libros y conversaciones inútiles cerca de mi particular punto de vista con respecto a la literatura. O aquella vez que miraba el humo ascendente de su cigarrillo y le pregunté:
- ¿Qué sucede?
Y ella me dijo:
- Nada.
- Ha pasado mucho tiempo -le diré por teléfono- y he sufrido mucho angustiado, esperando este momento. Sé que estás radiante y sé que quieres volver, pero deberías tener un poco de compasión y pensar en mí...
O sino:
- Ha pasado mucho tiempo y muero de ganas de verte aunque sea un instante.
Pero en cualquiera de los dos casos yo termino mal.
Y mientras esto no sucede intento ambientar una escena imprescindible de mi novela este sábado muerto de cielo gris y abandono. Mientras Charlotte Nolteus no llama yo puedo confesar un amor inusitado ante su terrible ausencia.
Pero qué trato de decir con todo esto...
¿Para qué estar bien?
- No quiero que te dignes a venir aquí solo por pena o por soledad...
El teléfono inalámbrico suena.
- No quiero que suene el teléfono y pensar que eres tú.
Cuando contesto la señora Beltrán ya ha descolgado y me dice: Marcel, es para ti. Sugiero un par de cosas de las que he pensado antes, pero no las organizo bien.
Y Charlotte Nolteus lo único que me dice es:
- No pienso quedarme viendo Starsky & Hutch todo el día.
The party
Las gotas que caen por mi ventana son como pequeñas estrellas transparentes que chocan en contra mío. Termina enero y observo a través de mi ventana un amanecer extraño. No sabría cómo describirlo. Walter se pone de pié tambaleante (intentando prender otro cigarrillo) y ahora Walter, quien ha terminado de ponerse de pié y lleva una venda pegada en la cabeza, golpea afablemente mi espalda.
- ¿Qué sucede? -Le pregunto.
Alrededor mío hay botellas de cerveza y ceniceros repletos de colillas fumadas. Los que llegaron aquella noche tuvieron que aguantarse con miedo una sonrisa narcótica en mi cara.
- Ya amaneció...
Marcel, Walter y Marc sostienen sus párpados azulados con vehemencia. Hemos intentado mantener el mismo ritmo loco de anoche. Es decir, el mismo ritmo loco de las once o de las doce, cuando las luces estaban prendidas y corría alrededor de nosotros un aire fresco asentado en mi cara. Y el amanecer...
La gente llegó cerca de las nueve. Malos augurios de parte de la Universidad a la que ingresé. Cuando vi mis resultados a la tarde, exclamé: “¿Y eso qué significa?”. Malas vibras de parte mía con respecto a mi familia. Había un aire denso en el ambiente.
Malas vibras de parte mía con respecto a los que se aparecieron en mi casa.
- Hola.
La cabeza me dio vueltas, había bebido desde la mañana y no me sentía bien. Hubiera preferido comer durante el almuerzo y comportarme como una persona normal, durante un día normal. Pero no podía. Cambié de música. Puse la banda sonora de Pulp Ficcion. Mi casa era invadida por la media luz. La media luz tan tenue, imperante en el lugar. Mi pelo largo y rizado caía por mis hombros, me fastidiaba mucho al momento de inhalar. Me fijé en la hora. Le lavé la cara. Me mojé el pelo. Ahora lo tenía amontonado en la espalda.
Melisa me abordó y dijo:
- ¡Gustavo! ¡Gustavo! Felicidades. Qué chévere que hayas ingresado.
Sonreí a la fuerza.
- Gracias...
- ¿Sabes que vamos a estar en la misma facultad, no?
- No. No lo sabía. -Negué con la cabeza.
Otra vez sentado en la mesa, destapamos un par de cervezas y le ofrecemos un poco a las chicas. Paula y sus amigas estaban muy atentas y aburridas de todo.
- Eso les pasa por venir a aprovecharse de la gente -susurré.
- ¿Las vas a dejar afuera? -Marc también susurraba.- No, no puede ser, estas loco...
Alguien, creo que Canuto, estalló de risa:
- ¡Ja, ja, ja!
Walter salió del baño.
- ¿Qué quieres? -le dije a Marc, mientras entraba en la cocina- ¿Quieres que las haga entrar donde está la diversión?
Minutos más tarde, sin que yo estuviera presente, Marc se puso de pié y empezó a hacer su trabajo. Cuando salí de la cocina, con vasos y sangría helada, lo intercepté.
- ¿Qué carajo haces?
Todos se han puesto de pié, sujetaban sus vasos y miraban fijamente la nada.
- Espacio.
Miré a ambos lados.
- ¿Espacio? ¿Para qué quieres espacio?
- ¡Para bailar!
Marcel lanzó una carcajada. Walter, quien se había inclinado, se paró en medio de la habitación encima de donde la gente supuestamente bailaría...
- ¿Qué te pasa? ¿Estás idiota?
Volví a poner las cosas en su sitio. Marc se sentó agotado. Cambié de música. Puse El salmón. Paula y sus amigas se habían acercado y me miraban atentamente desde la puerta.
- Ustedes -Hice un ademán estúpido y me reí.
Melisa, Cynthia y Canuto nos dieron el alcance mientras llevaba a Paula y sus amigas a la puerta. El cielo yacía negro encima nuestro. Todos coincidieron en que querían salir y comprar algo. Me parecía estupendo, claro que sí, les pregunté si tenían suficiente dinero a lo que Melisa me respondió que no había problema, y luego les pregunte desconcertado si es que ya se conocían todos y ambos extremos rieron estrepitosamente.
En la puerta el viento de invierno me congeló los huesos. Afuera, en la oscuridad de la noche y de mi cuadra, entre los árboles amarillentos y los postes de luz por la noche, entre la niebla que te ciega: un montón de sombras se formaron.
- Qué horror.
Cerré la puerta.
Ahora que lo pienso, todo debe haber sido paranoia mía. Otra vez en la sala, Janis Joplin grita. Los muchachos andamos muy animados, claro que sí. Todo va bien. Walter baila moviendo las piernas eléctricamente. Marcel y Marc se parten de la risa. Ya no suena El salmón por ningún lado. Obvio. Abro una ventana. Otra cerveza. Me muevo al ritmo de la música. Ahora las cosas andan bien. Sí, por supuesto. Claro que sí. Son las once de la noche y suena el timbre de mi casa. Hay fiesta. Pero yo no estoy dispuesto contestar. La noche sigue corriendo. Las veces en las que meto al baño suena Something going.
Alguien abre la puerta a mis espaldas. La verdad es que puede ser que yo esté delirando. Pero la mayoría son en realidad unos verdaderos hijos de puta. Un tipo, al que no conozco, o al que quizá no reconocí, está con una chica, y a la vez, esta chica está con otra chica a la que ella le habla solo con susurros al oído. Todos comen papitas con su cáscara, bañadas en sala a la huancaína que han servido en la mesa, en medio del jardín. Y también llega gente con nombres como: el Muerto, el Muphet, el gordo Manuel, Porongo, junto a más chicas: Verónica, Margarita, Yesenia, Carla... sin contar a Melisa y a Cynthia, por supuesto, y a ese otro sujeto, que no recuerdo bien su nombre pero que con seguridad en un rato recordaré...
La cosa es que Marc se anima y como que se le ha pasado un poco la mano con aquella cosa en el baño, y al instante siguiente ya ha reanudado su trabajo y ahora prende unas enormes luces bicolores sin que nadie le diga nada, y de pronto algunas parejas se ponen a bailar.
Walter me da de palmadas en la espalda.
- Buena voz... buena voz -no deja de balbucear.
Y Melisa, cansada de caminar, se ha sentado junto a mí y dice cosas como:
- ¿Qué tal?
Y yo respondo cosas como:
- Ahí...
Y ella sonríe afablemente.
Melisa huele como a Fuit Loops. Casi sin darme cuenta hago un flashback inmediato y vuelvo a tener siete años.
- Vamos a estudiar juntos -me dice.
- ¿Qué tan justos?
- Lo suficiente...
Melisa ríe. Es una risa estúpida. De chica tonta que acaba de ingresar a la Universidad (aunque el que acababa de ingresar era yo) y tengo el pelo muy largo, nadie me lo había cortado. No soy el prototipo de cachimbo.
Todas bailan. Marc suda frenéticamente. Walter se pone en guardia y de un salto atraviesa la sala y cambia la música otra vez por rock de los 60´s. Luego se pone a bailar moviendo las piernas eléctricamente. Las chicas regresan al jardín.
Todavía hay papitas con su cáscara y cremas. Lo suficiente como para toda la noche. Y, maldita sea, por la mañana se podrirán y toda la casa olerá a mierda.
- Así que vas a estar un año más avanzada que yo.
Melisa asintió.
- Así parece.
Me mantuve callado.
- Quién lo diría -solté, casi espontáneamente.
Marc va a la cocina. Bota a un par de zombis que fumaban marihuana alegremente. Pero eso estaba fuera del alcance visual de Melisa. Ella sonríe sin preocuparse por nada.
- ¡Malditos fumones! - escuché que gritaba Marc echándolos a patadas de mi cocina- ¡Maldita sea!
Melisa se pone de pie. Yo estoy ebrio.
- ¿A dónde vas? -Le pregunto.
Melisa se acomoda el jeans ajustado. Su pelo se ve casi negro entre la neblina y la luz de quisquillosos colores fosforescentes. De repente me di cuenta que yo apretaba los labios y estaba sudando.
- Ya vengo.
Empezaba la madrugada. Entonces todo se iría a la mierda. Eso pensé. La Hilacha, que vestía colorido y llevaba el pelo largo y anteojos, decía:
- ...he recibido un gran ímpetu e interés de parte de mi viejo, ¿sabes? y de mi vieja también...
Volví a renegar de todos una vez más.
- Malditos perros -susurré.
Entonces yo llevaba el pelo rizado, en aquella época, y este pelo rizado estaba muy amontonado encima de mi espalda, y vestía como beatnik y todo lo demás sonaba como el Honestidad Brutal pero sin las canciones melancólicas, que vendría a ser como el disco número tres de El salmón que ahora suena, y todo está tan quieto y es a la vez tan hermoso como ruin, y yo me veía a mí mismo tan joven...
Una chica viene y me pregunta por los demás discos de El salmón.
- Son cinco -le mostré-, como los dedos de una mano.
Le enseñé mi mano.
- Eso ya lo sé... Te estoy preguntando dónde es que están, quiero verlos...
- ¿Por qué? -Le pregunté, y en seguida-. Están por aquí...
- A ver...
Ella los miró detenidamente.
- Tengo más inéditos, si deseas...
- No. Quiero ver estos ahora.
- ¿Para qué? -Me reí.- ¿Te los vas a llevar?
Pausa.
- Qué tal imbésil... -susurró.
Me quedé mudo. Pedí que me alcanzaran el Deep Camboya. Se lo mostré.
- ¿Qué es esto?
- Es como un disco. ¿Sabes? Acaba de salir... Es como muy narcótico...
Ella emitió un sonido con la lengua. Un chasquido, pero con eco. Llevaba una falda hasta por los pies, un escote muy escotado, y zapatos de tacón alto.
Luego refunfuñó:
- Jmmm...
- Así es -cabeceé. Miré mi reloj, eran casi la una de la madrugada.
Pensé que había encontrado buena conversa, así que me reí y después me digné a hacer una mueca muy narcótica, muy coquera, mientras el otro tipo, que acompañaba al grupo de la Hilacha, estaba parado en frente mío, y también contemplaba algunos discos con ella y susurraba.
Luego vi el Deep Camboya entre sus manos.
- ¿Quieres escucharlo?
- No.
Hubo una pausa.
- ¿Entonces qué quieres?
- Quiero saber dónde lo haz conseguido.
- En Internet.
- Ya veo. Pero ¿en dónde?
- Creo que es... especiesquedesaparecen. com. ar... Una mierda así, algo por el estilo.
- ¿www.especiesquedesaparecen.com.ar?
- Creo que sí.
- No. -Intervino Marcel, haciéndome a un lado-. Ha cambiado, ahora es www.calamaropuntocom.com
- ¿Estás seguro?
- Sí.
- ¿Seguro?
- Creo que sí.
- Entonces debe ser ése.
La chica y el otro tipo se quedaron mirándome atentos.
- ¿Ustedes cómo se llaman?... O mejor dicho... ¿Qué es lo que hacen aquí?
Era una pregunta clara. Transparente, casi brillaba. Era cristalina. Ambos se miraron mutuamente, sin mucho interés.
- Vinimos con él -señalaron a la Hilacha.
- Ese concha... -exclamé, lírico-. Creo que voy a vomitar.
Eran efectos del alcohol.
- Ya me lo imaginaba... -dijo Marcel, y en seguida- ¿quieren escuchar el disco, verdad?
Ambos negaron con la cabeza.
- Es igual.
Mientras colocamos el disco sonriendo pensamos que poner eso en una fiesta así era como decirles a todos que la cordura se acabó, porque, o estás en su película o estás en la mía. Y la chica, que se llamaba Lili, a pesar de todo, sonrió a medias con algunas de las mejores canciones del Deep Camboya: pura psicosis anfetamínica. Y Diego, el otro tipo, ni se inmutó. Nosotros nos reímos, y por alguna razón el baño permaneció ocupado desde tempranas horas de la noche.
Por un segundo pensé que iba a quedarme dormido pero cuando otro tipo del colegio, a quién no reconocí a primera vista, se sentó frente a mí y me saludó y empezó a hablar de una chica que se llamaba Karen y etc...
- Por favor, que alguien se lleve a este sujeto -imploré.
Marc, quien bailaba frenéticamente con una chica, volteó y me hizo una seña obscena con los dientes. Nadie se percató de ello. Por igual, nadie se llevó al sujeto.
- Maldita sea -susurré-, llévenselo antes que le parta la cabeza con un machete...
De entre la luz narcótica salió un tumulto de gente desorientada. El gordo Manuel fumaba cigarrillos sentado en un enorme sillón color rojo. Como pude, me escabullí hasta lograr insertarme por una ventana secreta al baño. Cuando salí de allí tenía la nariz entumecida. Era verano. La niebla llegó y tocó la superficie del agua en mi piscina.
La chica, Lili, se había sentado en mi sitio, frente a Marcel y a Walter, quienes se mantenían quietos y agazapados. Marc había traído consigo un montón de anticuchos y picarones calientes que se había tragado sin masticar.
- Tú hermano los hace -me comentó-, trae más antes de que se acabe -alcanzó a gritar entre la música demente de las dos de la mañana.
Walter y yo fuimos tras ellos. Tomás se había puesto un sombrero de chef y llevaba consigo un mandil que rezaba Kiss me please o Kiss the chef o algo por el estilo... Me paré y fui hasta donde salía el humo y el olor a comida. Pillé un par de platos y me senté frente a la parrilla a esperar. Alrededor mío. Uno de los chicos malos del colegio estaba ahogándose en mi piscina. Tuve unas ganas increíbles de erguirme con un solo pié y huir.
- Vamos, Gustavo, es tu hermano... qué digo... es tu fiesta... Como tu representante, te recomiendo que arrimes a toda esta gente de aquí y pidas tu parte...
A aquellas horas de la madrugada, con todo el alcohol circulando por mis venas, el rostro de mi hermano Tomás resplandecía en lo que parecía ser una parrilla eléctrica algo vieja, que había posicionado justo a un costado de la otra salida que tenía el interior de mi casa al jardín. Justo donde Marc había votado a los trastornados drogadictos que fumaban alegremente marihuana en mi casa. Una nube negra oscureció la noche.
- Vamos... vamos. Arrímense que hay para todos.
Walter pensó que íbamos a esperar para siempre.
- ¡Te digo que pidas nuestro anticuchos!
Vacilé un tanto, exterminé un par de ideas en mi cabeza.
- Está bien... está bien. Ya va.
Pateé el culo de unas cuantas chicas. Yesenia me miró enfadada. Me negué a patearle el trasero a Margarita. Luego Lili, otra vez ofuscada e inexplicablemente adelante mío, me miró con lo que parecía ser una perfecta cara de culo y dijo que el disco inédito estaba bueno, quiero decir, interesante... Pero como que le faltaba escuchar aún varias canciones del disco quíntuple. Así que no le dije nada y me limité a darle la razón.
- Claro que sí, por supuesto.
Tomás colocó algunos cuantos anticuchos en un pequeño platito de plástico. Esperó a que Lili se fuera. Un uruguayo, al que mis amigos y yo conocíamos tan solo como Uruguayo Sin Termo acompañaba a Tomás en la parrilla y reía bastante sujetando lo que parecía ser un brillante vaso de wiscky amarillo en las rocas. Me miró con una cara y una sonrisa medio retorcida y una barba incipiente.
- ¿Cómo te va, chico? Te felicito, eh.
Luego Tomás se negó a servirme papitas y anticuchos para mí y para mis amigos en platitos tan ridículos. Así que cogió lo que parecía ser un plato grande y me sirvió media docena de anticuchos al hilo. Uruguayo Sin Termo brindó por mi excelente puesto y mi sabiduría plena. Yo tartamudeé y me reí.
- Sabes que no es para tanto.
Uruguayo Sin Termo suspiró.
- Nunca es para tanto. ¿Has visto? Tu hermano es un genio -le dijo a Tomás-, tu hermano es lo más...
Lili me abordó sin mucho miramiento. Vi que el Canuto y su prima Yesenia discutían por algo. Luego vi que Lili y Canuto conversaban muy alegremente. Luego vi que Canuto y sus amigos se drogaban mucho en el baño, salían de allí todo tipo de sabores y olores.
Dieron las tres de la mañana. Era imposible seguir el ritmo loco de la noche. Marc estaba asustado sentado en el sillón, frenéticamente seguro de que la gente lo alucinaba demasiado.
- ¿Por qué la gente me alucina tanto? -Decía.- ¿Por qué la gente está tan loca?
Sonaba una canción que habíamos bajado recientemente de la red. Andrés Calamaro baila y dice “¡muerto el perro se acabó la rabia!” y en seguida hace combinaciones terminadas con INA: “codeína, anfetamina, carolina... propina, mina, cocaína fina, nicotina y alquitrán...”.
Un chico, al que algunos llamaban el Podri y otros llamaban Camilo, rescató al sujeto que se ahogaba muy drogado en mi piscina. Tomás, que estaba ocupado cocinando los anticuchos y picarones no se dio cuenta de nada. A pesar del esfuerzo sobrehumano de Marc, nadie había logrado acabarse las papas. Un chico, medio retrasado mental o muy pasado en Éxtasis, se le ocurrió la loca idea de regalarme un panetón, y exigía (como algo muy corriente y perfectamente normal) que lo abriera para comerlo entre todos. Marcel lo partió por la mitad.
- Este es para ustedes... y este para mí.
- No, broder... te digo que es para todos....
- Es igual.
El tipo del regalo comestible desapareció entre las sombras amoratadas antes de acabarse el panetón. Marc aulló diciendo que había visto un gato.
- ¡Es un gato! -gritó- ¡a atravesado la habitación de esquina a esquina y es negro!
De pronto todo olió a marihuana dulce. Al principio no le hicimos caso, pero Marc se enfureció de repente. Tenía la cara sucia de miel y migajas de panetón barato. Aulló. En un diente mal curado se había quedado atrapado un pedazo de fruta seca pintada de rojo.
- ¡Malditos hijos de puta!
El olor venía del segundo piso. Marc corrió de prisa. Pateando la puerta logramos alcanzarlo con dificultad. No era el segundo piso. Era el tercero. La habitación era desde hacía unos tres años aproximadamente, un depósito de basura. Nosotros no teníamos acceso al segundo piso, donde dormían mis padres con música ambiental, kilos de Xanax, y muchos tapones para los oídos. Walter llegó traspirado. Adentro, una orgía.
Lili, la Hilacha y otro tipo fumaban de lo lindo. Habían pintado líneas blancas en los espejos y habían tenido una orgía privada. La Hilacha, quien tenía un varulo prendido en una mano, se reincorporó de prisa.
- Hombre, sabes que no es lo que parece.
A Marc se le abultó una vena en la frente. Por su mirada pude suponer que la fiesta había terminado. No quise ver lo demás.
Marc estampó a la Hilacha contra la pared. Marcel miraba fijamente a Lili quien permanecía desnuda, muda y contemplándolo todo. El otro chico, que no recuerdo bien cómo se llamaba, se apresuró y se vistió con lo que pudo (cuando los interrumpimos, aún estaban desnudos, y la Hilacha practicaba sexo oral con él) y una vez listo, con un pantalón mal puesto, se abalanzó contra Marc.
Marcel alcanzó con una sola mano un bat de baseball. Walter buscó otras cosas más entre los estantes de madera podrida. Marcel derrumbó al tipo que trataba de privar a Marc. Un par de golpes inseguros en la cara. Con un mínimo de descuido, Walter yacía debajo de una cama giratoria. Había sangre por todas partes. Lili (entonces yo se veía fea y narizona, estaba completamente desnuda) continuaba muda y paralizada del todo.
Marc volvió a gritar. Sus ojos se salieron de las órbitas. La Hilacha vomitó. Con más razón, Marc y Marcel prosiguieron. Me incliné a auxiliar a Walter que sangraba. Habían lágrimas en su rostro. Lili inhaló un par de líneas más por medio de una cañita ante la incredulidad de mis ojos.
- ¡Qué carajo!
La Hilacha se desmayó.
FIN DE LA PRIMERA PARTE.
Intermedio.
Piano. Sonaba el piano. Sí. La vecina tocaba su piano, y lo hacía con mucha fuerza y delicadeza mientras yo despertaba ese sábado que no parecía sábado, pero que tras un mínimo de tiempo (que en realidad fueron tres horas) y una serie de pensamientos sin importancia, pude ponerme en guardia y susurrar que la nada, que la noche, que no estuvo tan malo (aunque en realidad había sido muy malo, demasiado malo) y una vez confirmada la quietud de aquel día, y habiendo comprobado que era ese día y no otro, me levante de la cama y me fui.
FIN DEL INTERMEDIO.
Segunda parte.
- ¿Qué carajo has hecho?
- Puta madre.
- ¡Se acabó! ¡Huevón! ¡Se acabó todo!
Era de madrugada en la azotea.
Y la única testigo que podría alegar algo en contra nuestra no dejaba de meterse líneas desesperadamente por su nariz, usando un pequeño pedazo de cañita encima de un espejo.
De inmediato pensé en comisarías, y de comisarías pasé a pensar en delegaciones, y de delegaciones pasé a pensar en laboratorios, y los laboratorios me hicieron recordar viejos exámenes de toxinas, y eso me hizo pensar que todos estábamos locos y en el mismo barco que se hundía.
- ¡Mierda! -Le grité a Lili- ¿Quieres dejar de hacer eso?
Walter lloraba. Decía que había perdido una pierna.
- He perdido una pierna -decía, entre quejidos- ¡no siento mi pierna!
Una voz en mi interior decía que con eso iba a aprender a dejar de hacer tantas tonterías. Pero la verdad es que no le creía nada a nadie y menos a esa vocecita tan estúpida que había en mi interior. Y por otro lado no podía dejar de estornudar, soy alérgico al polvo.
Habían pasado ya quince minutos desde que cesó la violencia en mi azotea. Parecía titular de periódico chicha. Y abajo la música y el trago habían hecho lenta la velada y había hecho que nadie se diera cuenta de nada. Hasta la luz pasó de ser tenue a rojiza. Todo había sucedido en la más completa oscuridad. Y todo aún olía mucho a sexo.
Walter pidió una calada.
- No amigo -dijo Lili-, ten esto. -Walter aspiró todo lo que pudo- Te quitará el dolor. Claro que sí. Ya no sentirás nada.
Diez minutos más tarde caminábamos por el techo suspirando. La ciudad y los alrededores en medio de la absoluta neblina. Era enero.
Temblábamos.
- No es para tanto -dijo Marcel.
- ¿Eso crees?
- Por favor... estaban fornicando en mi azotea. Es como para darles una paliza... por Dios...
- No.
Marc sudaba. Hacía un frío estremecedor. Marc llevaba apenas con un polo y una camisa de manga corta encima.
- Es que no lo entienden -agregó-, nadie mata a nadie así como así...
Lili, que estaba en ese momento con nosotros, hizo un sonido con los dientes:
- Oigan, vamos... yo hubiera hecho lo mismo... por favor. Nada más son un par de cabros, cualquier juez los ampararía en una situación así.
- ¿Qué? -Intervino Marc- ¿No has oído hablar del MHOL? Movimiento Homosexual de Lima... esos tíos van a saltar en una apenas escuchen las noticias por la mañana... ¡Y no van a necesitar que nadie los llame!... Van a...
- Tranquilízate Marc. Vamos, ¿de qué estás hablando? -Walter llevaba un trapo mojado en la cabeza de donde sangraba.- ¿De qué lado estás?
- Bueno, chicos, tranquilos... -dijo Lili-, lo primero es ver si de verdad están muertos...
Nos escabullimos del techo a la azotea, caminamos uno por uno hasta el cuarto que era un depósito. Toda una fila de cachivaches, incluyendo una cama portátil de acero puro de los años cincuentas que había caído encima de la cabeza de Walter, claro que ahora él ya no sentía nada...
- Tengo la cara como piedra -aseguró.
Caminamos hasta la habitación y prendimos la luz. Por primera vez vimos el desastre. La sangre de la Hilacha era negra, demasiado negra, y había salido por su boca, junto con un diente y saliva. Aparte de un fuerte moretón en la cara no tenía nada. Por otro lado, ni quiera sabíamos cómo el otro sujeto, Diego, se había desmayado. Ni siquiera tenía golpes claros, ni nada.
- ¿Nos están hueveando?
- ¡Puta madre! ¡Ya estuvo bueno! -Grité.
El chico, Diego, se despertó asustado (o quizá nunca se desmayó, ¿o estaría anémico?) no llevaba nada encima y su pecho era oscuro. Me percaté de una mancha de semen en la pared.
- Pero qué tal mierda -exclamé.
Apagamos la luz y nos fuimos. Le dejamos encargado a Lili que bajara el cuerpo, inerte o no, de la Hilacha. Y también le dijimos que no volviera a manchar la pared con semen o con algún otro fluido corporal. Le ordenamos que lo limpiaran todo, porque sino no conseguiríamos seguir con la fiesta en paz.
Del segundo piso bajé alcohol, curitas y una enorme venda para el pobre Walter, un poco de algodón y demás. Me fijé en mis padres, que dormían tal vez el sueño de los justos. Observé unas pastilla refrigeradas, buscaba gel o hielo para desinflamar los golpes de Walter. Había una que no recuerdo bien cómo se llamaba pero que contenía 2.5gr de clorhidrato de cincocaína. Me alarmé. ¿Qué hacía eso en mi casa? Leí las instrucciones. Vía: rectal.
Lo dejé a un lado.
Terminé en la cocina acumulando en una bolsita algo de hielo para el pobre Walter. Una vez que volví a la reunión, Lili, Canuto y Melisa estaban sentados en una misma mesita negra. Pregunté por la Hilacha y me dijeron que estaba arriba limpiándolo todo. Fui donde Walter, y él dijo:
- Uy, buena voz... justo lo que necesitaba...
Arrojó los hielos en un enorme vaso de ron.
- Gracias, Gustavo.
- Pero Walter. Te he traído los malditos hielos para tu cabeza.
Walter respiró: shhh, shhh...
- Con las vendas y el algodón estaré bien...
Me pregunté si la Hilacha y su amigo estarían en realidad limpiando la azotea. Una ola de adrenalina sacudió mi cuerpo. No me interesaré en averiguarlo, pensé.
Otra vez Melisa está junto a mí y huele a Fruit Loops. Le comento que yo comía esos aritos de colores cuando era niño. Le cuento que me fascinaban, que cuando tenía más o menos seis o siete años no podía estar tranquilo si esa cajita roja y aquel pajarraco horrible estaban cerca de mí, acechando...
Ella me preguntó:
- ¿Qué?
- Olvídalo.
Ambos hacíamos cola esperando más anticuchos.
- ¿Y cómo es que has estado últimamente? -me preguntó.
- Bien...
Hubo un silencio desastroso.
- ¿En serio?
- ¿Cómo debería estar, según tú?
- No lo sé... -dijo Melisa, mirando el cielo negro- como yo: feliz, contenta, entretenida... Tal vez relajada, por haber ingresado a la Universidad...
- ¿Después de tanto tiempo? -Le increpé.
- Pero estuviste trabajando, ¿verdad?
- Sí. Eso creo.
Melisa me dirigió un ademán extraño. Su cuerpo y sus piernas se juntaron con las mías.
- ¿Qué sucede? -Me dijo.
- Nada.
- De repente te has puesto extraño.
- ¿Eso crees?
- Sí.
La Hilacha y su amigo bajaron las escaleras tranquilos. Miraron alrededor, la Hilacha parecía estar de lo más normal, herido y sin un diente, pero de lo más normal.
Dejaron la escoba y los trapos sucios junto a la escalera. Caminaron hasta donde estaba Lili y le enseñaron algo entre los dedos. Me pregunté si se estarían llevando algo de valor de la azotea.
- Oye.
- ¿Qué cosa?
Tomás y su amigo avisaban que no había más anticuchos para nadie y cerraron la parrilla.
- Es triste -opinó Melisa.
- ¿Quedarnos sin anticuchos?
- No -exclamó, soltando una risita- ...eso no.
- ¿Entonces?
- Es triste empezar clases.
Lo pensé.
- No es triste. Es odioso...
- En fin.
Uruguayo Sin Termo dijo que aún habían algunos anticuchos más para nosotros. Cerraron el bar. Ya no había más ron. Uruguayo Sin Termo dijo que aún habría algo de ron para nosotros. Poco a poco la gente fue abandonando la reunión..
Melisa comió un par de anticuchos más. Marc dormitaba pero aún sabía llevarse el vaso ron a la boca. Uruguayo Sin Termo se fue, y de un minuto a otro Melisa ya no estaba más en ningún lado. Entre los cuatro restantes, ya noqueados, ya inconscientes, tuvimos que agazaparnos abrazados y tuvimos que ver amanecer una vez más. La mañana. Terrible. Dolorosa e insípida.
Punzo cortante.
- Ya amaneció.
Miré a Walter en sueños.
Teníamos los ojos rojos y nuestras ojeras eran verdes y azuladas.
- Por favor, dime algo que no sepa...
El olor a podrido se apoderó de la casa. Las salsas que Tomás había metido al comedor eran ahora un bodrio de feria rural y carnaval polaco.
- Es mejor que nos vayamos -le dije a Marc, sacudiéndolo fuertemente- mis padres no deben tardar, ¡bajarán en cualquier momento!
- ¡Ya va! ¡OK! ¡Ya va!
Una última canción sonaba en la radio. Era AM. El programa se llamaba La Máquina del Tiempo, y duraría una eternidad más.
Marcel alcanzó a decir:
- ¡Asu! ¡Pero qué duro!
Lo intentamos cerca de media hora. Nadie podía mantenerse en pié. Sin embargo, todos avanzamos por el jardín hacia la puerta. El amanecer era frío, lleno de neblina. Le di mi encendedor a Walter. Pronto me di cuenta que no se trataba de un cigarrillo normal, sino que más bien era un enorme varulo blanco que todos fumamos sin excepción alguna, haciendo equilibro parados en un solo pié, aquella mañana soleada de verano.
Y dije:
- Esto es demasiado. -Antes de irme a volar a mi cama, medité un poco acerca de nada, y me fui a vomitar inconsciente del todo. Insatisfecho hasta conmigo mismo, con el cuerpo cortado, borracho y drogado.
Inapetente.
Una palanquita y mi cerebro quedó en Off.
Miriam Ramallo
Estoy decorando con Roxana una tiendita en pleno Miraflores. Estamos como a cuadra y media del Parque Kennedy y Roxana no deja de fumar mucha hierba y de mirar a ambos lados, tanteando donde debe ir tal cosa y donde debe ir tal otra. He pasado con ella toda la mañana. En una pared (la tiendita es bien chiquita, tiene aproximadamente tres o cuatro metros y medio de largo por seis de ancho, y luego está el mostrador, el depósito y el baño) hay toda clase de ropa psicodélica que Roxana confecciona (hay, por ejemplo, ropa interior de mujer teñida con colores chillones) y los probadores son cuartitos con telas extendidas y en el paso del mostrador al depósito todavía no terminamos de decorar bien nada.
Hemos invertido mucho dinero en este negocio y no recibimos ayuda de nadie. Somos Roxana y yo contra el mundo.
Es invierno del 2002.
Por la mañana fui a la casa de Roxana en Chacarilla. Roxana me recibió cansada, sin ganas de hablar conmigo, y yo le pregunté:
- ¿Qué chucha te pasa?
La casa donde vive Roxana desde hace un par de meses (cuando llegó de Brasil con su maleta y su hijo y un montón de problemas no resueltos) es la casa de su abuela en Chacarilla, y está conformada sobretodo por muebles antiguos y ventanas que ocupan paredes enteras.
- Nada, Miriam. No me pasa nada.
Roxana, molesta, fuma marihuana en el pequeño jardín de la casa de su abuela, mientras yo estoy sentada a su lado mirando el pálido cielo de invierno caer encima nuestro. Tengo el pelo pintado de rojo, esta temporada, y visito la casa de mi madre una vez por semana. No tomo café, pero ella me invita un té helado y ya no habla ni pronuncia una sola palabra sobre mi padre, de paradero desconocido, y se supone que ha aceptado por completo mi condición y todo eso...
- ¿Qué sucede, chicas?
Amín ha entrado al jardín y lleva consigo un vaso de coca cola helada. Nos mira risueño, con una cara casi retorcida por el sol (¿o es la resolana? porque en invierno no hay sol) y nos ofrece a cada una de ésas frutas a las que él mismo llama por su nombre: mamey.
-No Amín -le dice Roxana- nadie aquí quiere mamey...
Amín bosteza. Toma un mamey que lleva al jardín en un plato y se lo come. Lo empieza a chupar como si fuera una especie de mango jugoso y se lo termina. Roxana sigue fumando debajo de una piscina de juguete (una de ésas piscinitas inflables) y por un momento los tres nos metemos debajo de ésta piscina de plástico y fumamos, mientras la luz del día y el sol cae encima nuestro.
Amín no fuma. Igual se une a nosotras y nos cuenta:
- He conocido a un profesor de inglés, Dios...
Para Amín todo es muy normal. Y todos son homosexuales. Ansía uno de ésos hombres velludos, de piel lozana, que lo haga ver las estrellas. Y este profesor de Inglés, continúa Amín (mientras fumamos dejado de esta piscina de plástico y repite una y otra vez la historia de su profesor de inglés) vivía en Nueva York hasta hace unos días. Unos tres o cuatros días, repite Amín, y dice: este profesor de inglés, es el hombre que he esperado siempre. Ya saben, chicas, es él... Pero ni Roxana ni yo le creemos.
Luego caminamos por el parque Kennedy, cansadas, después de arreglar el día entero la tienda, esperando algo de buena suerte de parte del destino. En particular el día de hoy rondan por mi cabeza
Amín se fue a eso de las cinco. Se iba a encontrar con un chico en la puerta del cine Pacífico. Roxana dice que son casi las siete de la noche y caerían bien un par de cervezas.
- Sale.
En un lugar
Droguerto no tiene a nadie
Cuando vivía en Magdalena conocí amigos como la Hilacha.
La Hilacha era un tipo mucho menor que yo, algo inquieto, algo gay también, pero sobretodo era un buen tipo. Parecía uno de ésos que van de aquí a allá todo el tiempo, sin pegarse demasiado a nada. Entonces un día conversamos. Le acompañaba su prima Paty. Paty vivía en un hueco, quiero decir, vivía junto a uno de ésos lugares donde se expenden drogas. El lugar era llamado por todos Tienda, lo cual significaba muchas cosas. Pero nosotros sólo parábamos por ahí, dando tumbos, así que no nos importaba nada. Ni que Paty viviera en un hueco, ni nada. La Hilacha tenía el pelo amotinado. Decía que en cuanto saliera del colegio se dejaría el pelo largo hasta la mitad de su espalda. Fue una promesa que cumplió.
Finalmente caímos rendidos con la noche. A la Hilacha no le interesaba nada y Paty seguía igual que siempre. Contemplamos el devenir de las nubes rojizas que ese verano, no recuerdo cual, nos miraron abandonados, arrojados a nuestra suerte en la ciudad.
Yo vivía un romance platónico con Paty.
- ¿Ahora qué hacemos? -preguntó.
- Nada, esperar el placebo... -dijo la Hilacha.
Tuve unas terribles de abrazar a Paty y decirle cosas horribles.
- ¿Qué es placebo...? -Preguntó Paty, consternada.
Yo no sabía qué hacer. Estaba loco por ella.
Paty lanzó una carcajada. Sus facciones eran suaves, su pelo era lacio y desordenado. Sus ojos eran unos enormes ojos marrones.
- Me estás jodiendo -dijo Paty- ¿qué es placebo?
La Hilacha bostezó. Estábamos sentados, mirando el mar. Parecíamos muy tranquilos con todo esto, pero no era cierto. No nos importaba nada. Nunca nos satisfacía nada (tampoco había nadie interesado en satisfacernos) ni íbamos a la playa, ni nada.
La Hilacha se susurró algo al oído a su prima. Paty rió. Se miraron de forma extraña. La Hilacha me dijo:
- ¿No es cierto?
Lo miré fijamente.
- ¿Qué cosa?
La Hilacha retuvo sus palabras en la punta de su lengua, entre sus dientes. Sonrió. Era extraño que Paty, siendo lo hermosa que era, fuese prima de la Hilacha.
- Ya sabes -me dijo- ¡Placebo! -y empezó a moverse de manera extraña.
- ¿Eh?
Yo era algo mayor que ellos, pero algunas veces no entendía lo que decían. Hablaban en clave.
- Puta madre -susurró la Hilacha.
Cuando me refugié en mi música de manera definitiva, sucedió que mis amigos, de un momento a otro, en la Universidad donde estudiaba y en el barrio, me dieron la espalda.
Fue un invierno caprichoso el de 1997 y me dejó sin hablar, sin nadie.
Entonces el pelo creció más de la cuenta y a mis dieciocho años hice planes de largarme para siempre de casa. Ya no me interesaba mi madre, ni mi padre, ni sus problemas, ni su separación. Cuando por fin la cosa explotó en casa yo me encerré en mi cuarto a dormir y a escuchar Nirvana.
Kurt Cobain reflejó por entonces mi estado de ánimo y mi depresión.
Por fin llegó la oscuridad total y me oculté debajo de mis ropas negras y mi mal humor constante. Llegó el día en que me olvidé de bañarme y cada vez que salía de casa acomodaba mi walkman negro y mis wiros en el bolsillo delantero de mi pantalón militar. Era un guerrillero (en el sentido más artístico de la palabra) era un músico desconocido y un paria. Pronto la gente con la que me cruzaba en la Universidad eran solo bohemios o drogadictos innombrables. Pronto preferiría perderme con ellos y comprar marihuana en lugar de entrar a mi clase de Ética y deontología.
Kurt Cobain se suicidó y yo también me iba a suicidar. Pero mi padre decidió irse de casa primero. Entonces no me reuní a llorar con ella (mi madre) en su habitación, sino que yo también me encerré, y Kurt Cobian siguió dando de alaridos por toda mi casa junto a una fragancia muy amarga, producto de horas de desvelo y llanto, y mucha droga y desesperación.
Entonces pensé que yo nunca sería bueno para nada. Droguerto nunca será bueno para nada, y nunca le servirá para nada a nadie, pensé, y me deprimí aún más. Un día salí a pasear por mi casa, creo que era un viernes cualquiera sin nada de gloria, y me limité a dar de tumbos por ahí, borracho y sin ningún bar cerca, solo medio wiro sin fumar y un casete de Nirvana que ya nadie escuchaba. Sólo un imbésil como yo sin lugar a dónde ir, y sin nadie, ni un solo amigo se acordaba de mí, después de años enteros de lucha, después de tantos sueños destrozados y tantas promesas incumplidas, Droguerto se desmoronaba a unos metros de casa. Fue cuando escuché ese ruido extraño. Estaba sentado en las escaleras de una casa abandonada, frente a una de esas enormes construcciones de concreto (tanques) que almacenan el agua sin usar. Escuché el lamento de un gato en medio de la completa oscuridad. Era un gato pequeño. Maullaba. Pero yo no estaba para gatos. Menos para un gato pequeño, de ésos que te piden comida a toda hora y en los que tienes que concentrar toda tu atención. Y este gato estaba varado en medio del parque frente a donde yo fumaba. Maullando todo el tiempo (¿buscaba comida? ¿cariño? ¿un techo dónde abrigarse?) no lo sé. Me apuré en terminar de fumar lo que quedaba del wiro y volver a casa.
Mi padre me pregunta si quiero comer algo, es domingo a la noche y se ha despertado malhumorado. Yo asiento y tenemos una conmovedora escena padre e hijo en el parque. El parque luce un poco decadente, tomando en cuenta de que en mi sueño el parque es una simbología de mi infancia. Extrañamente, jugamos a pasarnos el balón por momentos, y entre intervalos indefinidos, ambos bebemos agua mineral y nos miramos las caras sin ninguna expresión. Él tiene la barba crecida y se le ve muy viejo. La situación en el país lo obligó a ser un desempleado más.
La cuestión es que estamos otra vez en la casa (y otra vez es de noche, y todo se ve blanco y negro) y él está fumando un cigarrillo y lee el periódico. Yo alisto una mochila con algunas cosas adentro (lo indispensable, quiero decir: un arma, un libro, mi walkman negro, un poco de ropa usada y algunos apuntes, marihuana y una lata de cerveza caliente) cuando mi padre pregunta:
- ¿Dónde vas?
- A la calle.
- ¿Para qué?
- De ahora en adelante voy a vivir sólo.
Mi padre sigue mirando el periódico, sin interesarse por nada.
- No te creo.
- Pues deberías creerme.
Estoy por salir de casa.
- Aguarda -me dice.
- ¿Qué?
- ¿Dónde vas a vivir?
- En la calle.
Mi padre asiente, y parece resignado.
- Está bien, haz lo que quieras.
Droguerto B. Good
Iba buscando un lugar donde hospedarme. En casa de Lucía, en Los Álamos, me ofrecen un cuarto y a la noche siguiente ya estoy cenando con ellos. Es una familia de verdad agradable, simple y de buenas maneras. Nada fuera de lo normal.
Lucía en un principio no me llamó la atención en lo absoluto. Yo estaba harto de la Universidad, y cada vez que iba era pura mierda. Finalmente, cuando mi madre se largó a vivir a Santiago de Chile, una ola de adrenalina surcó mi cerebro un instante. Iba a ser la oportunidad que yo buscaba hacía años. Mi vocación por la música había desaparecido considerablemente. Por otro lado, era el año 1998 y había leído un par de libros como el de Ray Lóriga y “Cien años de soledad”, y todo ese rollo. Pero nunca me interesó la literatura hasta después de conocer a Lucía.
Había llegado a su casa en Los Álamos con un par de maletas pequeñas. Era la primera mudanza que hacía en mi vida y era la primera vez que iba a estar tan solo en el mundo. Finalmente los papás de Lucía me dieron a cambio de cien dólares mensuales comida, techo y abrigo.
Pero lo que nadie sabía era que yo era un hijo de puta que no respetaba nada, y después de en unos meses de encerrarme en mi habitación (nadie me tocaba la puerta a molestar, nadie excepto Lucía se dio cuenta de que yo fumaba mucha marihuana y escuchaba música pesaba, bebía mucho y me masturbaba...)
Tristemente un día ella me habló.
- Oye tú.
- Me hablas a mí.
- Sí, ven.
Era extraño, Lucía estaba en pijama desparramada en el sillón de su sala viendo televisión. Era un martes por la mañana, creo, y supuestamente yo debería de estar en la Universidad. Pero no había nadie en casa.
- ¿Te gustan los Tiny Toons?
Miré a la pantalla con desgano. Últimamente me bañaba seguido pero ese día, precisamente ese día, no me había bañado ni echado desodorante ni nada. Había desayunado con cautela una manzana, un poco de yogurt, y había fumado un wiro enorme en mi habitación.
De repente me entró pánico.
- Me parecen bien.
Lucía me miró atenta. Se veía muy bien con su pijama celeste y su media cola en el pelo. Su sonrisa no la desmerecía en lo absoluto. De repente me puse nervioso.
Lucía cogió el control remoto y lo agitó en frente mío.
- Yuju, Roberto...
- ¿Qué?
- Te pregunté si querías cambiar de canal -modificó el tono de su voz, era una pregunta retórica.
- Los Tiny Toons me van muy bien, en serio.
Mentira: me parecían dibujitos antipáticos y poco inteligentes. Era un programa muy aburrido y a Lucía parecía gustarle de sobremanera.
Entonces me pregunté cuántos años tendría Lucía y cuánto tiempo había perdido escondiéndome de su mirada en la mesa. Escondiéndome de su habitación y de su vida. Si de todas maneras yo vivía con ella, tenía que, tenía...
- Roberto, ¿te puedo preguntar algo?
- Ya lo estás haciendo.
Lucía terció una mueca, sonrió.
- Dale.
- ¿Por qué siempre vistes todo de negro?
Miré mi ropa asustado. En qué momento Lucía se había fijado en mi ropa. En qué momento.
- No sé, Lucía. Nunca me lo había preguntado.
Ella sonrió mirando la pantalla y mordiendo el control remoto con ambas manos.
- A mí me han dicho que el color de la ropa dice mucho de las personas...
La bulla de la televisión hacía la escena algo extraña. Lucía me empezó a incomodar.
- ¿Y qué más has escuchado?
Por lo pronto, sabía que Lucía cursaba uno de los últimos años de secundaria. Ya no era una niña.
- Que los chicos que se visten de negro son cortantes...
Aguardé un segundo.
- Creo que tienes razón.
Lucía estornudó.
- Salud...
- Gracias -y en seguida- ese olor a marihuana de tu cuarto, sabes, me produce mucha alergia...
Lucía sonrió.
El programa de los Tiny Toons acabó. Lucía apagó el televisor y caminó hasta la cocina.
- ¿Qué pasa? Te pusiste pálido.
Fui tras ella y me puse en guardia.
Un tragaluz en la casa de la familia de Lucía hacía del ambiente de la cocina un lugar agradable. Caía todo el sol primaveral encima nuestro. Podía ver las ramas de algunos árboles que crecían hasta por encima del techo. Los Álamos es un lugar un tanto apartado.
- ¿Qué quieres decir?
- ¿Con qué?
- Con eso de la alergia.
Lucía sonrió. Sin duda alguna me dio la espalda y dejó que la mirara mientras hacía cosas y no decía una sola palabra. No había ningún tipo de comunicación entre nosotros dos. El short azul que traía puesto le sentaba muy bien.
- Oye, ¿crees que no sé diferenciar ese olorcito?
Lucía levantó la mayonesa y untó con un cuchillo su sándwich de jamón y queso.
- Claro.
Y en seguida lanzó una carcajada.
- Oye, ¿quieres probar un poco de esto? -ofreciéndome su sándwich, después de un rato.
- No. Gracias.
Y en seguida.
- Vamos, Roberto, no voy a decirle nada a nadie. Pierde cuidado.
Movilicé mi indignada presencia fuera de su alcance visual.
- ¿Seguro que no se te antoja nada de comer?
Una tarde lluviosa de 1999, se fue la luz en gran parte de la ciudad. No había nadie en casa y recuerdo que cuando llegaron ellos yo saqué a pasear el perro. La primera vez que me ofrecí a hacerlo, a la mamá de Lucía se le iluminaron los ojos. Lucía, en cambio, me miró con cierto aire desolador, como si le diera lo mismo o no, o algo por el estilo.
Por lo pronto, yo era un buen tipo que cambiaba una buena película del mismo corte de Día de la independencia con tal de escuchar un par de casetes clásicos de Leuzemia. Afuera, en la calle, todo estaba a oscuras, y en mi cabeza pulularon ideas como ¿qué clase de rico será? o ¿qué pasará de aquí al verano? o ¿cómo haré para lidiar con mi propia soledad?. Una fuerte brisa invernal recorrió Los Álamos de aquí a la luna. Opté por el camino más fácil y dejé que el perro corriera libre por ahí. Prendí un canuto. Decidí no volver a estudiar nunca más, y el ciclo que cursaba colgó por primera vez de un delgado hilo. Me senté en una banca y me dispuse a esperar. El pequeño perro de la familia de Lucía era una cosita blanca y pardusca. Corría por todos lados como un loco. Todo estaba a oscuras y había una cierta inestabilidad en el ambiente.
Cuando volví a casa las cosas seguían igual. Dejé que el perro se metiera en mi cuarto. Como era viernes por la noche y no había luz, los papás de Lucía estaban en la sala escuchando un pequeño radio a pilas y vaciando el hielo de la refrigeradora. La señora me habló de un problema técnico en el sur de la ciudad, en una central o algo por el estilo. Surco, la Molina, Jesús María, el Cercado de Lima, Lince, Barranco y gran parte de Chorrillos estaban a oscuras.
Me topé con Lucía en la cocina.
- ¿Cómo te va?
- Bien.
Silencio.
- Rebusqué en tu habitación.
- ¿Por qué hiciste eso?
- No sé, estaba aburrida. ¿Ya leíste El guardián entre el centeno?
- ¿Me vas a dejar pasar?
Lucía se interpuso en mi camino.
- No.
El enganche del caracol
Era una cosa extraña. Cuando entré a la cocina estaba allí, en la mesa, arrastrándose como una maldita cosa babosa, con un par de antenas a cada lado y una especie de caparazón encima. Era, sin duda alguna, el caracol más grande, y por ende, el más asqueroso que había visto en mi vida. Estaba por matarlo cuando Lucía y su mamá entraron y miraron la escena, todavía con las bolsas del supermercado colgando de sus manos. Yo estaba quieto, inmóvil. La mamá de Lucía (con la boca todavía abierta y aquella mirada impregnada en sus ojos) dejó caer la bolsa de supermercado amarilla.
Resulta que el caracol es su mascota o algo por el estilo. Vive en un bonsái, colgado de una rama, haciendo equilibrio la mayor parte del tiempo. Siempre me mira con aquellas antenas tan horribles que despliega de vez en cuando. Es una cosa babosa, despreciable, invertebrada.
No tenía nombre pero a veces Lucía lo llamaba “mi caracol favorito” o “mi caracolito”. En el tiempo en que viví en casa de Lucía no me percaté del maldito animal hasta que hubo pasado un año. Fue un año de mi vida en el que no supe nada de esa maldita cosa. Y fui feliz. Porque de alguna manera, esa criatura, el maldito caracol, me atemorizaba, desarrollé una especie de fobia hacia él. Lo cual resulta curioso, tomando en cuenta que durante toda mi vida los caracoles pasaron desapercibidos en la pista o en el pequeño jardín de mi casa. De niño, solía alzarlos, ya saben, de su caparazón, despegándolos del suelo. Pero nada más. Recuerdo que dejaban una especie de estela verde a su paso.
Quizá fue desde aquella vez que, pasando del corredor a la cocina, miré por la ventana el cielo y me di conque aquella asquerosa criatura estaba pegada en el cristal de la ventana. Por primera vez vi el vientre de un caracol en su máxima expresión. Fue una cosa desagradable.
Una vez le pregunté a Lucía por él. Le pregunté si lo tenían hace mucho. Era de noche, y la luz del televisor nos caía en la cara. Los colores y las figuras caían reflejándose en las paredes de la sala. La tenía abrazada y su cabeza descansaba en mi pecho. Podía percibir el agradable olor de su pelo.
- Uff... -exclamó Lucía, medio dormida, medio como en otro lado- desde hace tieeempo... -dijo.
Me quedé callado. No sabía cómo expresarme. Quería decirle que yo odiaba al maldito caracol. Desde que lo vi sentía que aquella cosa tenía algo en contra mío. No era un caracol normal, como los que hay en los parques, todo el tiempo metidos y escondidos, sin molestar a nadie.
- ¿Y se puede saber dónde ha estado todo este tiempo?
Lucía hizo un chasquido con sus dientes. Se río un poco. Dijo:
- Es que los caracoles pueden dormir hasta cinco años seguidos... mi mamá lo despertó roseándole un poco de agua encima... es que, a veces, los caracoles pueden... secarse, ¿entiendes?. Necesitan que alguien les dé un poquito de su agua para seguir viviendo...
Está bien, Lucía se veía hermosa diciendo todas esas cosas. Pero era estúpido. De repente, abandonó su lecho. Se enderezó, me miró asustada.
- No estarás pensando... -la oración de Lucía quedó interrumpida. Un ahogado silencio se apoderó del ambiente entonces...
- ¿Qué?... ¿qué sucede?
- Nada... nada.
Lucía se tranquilizó. Volvió a acomodarse sobre mis piernas. Era una niña, aunque se pasaba la mayor parte del tiempo hablando muy seriamente de libros y de escritores poco conocidos. Siempre me decía que su antiguo enamorado había sido un pequeño escritorcito de mierda que nunca llegó a publicar nada, y que la dejó porque ya no la quería más. Y ella quedó destrozada.
Volví con el tema de aquél animal.
- ¿Y hace cuánto tiempo que lo conservan? Quiero decir...
- No lo recuerdo...
Estaba intrigado. ¿Cómo se podía criar a un maldito caracol, si nada más se dedica a escupir y a balancearse encima de ramas carcomidas por su maldita saliva...?
- ¿Dos, tres años?
Lucía musitó:
- Nooo... mucho más.
- ¿Qué?
Lucía se acomodó. Ya estaba dormida. Intenté despertarla.
- ¿Cuánto? ¿Cuánto?
- No lo sé, Roberto, no lo recuerdo...
Acaricié su rostro. La luz del televisor le caía en la cara. Su nariz era perfecta y su cuerpo era delgado y fino.
- Haz un intento, porfa...
Mis amigos tenían razón: antes de lo esperado ya estaba hablando como un enamoradito de mierda. Era invierno de 1999.
Lucía gruñó:
- Yo tendría unos... aja. Pongamos que está aquí desde, hace unos... seis años...
- ¡Seis años!
Lucía abrió un ojo. Sonrió. Dijo:
- Síp.
- Dios mío... -exclamé-. ¿Es que están ustedes locos?
Lucía frunció el ceño. Se sentó en el sillón, junto a mí. Tenía el pelo pegado en la sien y me miraba intrigada. Molesta. Dijo algo como:
- ¿Qué demonios te pasa?
Se levantó y se fue.
Pude escuchar que azotaba una puerta.
Estamos en la cocina. Hace poco que compré una cajita para hacer pudín. A mí me gusta el mucho el pudín. De vainilla, de fresa, de chocolate... sobretodo de chocolate. Esta vez yo muevo con un enorme cucharón una olla con pudín de vainilla a fuego lento.
- Excelente -pensé.
Lucía iba de un lado a otro haciendo panes de jamón y queso.
Hacía tiempo que yo había comprado aquella cajita de pudín de vainilla y lo había olvidado en algún lugar de la alacena, detrás de algunas cosas (menestras, sartenes, etc) y este sábado a la noche de invierno de 1999, mientras el espantoso caracol de Lucía avanza rítmicamente del borde de la ventana, Lucía se acerca, me da un beso en la boca y me dice:
- ¿Qué harías si yo te dejara?
No le contesto nada. El caracol de Lucía mueve de manera simultánea (pero dispar) ambas antenas, una más larga que la otra. Lucía acaricia su caparazón un segundo y le dice como en susurros: “caracolito, mi caracolito” y después lo deja.
- Vamos... ¿qué harías? Dímelo...
Lucía quiere hacerse la lista. No hay nadie en casa. Por lo pronto me dedico a escuchar y a prestarle atención a todo: el pudín, Lucía, el caracol, los panes de jamón y queso... siento que Lucía me toca el trasero. Me pongo en guardia. Por el tragaluz de la cocina de la casa de Lucía se filtran las nubes y el espectro de la luna, que agoniza. No hay ni una sola estrella...
Me vuelve a besar. Yo llevo el cucharón embadurnado de pudín de vainilla todavía caliente y Lucía le da una lamida. Luego me vuelve a besar. Nos abrazamos. Escucho que Lucía musita mi nombre, dice: “te amo, te amo”. En seguida nuestra pasión se ve arruinada por el asco y la repulsión que le tengo al caracol que nos mira.
Lucía pregunta:
- ¿Qué te sucede?
- Nada... nada -le digo- no pasa nada.
Ambos miramos aquella cosa. El caracol, que ha llegado a lo que es el fregadero, nos mira.
- No te entiendo, Roberto -susurra Lucía- no te entiendo...
Vuelve a la mesa donde sigue haciendo panes con jamón y queso. A los que son para ella les unta mayonesa. En seguida:
- ¿Qué harías si yo te dejara?
No le respondo. Pruebo el pudín de vainilla. Está listo.
- Comería pudín -le digo.
- ¿Qué?
- Ya sabes.
El caracol continúa moviéndose de prisa. Ahora está encima de una hoja de lechuga. Come. Y nos mira.
Lucía dice:
- Vamos a la sala -cargando los panes de jamón y queso, y una Inca Cola. Yo meto el pudín de vainilla en una gran fuente y la meto a la refrigeradora.
- ¿Nos está mirando? -le pregunto a Lucía, antes de abandonar la cocina, señalando al caracol.
- Claro que no, idiota.
1998
Sería 1998, me imagino, y sería invierno.
Al menos, yo me lo imagino así. Aunque pudo muy bien haber sido otoño, como pudo haber sido primavera, o verano. Pero yo imagino que era invierno, porque así lo recuerdo: el cielo gris de Chacarilla y los parques de Monterrico al anochecer.
Y pudo haber sido otoño, porque recién comenzaban las clases, y yo apenas conocía a Melisa. Una especie de manto transparente cubrió la simetría de aquellos días entonces. Recuerdo que me encontraba sobresaltado, esa vez en que nos quedamos hasta tarde a fumar cigarrillos, después de la clase de basketball.
Recuerdo que yo llevaba un polo de manga larga, color lúcuma, y anchos maletines con ropa.
Melisa dijo:
- Traes demasiado aquí. ¿No crees?
Yo recuerdo que a los catorce o quince años todo era muy normal. Yo llevaba un montón de ropa en aquellos maletines, esa vez que me las encontré susurrándose al oído una serie de cosas en uno de los salones en los que entonces nos dictaban laboratorio de Química en Tercero de secundaria.
Recuerdo que les pregunte:
- ¿Qué es lo que hacen aquí?
Y ellas me miraron con cara de ‘ya moriste, Caneto’ como si mientras nos adentrábamos en la oscuridad de uno de los salones de secundaria (podría ser de Primero o de Segundo, no lo recuerdo) era como si siguiéramos con un plan prediseñado por años.
- Nos quedamos para recibir un taller de reforzamiento del curso de Inglés -del cual nunca en mi vida volvería a escuchar- pero la profesora no vino.
Por supuesto que sí, dije.
- ¿Y tú qué haces por aquí, Caneto?
Yo era bueno para esas cosas entonces. Sólo que después me volví apático. Y así alguna gente cambia y otra no, y otra se vuelve cínica. Solo que yo me volví apático, y luego me volví cínico. Porque para ese entonces, para ese tipo de relaciones a esa edad, yo era muy adolescente, y esas cosas pasan, porque alguna gente cambia...
Melisa y Margarita rieron (yo recuerdo que eran muy unidas, y que todo el día iban de arriba a abajo, de un lugar a otro, hasta que se alejaban caminando, dando tumbos, después de clases) y por lo general, nadie sabía bien a qué se dedicaban, o por qué caminaban siempre juntas. Y a muy poca gente le interesó averiguarlo. Y yo, que era tan enamoradizo entonces (aunque, en realidad, yo nunca fui enamoradizo ni nada) conversaba con ellas de cualquier cosa, un poco con ánimos de molestar, debido a que por esas casualidades del destino, los tres estábamos en el mismo salón de clases y hablábamos el mismo idioma.
Yo solía arrimarme donde ellas, dependiendo de mi estado de ánimo. Y yo tan sólo atinaba a conversar de lo básico, cosas cómo ¿cuál es la respuesta de la pregunta cinco? o ¿qué prefieres, Chile o Bolivia? o ¿quién ganó en la guerra civil española?
Y Margarita todo el tiempo se copiaba. Y yo era parte importante del engranaje con el que funcionaba todo (si es que me convenía, claro) aunque en esta época de la que les hablo, era todo muy distinto. Aún no se celebraban bien las fiestas de quince años y aún muy poca gente solía salir de noche y caer ebria. Aunque, definitivamente, algunos ya lo hacíamos...
En esa ocasión yo me senté junto a ellas sonriendo (casi con una sonrisa estúpida en la cara) y a decir verdad, ya ni recuerdo de qué hablamos, así como no recuerdo bien nada de aquella época (debido al manto transparente que he ido desarrollado con los años, gracias a la ayuda que recibo con certeza de gente que también quiere olvidarse de su pasado). Y yo de esto no me he olvidado, porque los recuerdos felices son los mejores y los que más vale la pena recordar. Así que yo de aquella época puedo recordar el sudor de las clases de basketball, la fría ducha del baño, la media luz imperante del lugar: el salón de clases, las pizarras verdes, las tizas rosadas y blancas y de diferentes colores, todas mezcladas, y los susurros inquietos de chicas de apenas quince años...
Y yo a ellas apenas las puedo recordar lejanas así como las conocí entonces.
- Caneto, déjanos hacerte una pregunta.
- ¿De qué se trata?
Ojeaba el ejemplar de un Caretas que de pura casualidad había encontrado en el fondo de uno de los maletines que llevaba conmigo. Ese invierno había caído más rápido de lo habitual, más frío y más nebuloso. Y en la carátula del Caretas salía el presidente dándole la mano a uno de sus ministros, y ambos llevaban indescifrables muecas en la cara.
Yo me reí.
- ¿De qué se trata?
- Dinos, a quién preferirías tú...
Me quedé quieto.
- ...ya sabes.
Las ventanas del salón de clases eran amarillas y la luz entraba teñida durante el anochecer, hacía mucho frío. Me reí, aunque supongo que debe haber sido puro histrionismo.
- Oh, a mí me gusta Claudia...
Una ola de viento helado inundó la habitación entonces. Miré sobrecogido las piernas desnudas de ambas (de las chicas) bajo la falda escocesa del colegio.
- Tiene un trasero enorme...
Ambas rieron.
Margarita y Melisa eran parecidas. Llevaban sendas faldas escocesas. El pelo del mismo tamaño y de la misma forma. Caminaban igual, y vestían siempre el mismo uniforme de todas. Es decir, pasaban desapercibidas entre la multitud, porque no eran demasiado bonitas.
Margarita hizo un gesto, algo así como un guiño:
- Buuuu... -y creo que se refería más que nada a Melisa aunque no podría estar muy seguro de ello.
Pero yo no quería nada con Melisa entonces (claro que no), y tampoco quise nada con Melisa tiempo después. Únicamente sé que nos quedamos un rato más en el salón, haciendo tiempo mientras veíamos que los encargados de limpieza terminaban sus últimos avances antes de largarse de allí. Y en ese instante, antes de que llegara alguien (no recuerdo quién) me enteré de que Margarita y Melisa habían estudiado juntas hacía años, y luego me hicieron una broma acerca de un problema cardiaco que padecía Melisa y que, afortunadamente, lograron desmentir a tiempo...
Luego caminamos fumando aquellos cigarrillos hasta que el anochecer nos contempló llegar a Monterrico sin ningún motivo aparente. En el primer parque en el que estuvimos a solas nos echamos a descansar. Recuerdo que Melisa tenía una vista compleja y que Margarita gustaba mucho del osito Pooh en aquella época (creo que lo reflejaba en sus actos o en su comportamiento) y también recuerdo que nunca me la imaginé así, ni nada. Ni nunca me la imaginé con la iniciativa (y pensar que de eso hace sólo unos años) recuerdo que mientras mirábamos las estrellas (¿o era el cielo negro? porque en Lima nunca hubo estrellas) Margarita vino a mi lado y me besó, no en la boca, simplemente me beso en la cara, en las mejillas, en la frente, en la nariz, y luego me miró, insatisfecha, antes de que Melisa nos mirara de nuevo.
Gustavo Petrovich tenía un libro que decía BELLAS ARTES y todo el tiempo decía que iba a estudiar en la Escuela de Bellas Artes. Sin embargo, esto no se dio (y además todos sabíamos que no lo iba a lograr) porque en Bellas Artes no hay literatura, y lo que Gustavo quería era estudiar literatura.
Yo nada con las artes, claro que no. Por eso aquel día mientras Gustavo se paseaba y cruzaba la avenida Primavera uniformado de extremo a extremo, leyendo y contemplando gráficos y fotos de alguna que otra obra del siglo XX, yo caminaba con Melisa del brazo mientras pensaba:
- ¿Qué tanto le habla a Gustavo? -refiriéndome a Margarita, quien lo tomaba de su casaca marrón mientras ambos cruzaban la pista. Y yo pensaba cosas como:
- ¿Quién carajo es Gustavo Petrovich? -porque nunca antes me había hablado con él.
Y ahora que pienso en eso, efectivamente, le hablo poco, o quizá nunca le he propinado palabra. Cosa que es realmente extraña en un mundo como éste. Así que cruzamos la avenida Primavera, Margarita, Gustavo y yo, y Melisa, por supuesto, y caminamos hasta un parque que era completamente desconocido para mí, cerca a la casa de Gustavo, mientras Margarita caminaba absorta del todo, interesada sólo en lo que él decía (y yo, con lo desesperado que me encontraba) mientras un par de chicos de la Touluse Loutrec, o pudieron haber sido veinte, fumaban mucha marihuana cerca a un árbol (y nosotros, que éramos tan niños) formando un círculo bajo el cielo gris de Lima. Tomé asiento, aprovechando para ocupar un lugar junto a Margarita, mientras Gustavo permanecía atento a lo que parecía ser una figura geométrica desconcertante.
Margarita dijo:
- Me gustaría vivir en el siglo XIX...
Y esa fue una pregunta frente a la que yo tuve que decir:
- ¿Qué?
- Ya sabes, por la sensualidad... y todo ese rollo...
Y la verdad es que yo de arte sé poco (porque cuando veo una pintura parece que me pierdo en lo más insignificante) y en aquel momento lo único que yo veía eran puras pendejadas. Luego supe que la imagen a la que ellos se referían era otra, que resultó ser del siglo XVIII. Se llamaba “Experimento con la máquina neumática”, eso sí lo recuerdo. Me pregunté entonces, dónde carajo estaba la sensualidad. Y creo que todos permanecimos callados.
Cambiaron de imagen. Ahora hablaban de otra cosa. Me pregunté si es que Gustavo traía aquel libro lleno de láminas para divertirse un rato o si lo traía únicamente para poder presumir de ello. Hartado hasta los dientes de esa mierda, preferí irme a fumar cigarrillos al parque frente a la exposición, que era un parque frente a una casa pintada de amarillo, que tenía un garaje (la cosa es que en ese garaje había un tipo, medio loco, medio anaranjado, que vendía todo tipo de drogas y alcohol) cuando de pronto me fijé un poco más en su cara y vi a Gustavo y luego vi a Margarita y a Melisa, estaban profundamente aburridos y desilusionados de todo, y me pregunté entonces dónde se había metido el gordo Manuel, porque si lo hubiera podido encontrar a la hora de la salida habríamos ido al parque frente a la exposición, que en realidad era un taller (¿taller de fotos?, ¿taller de autos?, ¿taller de artes plásticas?) y tal vez si lo intentaba averiguar, podría...
- Esa es buena -dijo Gustavo.
- Sí es muy buena -dijo Margarita después de una pausa- Es ¿surreal?...
- Sí.
Una pausa que se hizo eterna.
- Supongo que sí.
Un avión pasó cerca. Los fumones de al lado se asustaron y huyeron despavoridos. Gustavo, Margarita y Melisa siguieron hablando, solo que yo ya no los podía escuchar. Prendí un cigarrillo y me encogí de hombros.
- “Máquina gorjeante”. -Leyó Gustavo- De Paul Klee, 1922...
Margarita asintió.
- Sí, parece surreal...
Una mueca. Una expresión agria. Una sonrisa de Melisa que rechazo categóricamente. Un recuerdo reciente y una pregunta ambigua sin ganas de ser concretada...
- ¿Qué te sucede Caneto? -preguntó alguien.
Aún recuerdo la cara de Gustavo con sus lentes de montura fina.
Piso algo que resulta ser un caracol, y es hueco, triste, acaramelado...
- Nada, no me pasó nada -y después de unos minutos de inquietante silencio-. Creo que mejor me voy...
Entonces me miraron atentos y luego hicieron un largo adiós. Se perdieron otra vez en sus oraciones aparentemente intelectuales. Y todo alrededor me parece acaso como el día y los árboles, durante el invierno. Todo como una gran mueca burlona. Y luego Margarita y Melisa regresan al colegio, se esconden en un salón de clases a oscuras, hacen sus tareas y no dejan de murmurar...
Desolation Room
Una tarde fría de agosto del año 1999 se fue la electricidad en gran parte de la ciudad.
Los apagones son jodidos y difíciles de sobrellevar. Cuando uno está acostumbrado a ellos, es muy normal. Pero cuando se te presentan de improvisto sueles maldecir: se te apaga la televisión, y ya no hay música, no puedes leer (por lo general) y te tropiezas. El hielo de las refrigeradoras viejas como la mía se te puede derretir e inundar la habitación...
Recuerdo que se hacía de noche, aquella vez, y escuchaba viejos discos de Bob Dylan frente a mi ventana, mientras leía un fragmento de un libro viejísimo de Tom Sharpe (divertido y alocado) cuando de pronto ¡shhh! se paraliza todo y me quedo a oscuras, susurrándole a la pared...
Mi primera impresión fue dejar que la luz de invierno se infiltrara por mi ventana. Lo siguiente, fue intentar llamar a mi familia sin mayores resultados. Un último intento de librarme de la pereza, o de dormir, fue salir y mirar la expresión de la gente y de la calle. Había cierto movimiento a oscuras, habían ciertas sombras abiertas que atravesaban la calle de un extremo a otro. De pronto ya no había más línea telefónica. En la avenida Precursores, colindante con el pasaje donde vivo, en un segundo piso, había cierto desorden vial...
Cogí un poco de dinero y salí a comprar velas.
En el camino, como resultado de los últimos segundos de luz, escuché un grito. Caminé un par de metros y volteé.
- ¡Marcel!... ¡Marcel!
¿Me estaría volviendo loco?
Apuré el paso. No es grato hablar con extraños en pleno apagón. Poco a poco la penumbra se fue apoderando de la calle y del universo.
Gustavo y Walter me abordaron. Ambos reían estrepitosamente.
- ¿Qué hay, muchachos? -Les pregunté, un tanto confundido por todo.
- Ahí...
Ambos parecían estar muy pasados. Creo que era viernes o algo por el estilo. Yo llevaba una casaca azul que sujetaba con todas mis fuerzas. Recuerdo que corría un viento terrible y estaba angustiado debido a la oscuridad. Sin embargo, ellos parecían estar de lo más normal.
Gustavo comentó:
- Estábamos haciendo un trabajo en casa de un tío que es recontra ebrio. Nos invitó vino, y luego... el apagón. Ya sabes, ¡ja, ja, ja! -Gustavo reía-. Al final no hicimos nada.
- ¿Tú qué hacías, Marcel? -Preguntó Walter.
- Masticaba un chocolate -le respondí.
Llegamos al parque César Vallejo. Era casi de noche...
- Naaaada... -dije en tono casi burlón-, escuchaba música... nada más.
Pensé por un minuto en mi familia. De repente, después de mucho tiempo, sentí algo de nostalgia, pena y preocupación por todo. De igual manera, pensé que debería hacer algo. Ir a la Universidad, como ellos decían. Imaginé cómo estaría ahora si hubiera llamado a la puerta de los señores Beltrán a preguntar si ellos tenían velas. Quizá me hubieran invitado a pasar y hubiéramos bebido té. La señora suele pintar cuadros paisajistas. Sin embargo, ese sentimiento no duró demasiado.
Las calles vacías y sin luz crepitaron como una cucaracha al despertar. Los automóviles cada vez más confundidos viajaron en diferentes direcciones a la vez. Una vez en la bodega, compré un par de pilas y cinco velas. Gustavo y Walter compraron cerveza en lata. Gustavo y Walter la abrieron. En el parque, a oscuras, nadie veía nada. Saqué una pelotita de hashís y nos pusimos a fumar en mi pipa. Los tres tosimos fuertemente.
Entonces surgió la estúpida idea de ir a la casa de Walter.
- ¡Está lejos! -grité, fuertemente desanimado.
- Cruzando la avenida Panamericana -señaló Walter-, está cruzándola a dos cuadras.
- Oye ya pues, Marcel -alegó Gustavo-, hace tiempo no hacemos nada divertido. Comemos y ya. Yo también tengo que ir a mi casa.
- Están locos -les dije- hace frío. Todo Surco está a oscuras, por Dios...
- Eso es lo de menos... -dijeron.
En la avenida Panamericana no habían demasiados carros qué esquivar. Y sin embargo los que pasaban lo hacían con una velocidad impresionante. No habían luces, solo lográbamos recibir la luz de los faroles de los autos avanzando en contra nuestra. Gustavo corrió primero y tuvo éxito. Era cosa de calcular y hacer pautas, nada más. Se detuvo tres veces. Walter hizo lo mismo. Finalmente me animé a hacerlo. Me cogí de los huevos y corrí. Corrí. Corrí. Me detuve. Los autos ahora iban en dirección contraria. Esperé un intervalo considerable. Cerca de dos minutos. Un camión cisterna me hizo sudar a mares. Me deshice de mi casaca azul. Me la quité. Una vez que pasó el camión cisterna, el ruido seguía siendo ensordecedor. Corrí, y transpiré. Me demoré otro tanto.
Por un minuto pensé que no lo iba a lograr.
En la casa de Walter, durante aquella tarde de invierno en la que se fue la luz, en 1999, prendimos una de aquellas velas que compré en la bodega y nos pusimos a fumar otro poco más de hashís de mi pipa.
Walter tosió estrepitosamente.
- ¡Cock! ¡Cock! ¡Cock!
- Tranquilo amigo -susurró Gustavo.
Walter se puso rojo como un tomate y desapareció en su cocina buscando un poco de agua mineral.
- ¿Y qué es de tu novela, Marcel?
La luz de las velas era tenue y le daba a la habitación un aire desolador. En casa de Walter todos estábamos con miedo por la inminente llegada de sus padres y el olor a hashís del lugar. Inserté un par de mis pilas en una radio portátil y empezamos a escuchar interferencia.
- Estoy dándole los últimos toques finales...
- Ya veo.
Y en seguida:
- Ha sido un camino difícil, ¿no?
Moví mi cabeza de arriba a abajo, agregué:
- Ha sido un camino largo y sinuoso...
Permanecemos callados ante la oscuridad de la habitación.
Nos sentamos en un parque cerca a Casuarinas donde los automóviles no llegan con tanta furia y la calle luce desolada. Yo digo que se parece a Chaclacayo por las paredes de ladrillo rojo y las enredaderas que hay a continuación. Y este parque: extraño, pequeño. Tiene unos cinco metros cuadrados de concreto y una pared también de ladrillo (pero después de esta pared ya no hay nada, y vemos allí el cerro Casuarinas desde lejos) pero yo solo pienso en seguir caminando y seguir fumando este poco de hashís y volverme loco, olvidarme de todo el mundo para siempre. A mí nadie nunca me ha servido para nada.
Nos sentamos y prendemos con mi pipa otro poco de hashís y fumamos. La ciudad está a oscuras.
Entonces les hablo un poco de Charlotte. Les hablo de todos los libros míos que ella tiene, de todas las cosas mías con las que se quedó. Algunas cosas que están en su casa, aquí en Lima, y otras tantas cosas que se llevó al Cuzco. Finalmente les digo que hay mujeres, chicas excelentes con las cuales acostarse uno por la noche (no es el caso de Charlotte) y hay momentos en la vida, hay algunos besos que uno quisiera congelarlos en el tiempo. Incluso, hay veces, en las que uno prefería no haber fumado, ni haber tomado nada, para así poder recordarlos mejor. Y hay mujeres a los cuales uno les da todo en esta vida, y lo único que hacen para remediarte un poco es regalarte una estúpida pipa para que sigas matando tus pulmones.
Gustavo asiente y vuelve a prender la pipa. Nuestras caras se iluminan un solo instante.
- Llega el momento en que uno no sabe qué es mejor y qué es peor.
Hay amores que duran un minuto, y hay situaciones en las que uno no quisiera estar involucrado.
Walter asiente.
- Así se dice, amigo.
Una luz amarilla en el parque nos hace volver a la realidad. Una camioneta Serenazgo lleva las luces encendidas y zigzaguean azules unas contra otras por toda la estrecha calle. La camioneta avanza lentamente.
A continuación los muchachos y yo cogemos nuestras cosas y decidimos huir.
Entraste a aquel restaurante en Miraflores. Dejaste el lienzo y las demás cosas a un lado. Nos sentamos el uno frente al otro en una mesa de a dos mientras alrededor nuestro un montón de gente, mucha, a quienes por lo general no les interesa en lo más mínimo los barbitúricos o el sol (mucho menos la estúpida apariencia mía, con buzo y pijama, y marihuana fresca en el bolsillo) mucho menos si la expresión en tu rostro no es de desagrado, y continúas mirando todo como si fuera la primera vez, o como si nadie nunca te hubiera llevado a comer a ningún lado..
Entraste al restaurante, entonces (no quiero perderme) y me pregunté si estaría lleno. Encontramos una mesa, para dos. Me percaté en seguida que encima nuestro habían pipas, de todos los colores y eso... era un restaurante árabe. Entonces las señalé. Mira, te dije, hay pipas. Por todas partes. Mira, allí hay una. Esa tiene unas de ésas cosas, es como las que fumaba Kalamahooka. Entonces me preguntas quién es Kalamahooka. Yo te digo que un amigo.
Vuelves a sonreír. Ha pasado un rato. El sándwich que hemos pedido se demora. Empieza a hacerse tediosa la espera. Tú me cuentas miles de cosas. Yo te observo. Por lo general lo hago. Te observo. Te miro. Soy un observador nato. Me gusta hacerlo. Podría continuar días enteros. Hay algunas cosas que me gustan de ti. Como tu pelo, por ejemplo. Que es rizado, negro, y se cae. Resbala. Es abultado y llenos de rulos. No sé si mi pelo será igual al tuyo. Supongo que resulta imposible una comparación al respecto. Me gusta pensar que eres bella y yo un cerdo asqueroso, pero eso sería irme por las ramas. Pecar. Hacerme el patético. Continuemos con otra cosa.
idea: Charlotte se encuentra a Milagros que estudia odontología en ...
idea: Malena y la gata en celo que se va. La iba a operar, piensa.
“...hay camiones repletos de basura, rabia descompuesta y -casa paralelepípedo- en mi pelo
en mi pelo,
en mi maldito pelo.”